Una Semilla que Germina desde un Sacerdocio Común

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Estoy segura que hoy, en este momento particular que vivimos como Iglesia chilena, los laicos y laicas tenemos un rol fundamental. No podemos dejarlo pasar...

Muchos laicos y laicas hemos estado expectantes frente al rumbo que tomará nuestra Iglesia luego de haber sido testigos y parte este año de una crisis honda de credibilidad, de referentes y de formas de organización que reconocemos añejas y poco representativas.

Muchos hemos sentido alguna vez la frustración de sentirnos en varias ocasiones miembros de una “gran comunidad” que vive alejada de los problemas reales de nuestra sociedad -en especial de las inquietudes de los jóvenes- y que se hace parte de un mensaje que se vuelve sólo para unos pocos,  temeroso a la acogida real de los excluidos y a la renovación de sus medios para vivir el evangelio en los tiempos actuales.

 A mi parecer, estas últimas dos décadas hemos sido una Iglesia temerosa a la acción del Espíritu, lo que se ha reflejado muchas veces en dar prioridad a mantener las cosas bajo control frente a la posibilidad de que la ampliación de nuestra mirada se transforme en una vuelta sin retorno. Ese miedo nos termina alejando del diálogo y nos lleva a quedarnos instalados -sin darnos cuenta- en nuestro rincón seguro. Esa no esla Iglesia que conocí al oír de Mariano Puga, Enrique Alvear, Pepe Aldunate, Karoline Mayer, Anita Gossens, y tantos otros que han entregado su vida desde su Ser Iglesia en torno a un evangelio que obligadamente nos invita a salir de nuestro lugar acomodado y lanzarnos en la defensa de la justicia, la coherencia de vida y los derechos de hombres y mujeres que sufren. Testimonios así hacen falta en la Iglesia que hoy se construye, sobre todo frente a los nuevos desafíos e injusticias de nuestra sociedad.

El pasado martes 15 de noviembre asistí a la 2ª Asamblea Plenaria de obispos de este año, que se realizó entre el 14 y el 18 de noviembre en la histórica casa de Punta de Tralca. Iba nerviosa y expectante, pidiendo la gracia de poder escuchar y ser escuchada, de cuidar a mi Iglesia con cariño, de ayudarla a crecer con un trabajo en conjunto del Pueblo de Dios, con la posibilidad de construir Iglesia desde un laicado responsable que busca y se cuestiona: ¿qué haría Cristo en nuestro lugar?

Me encontré con una Iglesia dañada y con heridas profundas, pero cercana y reunida en espíritu de acogida, porque había fragilidad. ¡Esa fragilidad que nos abre los sentidos y nos impulsa a escuchar! Esa fragilidad que nos recuerda que no tenemos siempre toda la razón… esa fragilidad que es don de Dios para seguir creciendo, aceptando que nos hemos caído, aceptando que no todo lo que hemos hecho como Iglesia ha sido lo mejor, y que hoy nos toca buscar nuevas formas para que la persona y el mensaje de Jesús se hagan vida en el Chile de hoy.

Las ventanas se abren, entra la luz, el Espíritu sopla. Y sopla fuerte. Lleva mucho tiempo soplando… la diferencia es que hoy podemos dejar que nuestra barca sea llevada por el viento porque estamos abriendo las velas, aunque sea de a poco, por miedo a que el viento fuerte nos lleve lejos. Estoy segura que hoy, en este momento particular que vivimos como Iglesia chilena, los laicos y laicas tenemos un rol fundamental. No podemos dejarlo pasar. Necesitamos ser voz de las diversas realidades de nuestra sociedad, necesitamos llevar esas realidades dentro de la Iglesia, mostrárselas a nuestros pastores, dejar que empapen nuestra vida y nuestras decisiones eclesiales. Debemos hacernos parte de esas decisiones, para que nuestra experiencia “en el corazón del mundo” les ayude a juzgar más exacta y acertadamente  los asuntos de la Iglesia, de manera que puedan cumplir con mayor eficacia su misión a favor de la vida del mundo. (LG 37).

Creo en esa semilla de renovación que está germinando en el corazón de laicos y pastores, creo que nuestra Iglesia chilena puede ser profética en su forma de incorporar al Pueblo de Dios en un sacerdocio común que, aunque tienen diferencias en esencia, se ordenan el uno al otro y ambos participan del único sacerdocio de Cristo (LG 10), lo que nos moviliza a construir juntos una Iglesia que ilumina en el mundo por su sencillez, su escucha atenta y su forma de sufrir junto a los que sufren. Cada ministerio es capaz de brillar desde su forma particular, comprometiéndonos característicamente con la vida entera, dejando que el Espíritu transforme nuestra mirada y nos invite a dejar de temer frente a las experiencias nuevas, para comenzar a vivir desde la confianza en un Dios que nos va cuidando y guiando, un Dios Madre y Padre que no se olvida de nosotros y tiene contados nuestros cabellos (Lc.12, 7), que nos regala sus dones para que nuestra luz brille delante de los hombres (Mt. 5, 16).

No debemos temer, los laicos más que nunca debemos arriesgarnos, animarnos a querer a nuestra Iglesia y hacernos cargo de ella, porque su rumbo también depende de nosotros. Debemos formarnos con seriedad y profundidad, para dialogar en un lenguaje común. Hoy Dios sopla a través de su Espíritu y nos enseña que el Reino no está sólo dentro del templo, sino que la vida misma es espacio de consagración. Escuchemos a la vida, metamos las manos en ella para transformarla en una vida más justa, feliz y digna para todos, no sólo para unos pocos.

Estamos invitados especialmente en este tiempo, a confiar en que Su mano nos va guiando, tanto a laicos como a consagrados, desde dentro y fuera de Su Iglesia. Jesús compartió con todos la mesa, y usó un lenguaje cotidiano para mostrarnos a los hombres y mujeres el gran regalo del Reino, actuante en medio nuestro sin que nos demos cuenta, como esa semilla que se planta en el campo y germina poco a poco, creciendo hasta el tiempo de la siega (Mc. 4, 26-29). Debemos mantener viva la confianza en esa semilla en medio de nuestra Iglesia que va madurando y mostrándonos por dónde caminar, para que aportemos fraternalmente desde nuestras diferencias escuchándonos de verdad unos a otros, para que los marginados encuentren acogida, para que la vida sencilla y alegre sea signo visible en nuestra vida, y para que laicos y religiosos trabajemos juntos con el corazón de Su pueblo vivo en medio del mundo. La luz del Concilio Vaticano II llegó para iluminar y mostrarnos el camino 50 años atrás; ahora debemos caminarlo juntos.

             Nicole Vázquez D.  Presidenta de CVX Jóvenes Santiago y

             miembro del Movimiento Iglesia entre Todos

 (Territorio Abierto)


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