Las Mujeres y los Abusos en la Iglesia
Los niños y niñas seguros como para revelar su secreto lo contaron a las mujeres en las que confiaban: madres, tías, abuelas...
Los escándalos de abuso sexual que involucran al clero católico no son ningún misterio: los grupos cerrados de hombres suelen hacer cosas malas. Entonces, ¿por qué no disolver ese antiguo y exclusivo club masculino?
Aquí están, los miembros del club exclusivo para hombres más antiguo y selecto de la historia, tratando de manejar una crisis con final abierto. Durante décadas, sacerdotes de EE UU, Europa, Irlanda, Brasil, Chile (y Dios sabe dónde más) abusaron -sexualmente o de otras formas- de niños y adolescentes, no en los salones decorados con frescos del Vaticano, sino en campamentos y autos, en residencias de estudiantes y en confesionarios…
Los pocos niños y niñas lo suficientemente seguros como para revelar su secreto lo contaron a las mujeres en las que confiaban: madres, tías, abuelas. Las pocas mujeres lo suficientemente valientes para cuestionar a la autoridad o pedir justicia a los obispos fueron calladas. En este caso, Jesús se equivocó: los mansos no heredaron la Tierra. Recibieron un piadoso e interesado sermoneo.
Aun con una madre, María, en el centro de la historia cristiana, las mujeres de la Iglesia de hoy fueron marginadas y recibieron prédicas en medio de las interminables revelaciones de escándalos de abuso sexual. Sus oraciones a la Virgen, protectora de la humanidad, parecen haberse quedado sin respuesta.
Desde luego, las mujeres no son una panacea. La historia muestra que ellas en el poder pueden ser tan despiadadas y egoístas como los hombres. Y evidentemente, la simple presencia de mujeres no inocula una organización contra la criminalidad o la corrupción. Además, es difícil demostrar que la atmósfera dominada por hombres de la Iglesia Católica Romana genere un invernadero único para depredadores sexuales; y de hecho, la mayoría de los buenos sacerdotes de todo el mundo sigue cuidando a sus fieles (en algunos de los casos europeos recientes, las perpetradoras fueron mujeres). De hecho, los investigadores piensan que los índices de abuso dentro de la Iglesia probablemente se pueden comparar con los de otras denominaciones, y organizaciones juveniles, escuelas y familias.
Los estudios muestran lo que sabemos intuitivamente: sin supervisión y equilibrio, los grupos cerrados de hombres hacen cosas malas. Nicholas Syrett, historiador y autor de “The Company He Keeps: A History of White College Fraternities” afirma que los estudios indican que entre el 70 y el 90 por ciento de las violaciones múltiples en los campus universitarios son cometidas por hombres que pertenecen a clubes estudiantiles masculinos. Obviamente, añade, hay diferencias importantes entre la jerarquía católica romana y las fraternidades masculinas de las universidades: “Los miembros de las fraternidades son alentados a tener relaciones sexuales con muchas mujeres. Evidentemente, no es así en el caso de los sacerdotes”.
Pero en ambos casos, “los hombres son alentados a creer que están en una posición de poder por una razón… Pienso que si la jerarquía de la Iglesia Católica no disciplina a estas personas porque está preocupada por su reputación, genera un espacio donde aquellos que abusan de los niños son llevados a creer que todo lo que hagan está bien”.
Desde luego, Jesús no dijo nada sobre el papel que las mujeres debían tener en su futura Iglesia. Como líder de un movimiento pequeño y radical, invitó a todos a unirse, incluyendo a mujeres casadas, solteras y prostitutas; y los relatos evangélicos asignan una función especial a las mujeres. Son ellas quienes encuentran al Señor resucitado e informan a los hombres sobre este hecho sobrenatural.
Las mujeres trabajaron en la Iglesia primitiva. En su Epístola a los Romanos, que data de cerca del año 50 d.c., el apóstol Pablo escribió sobre una diaconisa llamada Febe, una “compañera de trabajo” de nombre Prisca, y las “trabajadoras en el Señor” Trifena y Trifosa. Incluso menciona a una “apóstol” llamada Junia, un hecho tan terrible para varias generaciones de escritores que imaginaron que los apóstoles sólo podían ser hombres, y que “malinterpretaron” deliberadamente la intención de Pablo. “Con mucha frecuencia, Junia se transforma en un nombre de varón”, señala el autor Diarmaid MacCulloch, cuya obra más reciente es “Christianity: The First Three Thousand Years”. Con esas deformaciones del texto original, indica, “se tiene la sensación de que la iglesia temprana rehúye el hecho de que las mujeres tengan puestos de poder”.
Pero también sería un error considerar los primeros siglos del cristianismo como un apogeo del feminismo. Las mujeres eran consideradas casi universalmente como seres inferiores, a las que un buen hombre cristiano debía controlar. “Nuestro ideal -declaró Clemente de Alejandría en el siglo II- es no experimentar ningún deseo en absoluto”. Y, a pesar de que los clérigos e incluso los Papas solían estar casados, la capacidad de las mujeres de despertar el deseo sexual en los varones cristianos las relegaba al papel de la tentadoras Evas, en contubernio con Satanás. Para las mujeres, el celibato era una forma de adquirir poder en el mundo de los hombres; al imitar a María, una mujer podía encontrar independencia y fortaleza.
Para el siglo XII, la separación de hombres y mujeres en la Iglesia estaba completada. El celibato del clero se volvió obligatorio en 1139, y en las grandes universidades de Europa, donde los intelectuales cristianos establecían las bases de la filosofía, las matemáticas, la astronomía, la ciencia, la literatura y la teología modernas, las mujeres fueron excluidas del todo. A partir de entonces, la única forma de que una mujer cristiana adquiriera prominencia era como profetisa o mística, observa MacCulloch, y luego sus hermanos podrían considerarla loca.
Ninguna explicación esclarece mejor la desconexión actual entre los hombres del Papa y los fieles progresistas. En un mundo donde el todo importa más que las partes, reina una rígida moralidad, a veces brillante, a veces cruel. Esta elevación de la Iglesia por encima de todo explica cómo una institución dedicada a servir a enfermos y pobres también niega condones a las personas en riesgo de contraer SIDA. Permite entender cómo una organización comprometida con la institución de la familia puede negar píldoras anticonceptivas a las madres. Y explica, tristemente, cómo un obispo confrontado con un pederasta en una parroquia podría decidir no llamar a la policía.
Para romper los viejos hábitos de la insularidad y el pensamiento de grupo, el abrazo de la modernidad que empezó con el Concilio Vaticano II debe comenzar de nuevo. “Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y que las personas puedan ver hacia dentro”, dijo el papa Juan XXIII al referirse a ese esfuerzo. El primer lugar para empezar, y quizás el más fácil, es con las mujeres.
Más del 60 por ciento de los católicos estadounidenses apoya la ordenación de mujeres, y aunque los tradicionalistas insisten en que es un sueño imposible, los realistas piensan lo contrario. Con la creciente reducción de las vocaciones sacerdotales en EE UU y con el 80 por ciento de los ministerios parroquiales dirigidos por mujeres, la ordenación de sacerdotisas parece inevitable. Un pequeño grupo de unas 100 mujeres renegadas ya fue ordenado “por un obispo de prestigio”, afirma Eileen McCafferty DiFranco, que es una de ellas. Aunque excomulgada, DiFranco se mantiene firme. “Jesús nunca dijo que sólo los hombres podían ser sacerdotes”.
En EE UU, los incidentes de abuso sexual en las diócesis católicas disminuyeron gracias, en gran parte, al trabajo de McChesney y su equipo. Ahora, cada diócesis debe establecer un comité asesor sobre abuso sexual, un grupo que se ocupe de manera profesional y personal del bienestar de los niños. McChesney piensa que estos comités asesores tienen que crearse en todas las diócesis, y también en el Vaticano. “Benedicto XVI debe establecer un grupo que no esté formado sólo por clérigos. Necesita un comité asesor de personas expertas en el abuso infantil, en temas de investigación, en resolución de problemas. Se requiere la participación de profesionales laicos”. Y si estas personas son mujeres, tanto mejor.
En su misión diplomática al Vaticano, Kerry Robinson tenía otro objetivo más espiritual. Año tras año, las historias de los Evangelios y del Antiguo Testamento sobre las mujeres desaparecieron lentamente del calendario litúrgico, que indica las lecturas bíblicas que los fieles escuchan cada domingo. Robinson señaló este hecho a los cardenales y descubrió que algunos no habían notado que las historias habían desaparecido. “Siempre se trata de los hombres”, dice Robinson. “Van a misa constantemente y no distinguen, no piensan en esto desde la perspectiva de una mujer que va a misa el domingo”.
María, la madre de Jesús, era humana. Siendo una mujer tradicional, sacó el mayor provecho de una situación extraordinaria y luego miró estoicamente el sufrimiento de su hijo. Es una historia universal. Si las historias de las mujeres y niñas de la Biblia no se cuentan, las madres e hijas dejarán de verse a sí mismas como parte del cuerpo de Cristo. Se alejarán. Y se llevarán a sus hijos con ellas.
Revista Newsweek (extracto de Ellas y la Iglesia).
Lisa Miller, Pat Wingert, Jessica Ramirez, Ian Yarett, y Daniel Stone.
Lisa Miller, Pat Wingert, Jessica Ramirez, Ian Yarett, y Daniel Stone.
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