Las Siete Palabras Claves del Concilio Vaticano II
Me solicitaron que elaborase la presentación de las siete palabras claves del Vaticano II. Claro que cualquier elección de ese tipo es un poco arbitraria. Sin embargo, sin duda hay algunas palabras bien representativas del significado del Concilio – aunque no hubiese conciencia clara, desde el inicio, de aquello que esas palabras debían significar. Los últimos documentos son, con certeza más representativos, de aquello que esas palabras debían significar. Los últimos documentos son, con certeza, más representativos porque los obispos estaban más conscientes de aquello que querían – sobretodo de aquello que se esperaba de ellos en aquella hora de la historia.
Me solicitaron que elaborase la presentación de las siete palabras claves del Vaticano II. Claro que cualquier elección de ese tipo es un poco arbitraria. Sin embargo, sin duda hay algunas palabras bien representativas del significado del Concilio – aunque no hubiese conciencia clara, desde el inicio, de aquello que esas palabras debían significar. Los últimos documentos son, con certeza más representativos, de aquello que esas palabras debían significar. Los últimos documentos son, con certeza, más representativos porque los obispos estaban más conscientes de aquello que querían – sobretodo de aquello que se esperaba de ellos en aquella hora de la historia.
Sorprendentemente, el Concilio se realizó al final de una época histórica. Dos años después de la conclusión del Concilio, explotaron las revueltas de los estudiantes en los principales revolución cultural que iba a comenzar en los años 70 del siglo XX. Se trataba de una nueva economía, inspirada en una globalización imperial en la cual las multinacionales se tornarían, en menos de 40 años, en las dueñas del mundo; un movimiento de cambio cultural cuya señal más evidente era la emancipación de las mujeres. Se realizó la deconstrucción de todas las culturas tradicionales, y la TV construyó una nueva cultura de masas que conquistó gran parte del mundo. Todo eso no fue, ni podía ser, imaginado por los Padres del Concilio. Ellos procuraron hacer una adaptación de la Iglesia a un tipo de sociedad en vías de extinción. Luego después apareció la nueva sociedad, y, hasta ahora, la Iglesia no reaccionó. No solamente no reaccionó, sino también se dedicó a procurar impedir esa evolución, como si todavía tuviese audiencia en esta nueva sociedad.
Asimismo, después de estos 40 años que cambiaron el mundo como nunca antes en la historia – porque esta vez cambiaron el mundo entero-, es posible salvar lo que puede ser útil todavía hoy de los mensajes del Vaticano II, en la espera de un nuevo Concilio de estructura completamente distinta, para ofrecer un inicio de respuesta a esta nueva sociedad que se está construyendo.
Primera palabra: Hombre
En el Concilio los documentos fueron escritos en latín, y, en esa lengua, la palabra homo (“hombre”) se refiere a los dos sexos. En portugués prevaleció la costumbre de restringir el sentido de la palabra “hombre”, haciendo de ella una palabra que significa las personas de sexo masculino, lo que torna el lenguaje más difícil. Homo debe ser traducido por “ser humano”, aunque esa expresión sea poco elegante. Aquí tomamos la palabra “hombre” en el sentido de la humanidad completa.
En su discurso conclusivo del Vaticano II, el Papa Pablo VI quiso destacar los puntos fundamentales del mensaje del Concilio. En ese discurso él dio el mayor énfasis al tema del “hombre”. En la convicción de él, ese había sido el tema fundamental. El Concilio quiso dirigirse al ser humano contemporáneo.
El Papa habló tanto del hombre, y sobre todo del hombre contemporáneo, que al final de su discurso hizo esta pregunta: “Todo esto y todo lo más que podríamos decir acerca del Concilio, ¿habrá por ventura desviado a la Iglesia en Concilio hacia la dirección antropocéntrica de la cultura moderna? Desviado, no; resuelto, sí. Pero quien observa honestamente este interés prevaleciente del Concilio por los valores humanos y temporales, no puede negar que tal interés se debe al carácter pastoral que el Concilio escogió como programa…”(1).
Con certeza, el Papa estaba muy marcado por la Constitución Gaudium et Spes cuando preparó su discurso de conclusión. De hecho, podemos decir que esa Constitución constituye la exposición más clara de las intenciones del Concilio. La preocupación por la humanidad estaba subyacente en todos los documentos, porque siempre hubo el interés de presentar las realidades de la Iglesia como respuesta a las necesidades o a las aspiraciones del hombre moderno. Pero la Gaudium et Spes explicitó lo que estaba medio implícito en los otros documentos.
Desde entonces el ser humano cambió mucho. Tuvimos la concentración de la economía en las manos de las multinacionales, la afirmación del imperio americano, el debilitamiento de todos los Estados, una cultura del individualismo, la desintegración social –comenzando por la familia y por el mundo del trabajo – el fenómeno de la exclusión de los “inempleables”, la multiplicación de religiones nuevas que tornan obsoleta la estructura secularizada de la sociedad moderna. Lo que triunfa hoy son los fundamentalismos. Las Iglesias tradicionales perdieron su relevancia. La situación del hombre actual es bien diferente de aquella que estaba viviendo sus últimos suspiros cundo se reunió el Concilio. Claro que las soluciones ofrecidas en aquel tiempo, son, en la actualidad, obsoletas. Hoy, la Iglesia tendrá que hacer cambios mucho más radicales, si quisiera ser oída en el mundo, y no quedar encerrada en un guetto – como ya está aconteciendo. Pero, en todo caso, el Vaticano II rompió con la serie de Concilios de la cristiandad – lo que ya es un gran mérito.
Una palabra vecina de la palabra hombre es la palabra mundo, también muy destacada por el Vaticano II. El mundo son los seres humanos. En el Vaticano II todavía no aparecieron los problemas ecológicos y el mundo significa la humanidad con toda su complejidad, con todos los aspectos de la vida humana.
Segunda palabra: Libertad
La declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis Humanae fue uno de los documentos que suscitaron mayor oposición. Buena parte del episcopado todavía no había percibido que la cristiandad ya pertenecía al pasado. Continuaba viviendo como en la época anterior a la Revolución Francesa. Sin embargo, el optimismo prevaleció y el documento fue aprobado.
Esa declaración se limitaba a la libertad religiosa. El reconocimiento de la libertad religiosa no era cosa tan extraordinaria, pero lo importante era que la palabra libertad entraba en el vocabulario eclesiástico. Además de eso, con el reconocimiento de la libertad religiosa, se tornó posible el ecumenismo y la evangelización de todos los pueblos.
La Constitución Gaudium et Spes dedicó un párrafo a la “libertad” (n.17). Aludió a ese tema diversas veces. De modo general ella agrega a la palabra libertad un adjetivo que tiende a limitar su extensión. Queda claro que esa palabra daba miedo – como continúa dando miedo. Juan Pablo II siempre usaba la palabra libertad con un adjetivo. El Concilio dice “libertad justa”, “libertad responsable”, “libertad honesta”, “libertad ordenada”, “libertad auténtica”. El propio Pablo VI, en su discurso de conclusión, exaltando los valores humanos, habla de las aspiraciones humanas “a la vida, a la dignidad de la persona, a la libertad honrada, a la cultura, a la renovación del orden social, a la justicia, a la paz” (2). Solamente la libertad fue limitada por un adjetivo: “honrada”. Ni la paz ni la justicia, ni la dignidad, ni la cultura deben ser “honradas”.
Pero lo que importa es que la palabra libertad sea usada sin condenación. En la tradición anterior, cuando un documento eclesiástico usaba la palabra libertad, era en el sentido de condenar. Ahora la palabra recibe un sentido positivo. El Concilio todavía está lejos de lo que propone San Pablo, pero ya da algunos pasos en ese sentido.
La adopción de la palabra libertad fue decisiva, pues inauguró una nueva época. Esa palabra fue aplicada hasta a la vida dentro de la Iglesia. Eso significó cambio de clima. Algunos católicos ya se sintieron animados a criticar ciertos documentos o ciertas decisiones de la jerarquía, lo que habría sido impensable anteriormente. Estamos lejos todavía de una Iglesia en que los laicos se sientan libres, pero los primeros pasos fueron dados.
Tercera palabra: Pueblo de Dios
“El Concilio, más que de las verdades divinas, se ocupó principalmente de la Iglesia, de su naturaleza, de su estructura, de su vocación ecuménica, de su actividad apostólica y misionera” (3). Así decía Pablo VI en el discurso de conclusión del Concilio. Que el tema de la Iglesia estaba siempre presente y que la Iglesia conciliar quería definir su lugar y su estructura en medio del mundo actual, es evidente. El tema de la Iglesia está en todas las páginas. Sin embargo hay muchos elementos que eran tradicionales y fueron puras repeticiones. Pero la intención del Concilio era destacar algunos aspectos de la Iglesia más actuales en nuestros tiempos.
El Concilio quiso explícitamente destacar el tema del pueblo de Dios, escogido como prioritario para expresar la realidad de la Iglesia. Los temas del Cuerpo de Cristo o del templo del Espíritu Santo ya habían sido integrados en la eclesiología tradicional. Pero el tema del pueblo de Dios, a pesar de ser central en la eclesiología del Nuevo Testamento, no había merecido ninguna atención en la eclesiología tradicional. Siguiendo los pasos de Bellarmino, la eclesiología tradicional definía a la Iglesia por su estructura jerárquica. La Iglesia se definía por sus poderes. Los laicos eran simplemente receptivos, pasivos. Su papel consistía en recibir lo que la jerarquía les daba- los llamados medios de salvación- y en obedecer. La jerarquía era la forma y los laicos eran la materia.
El Concilio quiso explícitamente corregir esa eclesiología. En cierto modo, podemos legítimamente pensar que lo que estaba más en la mente de los Padres conciliares era exactamente la superación de la eclesiología tradicional, que ya estaba en contradicción con todos los movimientos apostólicos del siglo XX.
Por la expresión pueblo de Dios, los Padres conciliares querían afirmar el papel activo de todos los bautizados, particularmente de los laicos. Los laicos tienen participación activa en todas las obras de evangelización de la Iglesia y tienen formas de participación en los ministerios de la jerarquía. No son cristianos de segunda categoría, pues todos son llamados a la misma santidad, todos tienen vocación misionera. Todos los cristianos son iguales, aunque haya diversidad de ministerios entre ellos. La misión de los laicos consiste en dar testimonio del Reino de Dios en medio del mundo y trabajar para transformarlo, para que se torne presente en él el fermento del Reino.
Antes del Concilio, los Papas ya habían aceptado la colaboración activa de ciertos movimientos de laicos como participación en la misión de la jerarquía. Pero ahora el Concilio proclama que no se trata de participación en los ministerios de la jerarquía, sino de vocación propia.
Ese reconocimiento del papel activo de los laicos no fue seguido de cambios estructurales. El nuevo derecho eclesiástico reconoce poquísimos derechos a los laicos. Sin embargo, el nuevo código reconoce la legitimidad del derecho de asociación de los laicos. Ya no están en la dependencia constante del clero. Eso vale principalmente para las mujeres, que no tenían ningún medio parta conquistar la autonomía. Sin embargo, hay evidente contradicción entre las afirmaciones teóricas del Concilio y la práctica. Hasta hoy las afirmaciones teóricas no tienen aplicación concreta.
Al lado de la expresión pueblo de Dios podemos colocar las palabras vecinas comunidad y comunión, muy usadas por los documentos conciliares. De hecho, la apertura conciliar permitió la proliferación de pequeñas comunidades que despertaron la sospecha
de la jerarquía, pero perseveran con el apoyo de algunos miembros de ella. Esas comunidades se apoyan en la teología conciliar sobre la Iglesia.
La promoción teórica de los laicos encontró en la práctica bastante oposición en la jerarquía, hasta que Juan Pablo II consiguió restaurar casi por completo la imagen tradicional del obispo, que preserva su autoridad e impide que los laicos tomen iniciativas relevantes.
La Curia romana suprimió de su vocabulario la expresión “pueblo de Dios”, desde 1985. De igual manera la Curia procuró eliminar la expresión “comunidad eclesial de base”. Consiguió eliminar esa expresión “peligrosa” del documento sinodal de América. Continúa luchando para que tal expresión nunca más aparezca en un documento oficial. Continúa hablando de los laicos, pero con insistencia en la participación de ellos en la misión del clero. Quiere laicos al servicio de los movimientos diocesanos o parroquiales, laicos disciplinados, obedientes y sin iniciativas. Quiere que los laicos estén a disposición del clero dentro de un cuadro pastoral clerical en que ellos no tienen ningún poder de decisión. De esa manera, la novedad conciliar queda vacía.
El peligro es que los llamados “nuevos movimientos laicos”- que de laicos nada tienen, porque son totalmente clericales- se cierren en movimientos de guetto, ajenos a la vida social, o mejor, ocupando posiciones de poder dentro del aparato que dirige el mundo, pero sin contacto con la población.
Estamos comenzando a interrogarnos a la luz de la historia. En la Edad Media, durante siglos, los laicos pidieron una reforma de la Iglesia- que les facultase ascensión dentro de ella. Con el Concilio de Trento se acabaron todas las aspiraciones de la sociedad laica. El erasmismo y el partido humanista fueron destruidos, perseguidos y eliminados de la Iglesia católica. En nombre de la lucha contra el protestantismo, se formó un sistema de guetto que hizo alianza con los reyes absolutos, los dictadores de aquel tiempo. Hoy hay movimientos católicos poderosos, que se infiltran en el sistema de las multinacionales y se legitiman en nombre de la lucha por la ortodoxia, una lucha fundamentalista. Esos movimientos podrían destruir todas las tendencias que se manifestaron en el Vaticano II. La principal amenaza es que la Iglesia católica adopte el sistema de marketing que dio tanto éxito a las Iglesias protestantes llamadas electrónicas en los Estados Unidos, y que la Iglesia haga alianza con el sistema de las multinacionales – reinas absolutas en la actualidad. ¡Dios quiera que la historia no se repita!
Cuarta palabra: Colegio Episcopal
La palabra colegialidad no fue usada por los textos conciliares. Sin embargo, desde entonces, ella fue usada frecuentemente para comentar los textos y expresa una de las grandes aspiraciones de la asamblea y de la Iglesia entera.
Después del Vaticano I, el episcopado vio que sus atribuciones iban siendo cada vez más reducidas. Pío IX había lanzado a la Iglesia romana en una gran ofensiva contra la modernidad. El quería movilizar todas las Iglesias en ese movimiento. Había, en varias regiones, tentativa de reconciliación con el mundo moderno. Todo eso fue implacablemente reprimido, y Pío IX inició un movimiento de nominaciones episcopales con el criterio de la total sumisión a la Curia romana. A partir de él comenzó la tendencia de concentrar todas las nominaciones episcopales en las manos del Papa, y esa concentración de poder entró en el primer código de derecho canónico (1917) sin resistencia por parte del episcopado- por otra parte totalmente absorbido por la guerra Mundial. Desde Pío IX los obispos fueron quedando cada vez más controlados por la Curia y ese movimiento alcanzó el auge en el pontificado de Pío XII.
En aquel tiempo, nadie imaginaba lo que acontecería a partir de 1979 – porque era difícil imaginar que pudiese haber concentración de poder todavía mayor que en el pontificado de Pío XII.
Cuando Juan XXIII anunció la convocación del Concilio Vaticano II, la Curia romana organizó el sabotaje de la preparación del Concilio. No consiguió impedir su realización, pero continuó organizando la oposición durante todo el Concilio. El temor de la Curia era que los obispos adquiriesen mayor autonomía, lo que era justamente la esperanza de muchos obispos. Durante todo el Concilio los obispos tuvieron conciencia de que había un combate permanente entre ellos y la Curia romana y que el Papa no podía o no quería decidir.
Desde el anuncio del Concilio, se esparció la idea de que se trataba de completar el Vaticano I, que había sido interrumpido por la conquista de Roma por las tropas de Italia. El Concilio Vaticano I había definido los poderes del Papa. Eso había creado cierto desequilibrio, del cual los obispos eran las víctimas. Ahora habría una oportunidad para completar el Vaticano I, insistiendo en los poderes de los obispos. De hecho, hubo esa ilusión.
En el Concilio se habló mucho de los obispos. Sin embargo, en la cuestión principal, que era la relación entre los obispos y el Papa, hubo poco avance. Al final, se habló con tanta insistencia del poder del Papa que, como comentó el teólogo protestante Oscar Cullmann, el Vaticano II insistió más en los poderes del Papa que el Vaticano I. En lo concreto, a los obispos no se le atribuyeron derechos nuevos. No hubo modificación en la relación entre los obispos y la Curia. Pasados 40 años del cierre del Concilio, los obispos tienen menos poder que antes del Vaticano II, y su dependencia, el control por parte de la Curia, aumentó.
Las conferencias episcopales fueron reconocidas, pero prontamente siguieron encuadradas en un sistema de control que las mantuvo inocuas. Ellas son los órganos de trasmisión de los planes elaborados en Roma, en base a criterios de política pontificia en que el valor supremo es el prestigio del Papa en la sociedad.
Los obispos no tienen la menor posibilidad de influir en la Corte romana. Los llamados sínodos no van mucho más allá de ceremonias de homenaje al Papa. Lo mismo ocurre con las reuniones de los cardenales. Gracias a un sistema de delación, las nunciaturas se transformaron en agentes de información de la Santa Sede. Ellas trasmiten a Roma lo que los “informantes” les comunican. La cuestión de los obispos fracasó con el Concilio, ganando importancia la Curia romana. Las Conferencias episcopales pueden reunirse, pero no tienen poder de decisión en materia de liturgia, de derecho canónico, de nominaciones de obispos y de juicio de los teólogos, por ejemplo. Los obispos tampoco pueden tomar decisiones de importancia para sus seminarios porque tales determinaciones competen a Roma.
Quinta palabra: Diálogo
En el célebre discurso inaugural del Concilio Vaticano II, pronunciado en el día 11 de octubre de 1962, Juan XXIII destacó dos temas que debían, en la mente de él, orientar no solamente el Concilio, sino la marcha de la Iglesia en los tiempos siguientes.
El segundo de los temas era: “La Iglesia siempre se opuso a estos errores; muchas veces hasta los condenó con la mayor severidad. Ahora, sin embargo, la esposa de Cristo prefiere usar más el remedio de la misericordia que el de la severidad. Juzga satisfacer mejor las necesidades de hoy mostrando la validez de su doctrina que renovando condenaciones” (4). Eso parecía muy simple, pero en realidad era la inversión radical de una práctica de 1600 años. Todo fue dicho de modo tan simple que, en el momento, muchas personas no prestaron atención a esas palabras. En la realidad, ellas debían abrir una nueva época en la historia de la Iglesia.
El Papa no usó la palabra diálogo, pero esa palabra recibió apoyo clarísimo por parte de Pablo VI, y, desde entonces, ella forma parte del vocabulario eclesiástico. Era la traducción de las palabras de Juan XXIII y la expresión de la orientación que quería dar a la Iglesia. De ahí en adelante la palabra diálogo es repetida sin cesar. Lo que no quiere decir que la Iglesia, en la práctica, esté siempre actuando el diálogo. Pero, por lo menos, hay ciertos procedimientos que ya no son posibles hoy en día.
El Concilio usó abundantemente la palabra diálogo y siempre con la conciencia de que estaba realizando un cambio radical. El diálogo significaba un cambio global de actitud de la institución eclesiástica en todas las áreas.
Debe haber diálogo entre la Iglesia y el mundo: con los hermanos separados, con los judíos, con los no creyentes, con todos los hombres, entre la jerarquía y los laicos, entre obispos y sacerdotes. El diálogo es un arte que debe ser cultivado y entrenado en los seminarios.
En la concepción del Concilio, el diálogo debe sustituir las relaciones de dominación y de superioridad que eran constantes en la cristiandad. Debe ser expresión de la caridad, por tomar en cuenta a otras personas, que son diferentes y no juzgarlas en base a principios abstractos supuestamente universales. En el tiempo de la cristiandad, el clero debía imponer a todos el sistema objetivo de creencias, preceptos o ritos tradicionales sin tomar en cuenta la subjetividad de las personas. Ahora, por fin, el Concilio reconoce la subjetividad y los valores de las personas. Los obispos o los sacerdotes actuaban como representantes de un orden objetivo. De ahora en adelante lo que se les pide es que establezcan relaciones de persona a persona con los otros, reconociéndolos como diferentes. Se trata de reconocer la legitimidad de la diferencia en muchas áreas de la vida personal o social.
En la práctica, después del Concilio, muchos obispos y sacerdotes procuraron cambiar el estilo de sus relaciones y el modo de actuar en el ejercicio de su autoridad. Los propios Papas, estimulados por el ejemplo de Juan XXIII, se aproximaron a la humanidad, dejando de lado aquella majestad que había alcanzado el auge con Pío XII- que parecía un ente celestial dotado de un poder total y absoluto.
Después de 40 años, podemos constatar que hay más cortesía y menos solemnidad en la relación del clero con los laicos, de los padres con los obispos y de los obispos con la Curia romana. Sin embargo, el diálogo no va más allá de la cortesía. Cuando se trata de hacer concesiones, de adaptar el sistema burocrático a las situaciones locales, el diálogo acaba y el sistema mantiene su intransigencia. En la actualidad, el sistema curial parece todavía más intransigente, porque las leyes aumentaron y se tornaron más complejas, y la vigilancia también aumentó. Las formas son más humanas, pero el fondo permanece inflexible.
Sexta palabra: Servicio
La eclesiología tradicional definía la Iglesia como un sistema de poderes. Dios había dado sus poderes a la Iglesia, o sea, a la jerarquía. La Iglesia podía definirse por 3 poderes: el poder de decir y enseñar la verdad por medio del magisterio, el poder de santificar por medio de los sacramentos y el poder de gobernar por medio de un conjunto de leyes obligatorias. El concepto de poder hacía la ligazón entre Dios y la Iglesia, concebida como jerarquía. En cierto modo, el episcopado era identificado con toda la Iglesia, y, en el entusiasmo de la teología medieval, un teólogo como Egidio de Roma podía enseñar que la Iglesia era el Papa. Todos los poderes de la Iglesia estaban en las manos del Papa. El era la Iglesia, pues la Iglesia era poder y él tenía la plenitud de ese poder.
Tal eclesiología podía tener sentido en la época en que la relación de la Iglesia con el mundo era la lucha entre el poder del Papa y el poder del emperador – o el poder de los reyes católicos. La eclesiología romana debía exaltar lo más posible el poder del Papa para que pudiese contrabalancear el poder del emperador. Pero ya hace tiempo que esa problemática desapareció. Por otra parte, en esa lucha entre el Papa y el emperador por la dirección de la cristiandad, ¿dónde estaba el pueblo de Dios? Al pueblo de Dios le cabía proporcionar ejércitos a esos dos poderes.
El retorno a la Biblia tornó muy clara la oposición entre ese lenguaje y el lenguaje del Nuevo Testamento, en que prevalece el vocabulario del servicio. El propio Jesús afirma que vino para servir, y no para ser servido. Lo apóstoles aparecen como servidores del evangelio, o del pueblo.
Por otro lado, los miembros del clero que estaban más en contacto con la sociedad percibieron que esa afirmación de poder creaba malestar y alejaba de la Iglesia. El poder no es así tan bien visto en la sociedad moderna. Después de 200 años de lucha por la democracia, los dirigentes de los Estados tienden a presentarse como servidores del pueblo, y no como poderes sobre el pueblo. Ellos son elegidos por el pueblo y, en la ideología dominante, los poderes residen en el pueblo, que los delega a diversas entidades o personas.
El Concilio tomó en cuenta esos dos aspectos y procuró evitar todo triunfalismo, toda proclamación enfática de poder. Usó abundantemente el vocabulario del servicio.
De acuerdo con el Vaticano II, la Iglesia existe para servir, y no para ser servida. Ella no reclama para sí ninguna autoridad sino la de servir a los hombres. Los ministros de la Iglesia deben servir a sus hermanos. La misión de los obispos es el servicio. Ellos recibieron el encargo de servir a la comunidad, usan del poder y de la autoridad no como quien manda, sino como quien sirve. La autoridad de los superiores debe ser ejercida en espíritu de servicio. Los presbíteros son llamados para servir el pueblo de Dios. Deben educarse en el espíritu de servicio.
Séptima palabra: Misión
De modo general es notorio que los textos sobre la misión son muy débiles y carecen de unidad. Sin embargo, hubo voluntad de los Padres conciliares de cambiar el sentido de la misión en la conciencia y en las instituciones de la Iglesia.
Hasta el Concilio prevalecía todavía la visión tradicional que hacía de las “misiones” una parte marginal de la Iglesia. Lo principal era la cristiandad tradicional. Pequeña parte del personal y de los recursos de la Iglesia estaba destinada a evangelizar los pueblos situados fuera de los límites de la cristiandad. Esa actividad misionera estaba reservada a institutos específicos de hombres y de mujeres y no alcanzaba a la vida de las diócesis o de las parroquias. Estas mandaban algunas ayudas financieras, pero la atención dada a las misiones era muy secundaria.
En la práctica la acción misionera se extendió principalmente y casi exclusivamente a los territorios en poder de los Estados europeos o norteamericanos, estrechamente ligada a la presencia militar, política y económica de las potencias coloniales. Era parte de la colonización o de la dependencia semicolonial, como en la China.
La obra misionera consistía en reproducir en todos los territorios del mundo la estructura del catolicismo europeo. La idea era salvar las almas. Al lado de esa finalidad principal había también la finalidad de civilizar. En eso las misiones se integraban en la empresa colonial, que se justificaba por la tarea de “civilizar” los pueblos no europeos.
Algunos misioneros precursores lucharon desde el inicio del siglo XX por una Iglesia local – inserta en las culturas locales. Al final de muchas luchas, consiguieron la ordenación de sacerdotes y de obispos nativos. Mas la estructura no mudó casi nada hasta el Vaticano II. En el Concilio interfirieron dos hechos. El primero fue la conciencia de la importancia de las nuevas Iglesias en Africa y en Asia. El segundo fue la percepción de la descristianización de los países de antigua cristiandad, con la consecuencia de que ellos eran también tierras de misión y necesitaban ser evangelizados. La diferencia entre los dos sectores del cristianismo estaba disminuyendo. América Latina todavía no tenía fisonomía propia, que vendría en Medellín, como consecuencia del Vaticano II.
Esas nuevas preocupaciones se expresaron en documentos conciliares. Fue lanzada la famosa fórmula de que toda la Iglesia debe ser misionera, constituyendo ello un nuevo símbolo de la Iglesia renovada. Un documento oficial renunciaba a la idea de que todavía existía cristiandad. También proclamaba la necesidad de nueva evangelización. Antes del Concilio, la Acción Católica tenía como proyecto cristianizar la vida pública, pero no la evangelización de los habitantes de Europa. Ahora los Padres comenzaban a reconocer que la crisis era mucho más profunda de lo que se quería aceptar otrora. No se trataba sólo de restituir el lugar de la Iglesia en la sociedad; el desafío era que la Europa estaba perdiendo la fe y necesitaba de nueva evangelización.
Los documentos conciliares convocan a todos los católicos para que se tornen misioneros. Era una novedad absoluta. Hasta entonces, la instrucción dada a los católicos era que debían permanecer fieles a la religión de sus antepasados, sometiéndose a todas la instrucciones de la jerarquía. La evangelización era tarea de algunos misioneros especializados reunidos en los institutos misioneros reconocidos por la Santa Sede y organizados por la Congregación romana De Propaganda Fide.
Los documentos aluden a la necesidad de adaptación de la Iglesia a la diversidad de los pueblos, a las diferencias de cultura. En la práctica poco se hizo. A partir de Juan Pablo II, la Iglesia católica tomó el rumbo de la restauración de la cristiandad, el camino de una nueva concentración romana, de un refuerzo dado a la uniformidad. Los nuevos movimientos fueron los instrumentos ideales de esa nueva uniformización del catolicismo. Eran movimientos internacionales que comunicaban a los católicos un mensaje y una estructura – la misma para todos los pueblos en que estaban presentes. Produjeron una nueva centralización.
De cualquier manera, el tema de la evangelización estaba lanzado. El programa de la evangelización del mundo se tornó la prioridad de toda la Iglesia- por lo menos en la teoría. En la práctica, es muy difícil conciliar la evangelización con la restauración de la cristiandad y una centralización exasperada.
En América Latina, el tema de la evangelización fue asumido por los movimientos populares de la Iglesia y por la Conferencia de Puebla. A partir de los años 80, la evangelización quedó cada vez más reducida a la propaganda- tal como es actualmente. Todas las campañas de evangelización se tornaron estériles y la proporción de los católicos está disminuyendo, mientras crece el número de protestantes pentecostales. El tema conciliar permanece como un desafío, a la espera de circunstancias más favorables.
Conclusión
El Concilio Vaticano II pertenece a la historia. El futuro mostrará si fue apenas un episodio o si constituyó un acontecimiento significativo. Todo va a depender del rumbo que la Iglesia escogerá. América Latina está en el centro de las expectativas, ya que más de la mitad de los católicos son latino-americanos. En Europa ya no hay esperanza; la decadencia es irreversible. Allí puede ser encontrado el mejor museo del catolicismo, pero solo un museo. De aquí a poco tiempo más vendrán centenas de millones de chinos para visitarlo. No es muy probable que ese museo despierte en ellos la fe. El Asia y el Africa están en plena expansión, pero todavía son minoritarios.
En América Latina, la opción por los ricos constituye grave peligro. Si la Iglesia se deja envolver por los ricos y fuere colocada al servicio de su legitimación, se tornará nuevamente, como en la cristiandad, en la base de la estructura de opresión de los pobres. El futuro está en nuestras manos – ¡si Roma no las ata!
P. José Comblin
Citas: (1) Cf. Documentos del Concilio Vaticano II, Sao Paulo, Paulus, 2001, p. 671.
(2) Idem, p.670. (3) Idem, p.666.
Traducción: Juan Subercaseaux y Leyla Reyes “Vaticano II -40 anos depois”, Paulus 2005.





