“El Viento Sopla Donde Quiere”. El Concilio Vaticano II

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Bernard Haring, eminente moralista Redentorista y factor clave del Concilio dice: El primero y más decisivo fue el discurso de Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II...

 

Juan XXIII, que fue un hombre libre, quiso hacer honor a “la libertad de los hijos de Dios” aportando un aire de renovación a toda la Iglesia, invitándola a vivir una nueva primavera por medio de la convocación de un Concilio Ecuménico. Ayúdanos a comprender y ahondar en este maravilloso evento del Espíritu Santo.
 
Pienso sobretodo en tres acontecimientos que se produjeron inmediatamente al comienzo de la primera sesión del Concilio.
 
El primero y más decisivo fue el discurso de Juan XXIII en la apertura del Concilio. En las conversaciones con mis amigos hablaba de la importancia fundamental de este discurso. No me sorprendía que hubiera muchos que pensaran como yo. El cardenal L. E. Duval me pidió enseguida que diera algunas conferencias en francés sobre los puntos decisivos de este discurso. Lo hice. Los obispos insistieron en que publicara cuanto antes aquellas conferencias. Así fue como apareció en muchas leguas: El Concilio en el signo de la Unidad. El Papa Juan fue el primer lector entusiasta. Se sintió comprendido.
 
El segundo acontecimiento fue la composición de las listas para la elección de los miembros de las diversas comisiones del Concilio. La vieja gurdia había preparado listas completas, similares a la composición de las comisiones preparatorias. El día fijado para las elecciones no había prevista ninguna discusión, pero el cardenal A. Liénart y el cardenal J. Frings se levantaron y dijeron secamente que hacía falta tiempo para proponer listas preparadas de manera colegial- El aplauso fue inmenso. Monseñor Capotilla me dijo enseguida que el Papa Juan XXIII exultó de gozo por aquel acontecimiento. En los días en que se preparaban las listas supe que el episcopado italiano estaba bastante dividido. Se estaban formando tres listas distintas. Transmití al cardenal Frings mi preocupación de que, de este modo, no saliera elegido ningún obispo italiano.
 
Por eso, en la lista preparada por los episcopados de Europa central, juntamente con los episcopados americanos, etc. Se incluyeron también nombres de valiosos obispos italianos. Fueron elegidos en justa proporción.
 
El tercer acontecimiento, en verdad notable, fue la primera reunión de la comisión para la doctrina y la moral. Los tres hombres con más poder, nombrados por el Papa, los cardenales Ottaviani, Parente y Tromp, estuvieron una hora tratando de convencer a los miembros de la comisión de que aprobara los documentos elaborados por las comisiones preparatorias con pequeñas correcciones, apelando a una supuesta “obligación de conciencia”.
 
En este clima, el cardenal Léger se levantó y dijo en voz alta: “Si las cosas están así, yo me voy”. Era evidente que muchos estaban de acuerdo con él. Entonces los tres potentes cardenales llamaron al cardenal Léger asegurándole que se garantizaría la libertad de la comisión. Se había roto el hielo.
 
Tareas de Haring en el Concilio
 
Desde el principio fui nombrado consultor de la comisión doctrinal, junto a H. de Lubac, Y. Congar y, afortunadamente también Karl Rahner. Aprendí mucho de estas asambleas y comisiones. Aquí fue donde ví el rostro de la Iglesia, y ya nada ha podido después enturbiar este rostro atractivo de una Iglesia que humilde y valientemente quiere profundizar en la fe, con mirada atenta a los signos de los tiempos.
 
Modestamente colaboré con la redacción de varios textos. Entre otras cosas se me confió la última redacción del capítulo 4 “sobre los laicos”, de la Lumen gentium. Trabajé mucho en texto del capítulo de la Lumen gentium, sobre “la vocación de todos a la santidad”. Por lo que respecta a su último capítulo, es decir el de “la santísima Virgen María, madre de Dios”, se discutieron dos opciones: o la elaboración de un documento independiente, o la adición precisamente de un último capítulo dentro de la misma Lumen Pentium. Mis preferencias se inclinaban a esta segunda posibilidad. La víspera de la votación fui invitado por el grupo d e obispos Redentoristas. Tras mi discurso y una larga discusión, se pusieron de acuerdo para votar a favor del capítulo final de la Lumen gentium. La votación en el Concilio resultó favorable por muy poso a esta segunda opción. Puede que el voto unánime de los obispos Redentoristas tuviera un peso decisivo. Más tarde, cuando aprobada toda la constitución Lumen gentium el cardenal Ottaviani, en privado, me dijo: “En este punto tenías razón. Ahora veo que era la mejor solución”.
 
Constitución Pastoral Gaudium et spes
 
Comúnmente este documento es considerado el más importante del Concilio, pero no pueden infravalorarse los otros textos que tratan de la libertad religiosa y del ecumenismo. Estamos ante una trilogía que hay que leer en su conjunto para comprender el espíritu del Vaticano II cuando habla de la Iglesia en el mundo contemporáneo viéndola no como un organismo autosuficiente, sino como una realidad que vive en simbiosis, en diálogo con todos los hombres de nuestro tiempo.
 
El día de su coronación, Pablo VI abordó estos temas, concediéndoles gran importancia. Ya el 4 de diciembre de 1962 el cardenal Suenens, en un discurso que tuvo mucha resonancia, había propuesto un documento específico sobre la Iglesia ad extra, encontrando un amplio consenso. El primer texto sobre la materia se elaboró entre febrero y marzo de 1963 por una comisión mixta, compuesta por la comisión teológica y la del apostolado de los laicos. El 11 de abril de 1963 apareció además la encíclica Pacim in terris, que puso en movimiento muchas cosas. Entre abril y mayo de 1963 se preparó un nuevo texto actualizado (el esquela XIII). Entre tanto, se había iniciado en relación con este tema una consulta ecuménica específica, que no habría de interrumpirse en lo sucesivo. El 6 de septiembre de 1963 el cardenal Suenens reunió en Malinas a un pequeño grupo de teólogos de gran valor, entre los que se contaban Congar y Rahner. De estos encuentros surgió el llamado texto de Malinas.
 
El 29 de noviembre de 1963 ambos documentos se discutieron en una larga sesión de la comisión mixta plenaria y yo tomé parte activa en el debate. Rechacé por completo el primer esquema, mientras elogiaba muchas cosas del Texto de Malinas, criticando sin embargo su carácter abstracto. Le faltaba cercanía a la vida concreta de los hombres y el tono de la Pacim in terris. Poco después de la finalización de los trabajos, recibí una llamada telefónica de la comisión diciéndome: “Se ha escogido un comité reducido para la elaboración de un nuevo texto. Usted ha sido elegido en calidad de secretario.
A este comité reducido pertenecían los obispos A.J. Ancel (un obispo obrero), A. McGrath, J. Schroffer, E. Guano, F. Hengsbach y J. E. Manager. Más tarde entraron a formar parte de él también los obispos J. Wrigth y J. Blomjous. Fue elegido como presidente del comité de redacción, es decir, como superior mío, monseñor Guano, obispo de Livorno, hombre bastante culto, sencillo y abierto. No hubiera podido imaginar nadie mejor que él, aunque todos los demás obispos designados eran también personas eminentes. Fueron nombrados luego como peritos el P. Roberto Tucci y el P. A.R. Simona, mientars que monseñor A. Glorieux representaba en el comité a la comisión conciliar para el Apostolado de los Laicos. A lo largo de enero de 1964 tomó forma la primera redacción, que comenzaba con las palabras Gaudium et spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias”. Desde entonces estas palabras serían el título de la constitución pastoral. El texto, en su versión francesa se tomó como base para el encuentro de trabajo de Zurich del 1 al 3 de febrero de 1964. El título rezaba del siguiente modo: La participation active de l’Eglise a la construction du monde.
 
La originalidad de mi aportación, si se puede hablar así, estuvo en el hecho de subrayar la necesidad de que el estudio fuera cercano a la vida de los hombres y a los “signos de los tiempos”. Cada una de sus partes debía comenzar con una descripción de los signos de los tiempos, hecha a partir de un análisis atento de la sociedad contemporánea. En principio, mi propuesta fue bien acogida. Más tarde, sin embargo surgieron objeciones, y se dejo de lado la expresión “signos de los tiempos”, aunque la sustancia de la misma no se perdió. La expresión volvió de nuevo en cuanto Pablo VI mostró no perder ocasión para hablar con insistencia precisamente de los signos de los tiempos.
 
A mí me tocó en concreto elaborar los “capítulos añejos” sobre el matrimonio, la cultura, la política, la justicia y la paz. Para las primeras discusiones en el Concilio, estos capítulos de candente actualidad se imprimieron y añadieron como anexa. En la  discusión que tuvo lugar en el Aula del 10 de octubre al 5 de noviembre de 1964, el cardenal J.C. Heenan (de Inglaterra) lanzó un fuerte ataque contra mí. No mencionó mi nombre, pero todos sabían que se refería a mi cuando dijo: “Timeo expertos annexa ferentes”. La causa fue una imprudencia mía. El arzobispo Robertson, inglés, obispo de Bombay, se había manifestado públicamente contra la encíclica Casti cannubii, es decir, contra una condena severa de los métodos anticonceptivos. Un periodista del Manchester Guardian me llamó por teléfono pidiéndome mi parecer. Mi respuesta había sido breve, en el sentido de que una atención concreta a los problemas de la gente y en particular al problema mencionado por el obispo, es decir, la superpoblación de la India, me parecía una solución más adecuada. A partir de esta brevísima declaración, el Manchester Guardian elaboró una “entrevista” falsa, con un título sensacionalista y en primera página: “El padre Haring en contra de los obispos ingleses”.
 
El día siguiente a la intervención del cardenal Heenan, le envíe dentro del aula una carta en la que le pedía disculpas y denunciaba el método seguido por el diario inglés. A los pocos días, yendo por Vía Della Conciliazione, que conduce a San Pedro, me di cuenta de que el cardenal venía detrás de mí, en dirección también al aula conciliar. Al llegar a la entrada de la Plaza de San Pedro me volví para esperar al cardenal. Me presenté. Con tono tranquilo, el cardenal me respondió: “No tiene necesidad de presentarse. Todo el mundo lo conoce”; y me dijo también: “He recibido su carta. Ahora lo entiendo todo. No debí atacarlo de aquel modo”. Luego me abrazó a la vista de muchos obispos que se dirigían al aula conciliar, y me dijo: “Me alegro de que todos puedan ver que no somos enemigos; más aún, que somos amigos”.
 
La intensa y amistosa colaboración del obispo Guano me dio oportunidad también para introducir algunas innovaciones. El cardenal Bea hizo en el aula una observación bastante justificada sobre las contradicciones del texto sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. El documento había sido elaborado casi exclusivamente por obispos y teólogos del “primer” mundo. Pero no se oía por ningún lado el eco del segundo y tercer mundo.
 
Inmediatamente empezamos a elaborar una lista de obispos del tercer y del segundo mundo, en la que se encontraban entre otros Karol Wojtyla, de Cracovia, un obispo de Camerún y otro de Japón. Pablo VI dio enseguida su aprobación. Le dije entonces a monseñor Guano: “Estamos todavía lejos de representar al mundo real. Más de la mitad del mundo católico no está representada: me refiero a las mujeres, que constituyen casi el 55% de los católicos practicantes”. El obispo Guano se mostró de acuerdo. Le presenté una lista de mujeres altamente cualificadas, a la que él añadió otros nombres bien escogidos.
 
Monseñor Guano probablemente suponía que yo iría con la lista al Papa y que este, según mi opinión, se mostraría totalmente de acuerdo. Pero tuve que percatarme con dolor de que, por la oposición de un cardenal, no fue posible conseguir ni siquiera una presencia mínima de mujeres en la Comisión para los Religiosos, a pesar de que más de dos terceras partes de los religiosos eran mujeres…
 
Había resistencias. El cardenal Ottaviani no dejaba de repetir: “Hay que partir siempre de la Iglesia, de la Iglesia, de la Iglesia…Es decir, del Papa” Y de vez en cuando -no sé si con mucho éxito- algún cardenal se esforzaba por hacerle entender que la Iglesia somos “todos”, que la Iglesia no es el Papa…
 
Los textos del Concilio nacieron de la libertad interior y apelan a la libertad de conciencia de los fieles, llamados a ser creativos, como hijos de Dios. En virtud de esta creatividad, de nada sirve que fijemos los detalles del camino que cada creyente tiene que recorrer para honrar el don de su propia libertad.
 
Valoración a 30 años del Concilio
 
En estos treinta años el mundo ha sido azotado por varias “tempestades” que no han sido fruto del Concilio, el cual ha de compararse más bien con un sereno Pentecostés. Durante estos años hemos corrido riesgos y peligros que no tienen parangón en los siglos pasados. En medio de estas tempestades, muchos en la nave de Pedro están angustiados y claman por los cambios, están escandalizados de cómo van las cosas, vuelven a invocar la ley. Y este deseo de fijación de fórmulas y doctrinas en las que creer, de leyes a las que someterse solo porque así está mandado, es extremadamente contraproducente. Es absolutamente contrario al espíritu del Concilio y no responde a los signos de los tiempos.
 
A veces nos comportamos como discípulos asustados en el mar durante la tormenta, mientras Jesús duerme plácidamente. “¡Señor, Señor, sálvanos!”. Pero el Señor se despierta y nos dice que sigamos remando, confiados en la certeza de que él está en medio de nosotros. Y si El está en la barca, es que hemos llegado ya al destino de nuestro viaje.
 
El cambio del paradigma de la obediencia ciega al de la responsabilidad y de la corresponsabilidad debe ser irreversible. Si las iglesias hubieran formado cristianos maduros, responsables y fieles al acontecimiento pentecostal, el Fuherer (fuherer-seductor), Hitler, no habría podido encontrar un rebaño de cristianos que le obedeciera ciegamente. Los mismo se puede decir (aunque en dimensiones más reducidas) de la obediencia otorgada a Mussolini. ¿Por qué los obispos no levantaron la voz cuando Hitler invadió Polonia, o cuando Mussolini invadió Abisinia? Los obispos, los sacerdotes y la gran mayoría de los cristianos estaban paralizados por el paradigma de la obediencia acrítica, cómoda. La causa principal de la crisis actual de la Iglesia católica la veo en la recaída de un sistema de obediencia controlable y controlado. La crisis puede ser una crisis de crecimiento si vence en toda la Iglesia la responsabilidad creativa, que se expresa, en otras cosas, en una obediencia responsable y en un sentido constructivo de la crítica. No puede haber cristianos dotados de sentido profético en el mundo si hay una preocupación excesiva porque los católicos sean siempre obedientes a la autoridad eclesiástica. El Concilio nos da esta lección, que no todos han entendido todavía.
 
Extracto del libro: Häring: Una entrevista autobiográfica (San Pablo 1988 – Madrid)
 
Publicado en Revista Reflexión y Liberación Nº 89 de junio de 2011
 
 
 
 
 

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