Reflexiones Acerca del “Pueblo de Dios”

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Este artículo, escrito antes de la aprobación el 21/11/1964 de la constitución Lumen Gentium , hoy lo recuperamos por el acierto con que señala la novedad de la acción del Concilio Vaticano II al elegir la expresión Pueblo de Dios para definir la Iglesia...

 

Una primera referencia a la idea Pueblo de Dios se encuentra en la obra de Congar  “Esquisses du Mystère del’Eglise”(1941). Este artículo, escrito antes de la aprobación el 21/11/1964 de la constitución Lumen Gentium , hoy lo recuperamos por el acierto con que señala la novedad de la acción del Concilio Vaticano II al elegir la expresión Pueblo de Dios para definir la Iglesia, término que algunos desearían que cayera en desuso.
 
Introducción
 
Al introducir en el esquema De Ecclesia el capítulo II sobre el Pueblo de Dios, entre el capítulo I dedicado al misterio de la Iglesia, y el III sobre la jerarquía, la Comisión Coordinadora tenía una triple intención:
1) Mostrar cómo la Iglesia se construye en la historia humana y satisfacer así el deseo expresado por los observadores de otras confesiones cristianas de centrar la teología en la historia de la salvación. 2) Mostrar cómo la Iglesia se extiende en la humanidad distintas categorías de hombres diversamente situados respecto a la plenitud de vida que se halla en Cristo y de la que la Iglesia es sacramento. 3) Exponer lo que es común a todos los miembros del Pueblo de Dios en el plano de la dignidad de la existencia cristiana, con anterioridad a toda distinción entre ellos, tanto de oficio como de estado.
 
La iniciativa tomada por la Comisión Coordinadora es un hecho de notables consecuencias. El nuevo capítulo no es importante solo por su contenido. Lo es ya por su título y por el lugar que le ha asignado. Las palabras tienen su valor, su vitalidad propia. La expresión Pueblo de Dios posee tal densidad, que es imposible emplearla para designar la Iglesia, sin que el pensamiento se halle situado en una nueva y vastísima perspectiva. Por otra parte, tanto en filosofía y teología como en crítica literaria, es bien conocida la importancia decisiva del lugar dentro de la estructura. En la suma de Santo Tomás el orden y el lugar son un elemento muy importante de comprensión. En el esquema De Ecclesia se hubiese podido seguir la secuencia: misterio de la Iglesia, jerarquía, Pueblo de Dios. En tal caso se habría desestimado la tercera expresión arriba expresada. Y se habría sugerido que, en la Iglesia, el valor primero es la organización jerárquica. Con la secuencia actual se afirma como valor primario la condición de discípulo, la dignidad inherente a la existencia cristiana como tal y luego, en el interior de esa realidad, una estructura jerárquica de organización social.
 
¿No es ese el camino seguido por el Señor, quien primero reunió discípulos, luego de entre ellos, escogió los doce apóstoles y finalmente hizo a Pedro cabeza del colegio apostólico y de la Iglesia? ¿Y no nos lleva a la misma conclusión el estudio del tema del servicio en el Nuevo Testamento? En el seno de un pueblo caracterizado por el servicio como su forma de existencia, algunos miembros son colocados en una posición de mando, o sea, de responsabilidad en el servicio. Las consecuencias de la decisión de poner el capítulo sobre el Pueblo de Dios en el lugar que ocupa se irán manifestando con el tiempo. Estamos convencidos de que serán considerables.
 
Valores de la Idea de “Pueblo de Dios”
 
Valor histórico-salvífico: Pueblo de Dios sirve para expresar la continuidad entre Israel y la Iglesia. Hace referencia al plan de Dios y, por tanto, a la historia de salvación. De este plan y de esta historia sabemos que se traduce en una intervención histórica, positiva y graciosa de Dios, pero sabemos también que semejante intervención, por singular que sea, afecta a la totalidad de los hombres.
 
Conectando así la Iglesia con el Antiguo Testamento, se le atribuyen ipso facto todos los valores que pertenecen a la noción bíblica de Pueblo de Dios y que determinan el estatuto religioso de este pueblo: 1. La idea de lección y llamamiento, demasiado olvidado en los tratados clásicos De Ecclesia. No se trata de un privilegio. La elección va siempre acompañada de un servicio y de una misión: una persona es elegida y puesta aparte para la realización de un plan de Dios, está por encima de ella. 2. La idea, tan fecunda, de alianza y la del pueblo consagrado, que pertenece a Dios: populus adquisitionis (el pueblo que se reserva para sí). 3. La idea de las promesas, no sólo las de existencia, con la consiguiente tensión hacia el futuro, hacia la escatología.
 
Una de las más importantes recuperaciones de la teología católica contemporánea es la del sentido escatológico, el cual supone un sentido de la historia y del plan de Dios, que lo conduce todo a una consumación. En la presentación de la religión como culto y como conjunto de obligaciones morales, heredada de los clásicos del siglo XVII, se había perdido, al parecer, el sentimiento de que el cristianismo implica una esperanza. Esa religión razonable había permitido que se laicizase la escatología. De hecho, mientras los cristianos descuidaban ese aspecto de su lenguaje, surgían los filósofos de la historia (Vico, Montesquieu), que prepararon las grandes interpretaciones modernas de una historia del mundo sin Dios (Hegel, Marx). Frente a una religión sin mundo, los hombres formulaban el ideal de un mundo sin religión. Ahora estamos saliendo de esa lamentable situación: el Pueblo de Dios vuelve a tomar conciencia de que es el portador de la esperanza de una consumación del mundo en Jesucristo.
 
La idea de Pueblo de Dios introduce, pues, en la consideración de la Iglesia un elemento dinámico. Ese pueblo tiene una vida y se halla en marcha hacia un término fijado por Dios. Elegido, instituido y consagrado por Dios para ser un testigo, el Pueblo de Dios está en medio del mundo y es para el mundo el signo de la salvación ofrecida a todos los hombres.
 
Al situar a la Iglesia en el marco de la historia de la salvación, la idea de Pueblo de Dios permite abordar la difícil e importante cuestión de Israel. La relación del misterio de Israel con el de la Iglesia, cuya comprensión no podemos por menos de buscar, sólo puede considerarse adecuadamente dentro de una perspectiva de historia de la salvación, tanto por lo que se refiere al enraizamiento de la Iglesia en Israel, como por lo que concierne el destino del pueblo judío en el marco de la escatología.
 
Valor antropológico: Al usar la palabra Iglesia nos referimos a menudo a la institución como tal. Antes del Concilio, había textos -incluso catequéticos- que consideraban a la Iglesia independientes de los hombres, hasta el punto de distinguir entre la Iglesia y los hombres casi oponiéndolos, como la institución mediadora y aquellos en cuyo beneficio funciona la institución. Al hablar así, se deja de lado un aspecto esencial: el hecho de que la Iglesia la integran los hombres que se convierten al Evangelio. Es justamente el aspecto en que se fijaban los Padres. El estudio de la patrística nos ha convencido de que uno de los rasgos esenciales de su pensamiento es que la eclesiología incluye una antropología. De ahí que expongan su visión de la Iglesia a propósito de determinados personajes bíblicos (Abraham, Rahad, María…). Ese sentido de eclesiología patrística parece conservarse vivo en el pensamiento ortodoxo. A juzgar por alguna de sus manifestaciones, los ortodoxos reducirían lo esencial de la eclesiología a un capítulo de pneumatología y otro de antropología. Es lo contrario de la eclesiología preconciliar, prácticamente reducida a una teoría, bastante jurídica, de la institución, a una especie de jerarcología.
 
La Iglesia está formada por hombres que se abren al llamamiento de Dios. En la comunidad en la que realiza su propia salvación, el hombre cristiano aporta a todos el beneficio de los dones espirituales que ha recibido. Actualmente se está tomando de nuevo conciencia de la variedad de carismas concedidos a muchos fieles y de la acción saludable ejercida por la comunidad de cristianos.
 
Valor dinámico de historicidad: La liturgia emplea también con frecuencia la expresión tu pueblo en un contexto de penitencia. En estos casos Pueblo de Dios designa la comunidad de los hombres para quienes se pide la ayuda de Dios: ese pueblo es el beneficiario del acto por el que Dios perdona y salva, a menudo con una referencia tipológica a las distintas salvaciones de que fue objeto Israel, comenzando por la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo. Al señalar que la Iglesia está compuesta de hombres en marcha hacia el Reino, la expresión Pueblo de Dios sirve para traducir los valores de la historicidad. Ahí está el lugar donde se sitúa la necesidad permanente de reforma. La Iglesia puede necesitar reforma en alguna de sus partes, al menos si se trata de la existencia y de las formas históricas de la institución. Pero llama la atención que la época de los Padres no conociera el tema medieval y moderno de la reforma de la Iglesia. En ella se hablaba de la reforma del hombre, de acuerdo con la imagen cuya semejanza se ha empeñado en él. Punto de vista, pues, antropológico.
 
Valor funcional: La categoría Pueblo de Dios permite afirmar a la vez la igualdad de todos los fieles en la dignidad de la existencia cristiana y la desigualdad orgánica o funcional de los miembros. Ya en Israel la condición sacerdotal y real de todo el pueblo como tal (véase Ex. 19, 5-6) no impedía, sino que más bien reclamaba la existencia de un sacerdocio instituido para el servicio del culto público.
 
A este respecto la noción de cuerpo prestaría los mismos servicios que la de pueblo, tenemos siempre un conjunto de miembros que viven y actúan, que participan en la vida del cuerpo, y una estructura de funciones, con una cabeza, para asegurar de todo. También en un pueblo, todos los ciudadanos toman parte en la vida de la ciudad y ejercen las actividades específicas de la misma. Es el Pueblo de Dios así estructurado el que tiene la misión y representa en el mundo el signo de la salvación establecido por Dios.
 
Valor Intraeclesial: Tanto el capítulo sobre el Pueblo de Dios como el siguiente, se abordan dos aspectos interesante: el de la comunidad local como asamblea de celebración eucarística y el de las iglesias particulares como representantes, dentro de la Iglesia, de la diversidad de los pueblos y de las culturas. Aspectos que atañen, tanto a la pastoral como al ecumenismo y la misión. Urge elaborar una teología de la comunidad local como realización de la Ecclesia y una teología de las iglesias particulares -por ejemplo, nacionales- en su relación con la catolicidad.
 
En los padres y en la liturgia, populus a menudo la asamblea local. Por su parte, los exegetas interpretan el encabezamiento de las Cartas paulinas –por ejemplo, a los Corintios- en este sentido: “A la Iglesia de Dios -al Pueblo de Dios- en cuanto que existe el Corinto”. Se trata, pues, de un pueblo único, reclutado a través del mundo entero. En cuanto a los pueblos terrestres, que se caracterizan por una manera de ser particular y poseen valores originales de cultura y de humanidad, es evidente que todos tienen cabida en la catolicidad del Pueblo de Dios.
 
Desde el punto de vista pastoral, la idea de Pueblo de Dios se presta a comunicar, en una catequesis realista, el sentido concreto y dinámico de la Iglesia. Se puede mostrar como de entre todos los pueblos de la tierra, Dios reúne un pueblo que es estrictamente suyo: el pueblo de Dios. De entre todos los pueblos, no sólo en el sentido antropológico y casi político de la palabra, sino de un medio de cualquier población o grupo humano. Y reúne un pueblo llamado a dar testimonio de Cristo, un pueblo compuesto de pecadores, pero que hacen penitencia y procuran marchar por un camino de conversión. Este punto lo han olvidado muchas presentaciones clásicas de la Iglesia, por su carácter siempre estático y a menudo jurídico.
 
Valor ecuménico: Es indiscutible el interés ecuménico del tema, sobre todo para el diálogo con los protestantes. Lo que les gusta a éstos en la categoría Pueblo de Dios es principalmente la idea de elección y llamamiento que incluye, con lo que se pone de relieve que todo depende de la iniciativa de Dios. Les gusta también la historicidad con todo lo que ésta encierra de inacabamiento y de tensión escatológica. Y la sensación de unas fronteras menos definidas, ya que se trata de una muchedumbre que Dios mismo reúne para sí.
 
Con una abierta referencia al plural Pueblo de Dios, los protestantes ven con agrado la posibilidad de evitar un doble escollo: el institucionalismo, con el empleo intemperante de las ideas de poder o infalibilidad, y el romanticismo de una concepción biológica de Cuerpo místico, cuya expresión favorita sería la de Encarnación continuada. La idea de Pueblo de Dios permitiría evitar una concepción ontológica de la Iglesia y considerarla simplemente como aquello que Dios reúne con vistas a su reino escatológico: no un cuerpo sustancial con una consistencia definitivamente establecida, sino el resultado de la acción de la gracia, que, si elige, puede siempre también rechazar.
 
El pensamiento protestante no repara -a nuestro juicio- en lo que ha aportado de nuevo y definitivo la Encarnación del Hijo de Dios. Esta insuficiencia de deja ver ya en el plano de la cristología. Tampoco se la da todo su valor a la noción de Cuerpo de Cristo. Se tiende a reducir la Iglesia del Verbo Encarnado a las condiciones del Pueblo de Dios de la antigua alianza. Dentro de la dialéctica entre el ya y el todavía no característica de la Iglesia en su condición itinerante, diríase que el todavía no oscurece la verdad del ya en el pensamiento de los protestantes. Esto nos hace presentir que la idea de Pueblo de Dios, por verdadera y rica que sea, resulta por sí sola, insuficiente para expresar todo el Misterio de la Iglesia presente.
 
 Fr. Yves Congar, OP
 
Publicado en Reflexión y Liberación Nº 88, febrero de 2011

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