El Rescate del Concilio Vaticano II

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El Concilio II duró hasta 1965. Fue un trabajo laborioso en la cual se enfrentaron las diferentes tendencias...(Paul BUCHET).

Los católicos de la tercera edad recordamos que la Iglesia cambió a partir del Concilio Vaticano II. Los jóvenes no se imaginan lo que era una misa en latín de espalda a los fieles, lo que era un catecismo sin abrir el Nuevo Testamento, tampoco pueden recordar  el papel que tuvo la Iglesia católica en Chile en los setenta o ochenta del siglo pasado. Las nuevas generaciones viven intensamente el presente y, por no tener perspectivas históricas,  los problemas actuales de la Iglesia católica les impresionan mayormente. Los mayores deben allanar la brecha generacional aportando a la juventud  las explicaciones de lo que esta pasando en la Iglesia.

 Somos todavía muy religiosos en Chile, 60- 70% son católicos, 30 % son evangélicos y son pocos los que no creen en Dios. Del lado católico, menos del 14 %  practican semanalmente, del lado evangélico, un poco más. Respecto a la calidad de las relaciones interpersonales, curiosamente, se puede aprender  que la desconfianza interpersonal, en Chile, es muy alta comparándola con otros países  pero paradojalmente cuando se evalúa la confianza en las instituciones, la Iglesia católica, en Chile, ha sido tradicionalmente la mejor cotizada (por lo menos hasta hace poco).
 
La secularización que esta imperando particularmente en Europa esta contagiando rápidamente Chile. Los censos y encuestas revelan  una perdida progresiva de la hegemonía católica y una  progresión de la religiosidad “libre” desvinculada de las instituciones. La afiliación a una Iglesia para  la educación particular religiosa o algún rito como el bautismo o el matrimonio engaña.
 
 ¿Qué esta pasando con el Cristianismo? ¿Qué pasa en la Iglesia?
 
Para entenderlo, hace falta volver a recordar  el pasado remoto en el cual la cruz y la espada anduvieron a la par y cuando se dividió la cristiandad. Los unos buscaron su salvación en la justificación por la sola fe confiándose en la letra de la Biblia cuando los otros afirmaron su salvación en los meritos de las prácticas religiosas y la mediación obligatoria de la Institución eclesial.  Para hacer frente a esta situación, con el apoyo del emperador Carlos V los obispos europeos lograron reunirse en 1563 en el  Concilio de Trento para que la Iglesia católica decidiera una fuerte (re)organización y una estricta uniformización. La aplicación de este Concilio fue tan exitosa que los siglos siguientes fueron una época de oro para la Iglesia , esto sirvió particularmente para  colonizar y evangelizar el nuevo continente.
 
Tres siglos después el despertar republicano  no logró mermar el prestigio de la Iglesia que, de nuevo, supo reforzar  su poder afianzando su centralización en torno a la primacía del Papa y a la subsistencia del Estado del Vaticano. El Concilio Vaticano I  en 1869 proclamó la infalibilidad del Papa para contrarrestar las ideas modernistas.
Como prueba de esta grandeza de la Iglesia en el pasado basta recordar que en Europa, el menor pueblo tuvo su párroco y su iglesia y que se pudo enviar  una multitud de misioneros hasta los confines del mundo.
 
Después de la segunda guerra mundial las cosas empezaron a cambiar. Los católicos tomaron consciencia del auge del protestantismo. El cristianismo en general se enfrentó a una modernidad crítica y a una pérdida de la práctica religiosa. En 1959, el Papa Juan XXIII viendo que la Iglesia católica perdía su liderazgo en  la cristiandad y que la modernidad emancipaba una sociedad laica, decidió convocar a todos los obispos del mundo para  el Concilio  Vaticano II .
 
El Concilio duró  hasta 1965. Fue un trabajo laborioso en el cual se enfrentaron las diferentes tendencias. El entusiasmo de los progresistas era de poder “poner al día” la Iglesia (aggiornamiento) frente a las exigencias de una nueva sociedad. Los conservadores estimaron muy peligrosos estos vientos de cambios y consideraron el Concilio un desacierto y hasta una ruptura con la tradición de la Iglesia.
 
El primer documento promulgado, la Constitución sobre la Liturgia trajo unos cambios inmediatos en las prácticas religiosas de la feligresía. Nació la esperanza de cambios más profundos  En el Concilio, siguió la promulgación de un pequeño documento sobre los medios de comunicación social y el Papa  Pablo VI  hizo dos viajes mediáticos para impactar en dos temas importante: el ecumenismo y la relación Iglesia-Mundo. Fue a Tierra Santa (visitando el patriarca Atenagoras) y posteriormente a las Naciones Unidas.
 
Pero la preocupación mayor de la jerarquía  era la adaptación propia de la Iglesia a los tiempos modernos. En esta postura algo narcisista, los obispos  redactaron una constitución dogmática sobre la Iglesia. La llamaron: “Lumen Gentium” (Cristo luz de los pueblos) pero al lugar de reflexionar en el problema del anuncio de Jesucristo se quedaron en  profundizar la justificación institucional  para preparar una reforma interna de ella.
 
Soplando de toda manera el Espíritu Santo, algunos tuvieron la genialidad  de colocar como primera definición de  la Iglesia su calidad de: “Pueblo de Dios” y esto mismo antes de hablar de su jerarquía. Otra genialidad fue hablar de los laicos y de su participación en la Iglesia  antes de hablar de los religiosos.
 
Exceptuando el acento puesto en  la idea de la colegialidad de los obispos, el texto reforzó la estructura orgánica  de la Iglesia y para concluir esta constitución sobre la Iglesia, los Marianistas impusieron  un largo capítulo sobre la Virgen María en el cual se  la proclamó “Madre de la Iglesia”. El Concilio no proclamó ningún dogma pero en todos sus documentos se preocupó de subrayar el rol directivo e interpretativo de la jerarquía y principalmente del Papa.         
 
El otro documento importante esperado para diseñar la relación de la Iglesia con el mundo fue  “Gaudium et spes”. De partida, el texto declara  a los cristianos solidarios de lo positivo y negativo de la sociedad humana, de esta manera la Iglesia aterrizaba su intemporalidad. Se debe recordar que la constitución se redactó en el contexto de la pugna ideológica entre el capitalismo y el socialismo. Por esto, en este documento más pastoral, los obispos buscaron desarrollar  la antropología teológica que ha dominado desde entonces en la doctrina social de la Iglesia. Reafirman el rol tradicional de la familia para la promoción de la vida, abogan por una cultura humanista integral, preconizan un desarrollo económico gestionado con mayor justicia, llaman a los cristianos para una participación política pero sin comprometer a la Iglesia e invitan a todos a la cooperación internacional y a la paz.
 
El texto conciliar no habría llamado mucho la atención si no se habría filtrado entre las líneas,  una nueva manera de interpretar las manifestaciones de Dios en el mundo y la importancia de las mediaciones humanas para la proclamación del evangelio. Antes del Concilio, el Juan Pablo XXIII, en su encíclica “Pacem in terris” había  rescatado la expresión evangélica de la necesidad de tomar en cuenta  los “Signos de los tiempos”. Los Padres conciliares asumieron esta expresión para establecer que  los problemas y cambios de la sociedad deben ser considerados unos  “llamados” especiales de Dios. Esta expresión hizo su camino y muy particularmente en America Latina como lo veremos posteriormente.
 
El Concilio redactó numerosos decretos disciplinarios sobre el desempeño de los obispos, sobre la formación y  la función presbiteral, el apostolado de los laicos, las relaciones ecuménicas…Estos decretos tuvieron la preocupación  de normar la pastoral eclesial para que no haya desbordes, a lo que los conservadores tuvieron especial temor.
 
Para muchos el Concilio logró sumar las tendencias existentes pero no logró una real orientación de reforma eclesial. No supo proyectar el movimiento bíblico para estimular la evangelización por lo tanto bien necesaria, dejó la Jerarquía en su postura autorreferente sin realmente abrirse a una participación laica, a una mayor democracia interna, sin abrirse  a los demás cristianos o creyentes, sin tomar acta de la autonomía de las realidades temporales. El Concilio logró solamente un tono más tolerante y dialogante para la Iglesia tratar de los asuntos temporales.
 
Después de la muerte de Pablo VI,  el mundo católico empezó a vivir una  “involución eclesial inocultable” como la describió Jon Sobrino y la  historia postconciliar de la Iglesia Latino Americana  puede testimoniar de este fenómeno. Tres años después del Concilio, los obispos latinos-americanos organizaron la conferencia o sínodo continental en Medellín. Su hazaña fue de recoger el llamado del Concilio para reconocer los “signos de los tiempos”. Declararon como tales la efervescencia, las ideas y los movimientos de “liberación” de los oprimidos y postergados del continente.
 
La palabra “Liberación” era nueva en teología. Cuando unos cristianos buscan su “Justificación” (por la fe) y que otros buscan su “Santificación”(por los méritos), se abría un nuevo concepto para concebir la Salvación como “Liberación” por la solidaridad con los oprimidos . Se abría las posibilidades de una nueva teología  que prioriza el compromiso social sobre el resguardo de la verdad doctrinal. Nació una nueva manera de leer la Biblia desde los oprimidos, una nueva manera de hacer Iglesia con las comunidades de base y una incitación a los cristianos para tomar partido en política liberadora.
 
En la década que siguió, existió un despertar pastoral sin precedente en la mayor parte de los países. Con grandes figuras de obispos, con teólogos comprometidos, con una pastoral poblacional y rural, con la innovación de la catequesis familiar, con la participación cristiana en la promoción social, en los compromisos políticos…, se proyectaba un futuro promisorio para la Iglesia.  
 
Pero, la efervescencia de la época menospreció  el poder de la administración vaticana, las resistencias de los conservadores para las aplicaciones del Concilio, los temores de disidencias y la ingerencia de los grupos de poderes civiles y militares en la Iglesia. La represión de los cristianos progresistas fue hasta la sangre de obispos, sacerdotes y laicos. 
 
Nueva Evangelización y Opción por los Pobres
 
La elección del Juan Pablo II en 1978 y la interferencia vaticana para la realización de la nueva conferencia  de los obispos en  Puebla frenaron las proyecciones de la teología de la liberación. Por cierto, las  intervenciones reaccionarias no pudieron impedir que se declarara la  “Opción preferencial de la Iglesia para los pobres”. La Iglesia señalaba a los pobres como un llamado especial de Dios. Y en la conferencia Santo Domingo, por el despertar existente de los pueblos originarios, la opción para los pobres se precisó en una mirada pastoral al mundo indígena y a la necesidad de una enculturación para la evangelización.   
 
Transformando así poco a poco la solidaridad con los movimientos de liberación en una pastoral institucional, la Iglesia podía volver a su postura paternalista. Y con una clara represión de los teólogos, con nombramientos de Obispos vaticanistas, con la marginación del clero progresista,  con todo el juego mediático de los viajes del Papa con el regreso a la religiosidad popular, con la institucionalización del laicado activo por la creación del diaconado y los ministerios  se logró refrenar el despertar eclesial postconciliar muy propio de la Iglesia Latino Americana. La Iglesia retomó sus caminos antiguos de endoctrinamiento, de devociones  y de asistencialismo.
 
Sin duda que los criterios de Liberación de Medellín, de Opción por los pobres de Puebla y de Enculturación de Santo Domingo no serán negociables para la próxima conferencia de Aparecida como lo señalaba L. Boff pero el conservatismo tiene la habilidad de recuperar temas y vocabulario a su ventaja.
 
Una nueva temática esta surgiendo que puede ayudar a reponer el anuncio de Jesucristo en el medio de nuestro mundo globalizado. El mismo Papa Juan Pablo II en Haití 1983 se preocupo de la necesidad de  una “Nueva evangelización” y la conferencia de Santo Domingo hizo eco de esta preocupación  para sus orientaciones pastorales. Desde entonces, muchos  hablan de “Nueva Evangelización” pero después de algunos años dándole vuelta en el tema, no parece encontrarse la puesta en marche de  programas adecuados de evangelización.
 
En una consulta reciente a las conferencias episcopales el Papa Benedicto XVI pregunta acerca  de la “infecundidad” de los proyectos de la Nueva Evangelización.  A veces se pensó que faltó celo apostólico, que faltó creatividad, pedagogía, que se necesita un nuevo lenguaje, pero lo que en realidad falta es que se necesitan métodos participativos y solidarios mas que institucionales, se requiere de la libertad y la audacia de los Hijos de Dios más que el repliegue en la seguridad de movimientos espirituales.
 
Los cristianos debemos  solidarizar con los pobres guardando nuestras ideas de convertir a los paganos o de salvar a los pecadores, es la solidaridad con los pobres, los oprimidos, los sufridos de esta tierra que es anuncio del evangelio. Y si queremos seguir las huellas del reino de Dios, debemos escuchar que   en adelante no solamente los pobres están clamando al cielo pero también las aguas, los animales, las flores, la misma tierra están gimiendo como con dolores de parto esperando la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom. 8,22).  
 
Viviendo la decadencia actual de su Iglesia, muchos veteranos del Concilio Vaticano II se encuentran en el camino de Emaús desalentados, desilusionados. ¿Que les está pasando? les pregunta Jesús que no reconocen. Se pararon con aire entristecido. …Eres de los pocos que no sabe las cosas que han pasado estos días? Lucas 24,17ss).
La desilusión y la cruz son elementos constitutivos de la fe y es necesario asumir el fracaso para que se nos vuelva a calentar el corazón para al final del camino  volver  a reconocer a Jesús al compartir el pan.
 
Vivimos una sociedad que endiosa el éxito. En nuestra cultura actual, competimos unos contra otros para ganar, para triunfar. Y nuestra Iglesia católica ha sido triunfante y poderosa forjando toda una civilización cristiana. Su decadencia nos duele. Y nos duele porque no se puede hablar de una crisis pasajera, de un bajón en la historia. Es un cuestionamiento radical, es la Iglesia, es “Dios” que nos duele, “Dios” como nos lo hemos imaginado.
 
Callar el entusiasmo, los ideales de ayer no sirve, al contrario la mejor lección que podemos dar a la juventud  es que es posible volver a calentarse el corazón reabriendo el evangelio para buscarle su aplicación  novedosa en nuestro mundo tan problemático.  Debemos canjear las utopías que se arrastran en el catolicismo (como en todas las religiones) por la verdadera Esperanza.
 
Quien nos puede encaminar hacia el Reino de Dios no es el Vaticano, ni el progreso ficticio de la Economía global, no es el éxito de una Institución, es sencillamente que “los ciegos ven, los cojos andan…y  se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mateo 11,5).
 
Paul Buchet / Temuco, Abril de 2011
 
Publicado en Revista “Reflexión y Liberación” Nº 89, Junio de 2011
 
 
           
 
 

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