“La Iglesia de los Pobres hará del Concilio Vaticano II una Realidad”
Mariano Puga reflexionó en el Coloquio celebrado en la PUC que hemos de "Asumir los riesgos por Jesús y los Pobres...
Abriendo la Universidad Católica a la miseria de la ciudad
“La Catolicidad de una Universidad la juzgan los pobres”
En primer momento les quiero decir que me siento en casa. Estamos este día haciendo memoria, estamos recordando hitos de este camino que hemos hecho y hacemos juntos. Aquí hay testigos de distintos ámbitos sociales y culturales. Hay creyentes y no creyentes. No todo ha sido soñar. Al igual que el Pepe, yo no me siento conferencista esta tarde, me siento como amigo y hermano.
Quiero partir de un hecho: yo fui alumno de arquitectura de esta Universidad en este mismo cuarto piso donde hoy estamos. Estudie aquí entre los años 47 y 51, antes del Concilio Vaticano II. En esa época un grupo de nosotros queríamos abrir la Universidad Católica a la realidad social de ese entonces. Muchos de ellos han partido y otros están vivos entre nosotros. A muchos y muchas los conocemos, algunos están aquí.
Buscamos juntos los basurales de Santiago para proyectar y abrir la Universidad Católica, para que no fuera lo único católico de la universidad la imagen del Sagrado Corazón con los brazos abiertos. Animados por la persona de Jesús queríamos que esta Universidad fuera “¡Buena Nueva para los pobres!”.
Lo que hace a una Universidad católica es que sea Buena Nueva para los pobres, con la seriedad académica que eso supone. Son los pobres los que juzgan la “catolicidad” de una Universidad, si ésta quiere llamarse de discípula o discípulo de Jesús.
Con algunos de ustedes recorrimos todas las escuelas y facultades, invitando que se inscribieran para un trabajo desde sus profesiones en el basural de San Miguel. Voy a contar una anécdota: “Nos mandaron con una estudiante a la Escuela de Ingeniería, no tengo nada con los de ingeniería pero me mandaron allá porque eran un poquito más duros”. Entonces me acuerdo que llegamos a la escuela y golpeamos en todas las puertas, curso por curso para abrir la Universidad a la realidad de miseria de Santiago. Y entonces golpeamos, “disculpe tenemos permiso de don Carlos Casanueva el Rector”. (Don Carlos era un viejo maravilloso… Todos los sábados, el Rector de la Universidad Católica partía con los alumnos a compartir la solidaridad en las barriadas de Santiago, ese era don Carlos que está enterrado aquí, para los que no lo saben).
Bueno, llegamos a ese curso y estaban en prueba. Le digo al profesor; “Venimos con permiso de Don Carlos Casanueva”. Pero el profesor me respondió: “Pero usted comprenderá que ahora no podemos porque estamos en prueba con los alumnos”. Yo tenía 20 años y hoy tengo 80. Esto fue hace 60 años atrás. Luego le respondí al profesor: “Mire, es más importante en una Universidad Católica lo que le pasa a los “cabros” que comen de la basura que botan los camiones al basural que su prueba, así que le guste o no, vamos a invitar a los alumnos a trabajar en el basural de San Miguel”. Gran aplauso de los alumnos y el profesor se quedó callado!
Ese era un momento, como ahora son otros momentos. Lo que determina que una Universidad sea católica es el Evangelio. No son los documentos quienes le dan tal carácter. Son los pobres, los discípulos preferidos de Jesús de Nazaret quienes la aprueban. Entonces, cuando tú – Pedro Pablo - das ese dato que ésta es la Universidad que menos alumnos del mundo obrero y popular tiene, estamos encontrándonos con lo que nos planteaba recién Pepe: ¿Cómo aplica esta Universidad el Concilio Vaticano II, a la luz de las conferencias latinoamericanas de Medellín y Puebla?
¿Qué la hace distinta del resto? No se trata de quitarle su rigurosidad académica. Pero ¿qué pasa con los ex alumnos de esta Universidad? ¿cuántos le han dado a su profesión la dimensión que le daría Jesucristo? ¿cuántos han asumido la esencia política de su fe? La mayoría de los ex alumnos de esta Universidad son constructores de un sistema que ha sido declarado por el propio magisterio de la Iglesia como inhumano. ¿Qué ha pasado aquí? ¿cuántos que pasan por esta Universidad hacen la experiencia de Jesús de Nazaret? Yo cuando ando por las islas de Chiloé o las barriadas de Santiago o por donde sea, la única pregunta que ando haciendo es: ¿qué significa Jesús y su proyecto para ustedes?
Tengo que confesar una cosa, yo empecé a leer la Biblia aquí en la Universidad Católica, porque el presidente del centro de alumnos de ese entonces -que actualmente es monje benedictino - me dijo:“oye…, qué esperas para convertirte”. Me cuestioné y pensé: ¿qué tengo que hacer yo, que era un piadoso católico tradicional, de misa diaria y de comunión? Luego me dijo “¡Lee el evangelio!”… Los que lo conocen es el monje Martín Correa y eso lo aprendí aquí en la Universidad Católica. No me lo enseñaron los profesores, me lo enseñó el presidente del centro de alumnos de arquitectura. Para lo que recuerdan él inició la primera huelga que se hizo -de hecho la única- en esta Universidad Católica.
Todas las tardes nos encontrábamos aquí mismo con varios compañeros a leer el evangelio, entre ellos Ronaldo Muñoz; teólogo de la liberación recién fallecido. No teníamos asesores, nos juntábamos en el pasto a compartir la Biblia, era el tiempo del Padre Hurtado. No necesitábamos curas para leer el evangelio. Estando aquí decidí partir y dejar a la chiquilla con que estaba pololeando, la casa y la arquitectura para irme al Seminario. Ví que había un desafío de Jesús de Nazaret y a nombre de los pobres había que enfrentarlo. No podíamos quedarnos solo con la doctrina de la Iglesia.
Muchas de las críticas que se le hace a la construcción histórica, social, política y económica de Chile nacen de profesionales y dirigentes que pasan por aquí. ¿Cómo vivir como profesionales la experiencia de Jesús y su Reino desde una Universidad que ha contribuido más a producir el antireino que el verdadero reino de Jesucristo? Esa es mi primera interrogante.
Soñando una Iglesia distinta
“Fueron los pobres, los obreros los que alimentaron y dieron sentido a nuestros desafíos y sueños”.
El segundo aspecto que quiero plantear lo señaló Pepe: Esto de una Iglesia que cambió radicalmente el esquema que había traído Roma al Vaticano II, que era “jerarquía de la Iglesia” y “pueblo de Dios”. Los padres conciliares dieron vuelta el esquema y pusieron primero al “pueblo de Dios” y a “la jerarquía” a su servicio. Yo fui formado en el esquema del Vaticano I pero soy de la generación del Vaticano II. Quiero ahondar en lo que planteó Pepe, porque a mi me parece que el futuro de la Iglesia está en su capacidad de servicio a la sociedad, al estilo de Jesús.
Yo entré al Seminario el año en que fueron prohibidos los sacerdotes obreros por Pío XII el año 1953, bastaba que se prohibieran algo para darme cuenta que esa era la forma que había que adoptar para ser cura. Porque está prohibida, eso es lo que tenemos que lograr. Fui 30 años cura obrero, llegamos a ser 11 sacerdotes obreros en Chile, pero cuando me bajé de los andamios a los 73 años, no quedaba ninguno y ya nadie quería serlo. Las casas de formación, los seminarios, no forman para eso, así de simple. Las instituciones que forman al ministerio, a la luz del Vaticano II, finalmente lo hacen con la mentalidad del Vaticano I.
Esa experiencia de 30 años, no me deja más que agradecer al pueblo por lo que me enseñó. La Iglesia de entonces, junto a mis hermanos curas obreros, inspirados en teólogos como el francés Marie-Dominique Chenu, permitieron abrir espacios de ministerios distintos en toda la Iglesia universal. Pero fueron los pobres, los obreros los que alimentaron y dieron sentido a nuestros desafíos y sueños.
Nos tocó una experiencia con José Aldunate en el norte, en Chuquicamata. Buscamos una nueva manera de ver el ministerio de los sacerdotes dentro de la Iglesia. Era una experiencia piloto en la que había que salirse de las estructuras formales de la Iglesia. La experiencia llevaba a replantear la inserción de los ministros como servidores de la comunidad en el pueblo, pero no en cualquier pueblo; en el pueblo pobre. Desde ahí evangelizar a los ricos, y no como lo hacemos ahora: una Iglesia de ricos que desde los ricos evangeliza a los pobres.
En esa época hicimos lo mismo que hicieron muchas hermanas religiosas y sacerdotes, se produjo un importante desplazamiento social, cultural y económico. De ahí en adelante vivíamos del trabajo de nuestras propias manos. Esta experiencia nos tocó profundamente llevándonos incluso a formar un Seminario paralelo en Santiago, que se fue a vivir a pequeñas comunidades junto a las barriadas. ¡Esto hoy día sería impensable!
Esos son algunos de los sueños que se vivieron para buscar un ministerio distinto en la Iglesia. Compartiendo esos sueños había un grupo de obispos del Concilio, que se llamaban “obispos de la Iglesia de los pobres”. Ellos dejaron atrás sus palacios episcopales y toda la historia de su dignidad y poder. Era un episcopado que se habían comprometido a vivir simplemente como hermanos y servidores. Uno de ellos era zapatero en la cuidad de Lyon en Francia, otro en Brasil. Ese movimiento también se dio en la vida religiosa.
Hoy día todo esto le interesa a pocos. En ese entonces era más bien al revés, junto a Pepe y otros, íbamos a plantear las cosas al cardenal Silva Henríquez. El cardenal era muy conservador en materia de las estructuras de la Iglesia. ¡Eramos una Iglesia en búsqueda de formas radicalmente distintas! Porque teníamos obispos como Fernando Ariztía, Carlos González, Enrique Alvear y sobre todo teníamos modelos como Monseñor Romero.
Nuestros seminarios actualmente están en crisis, no sirven para formar estos tipos de servidores de la Comunidad, insertos en su esperanza y sensibles al evangelio de Jesús. Asimismo los obispos de la Iglesia no se preparan para su servicio episcopal. Se piden tres años para los diáconos, siete años para los curas pero ni un solo año para los obispos.
En la Iglesia antigua; “no habían obispos sin la opinión del pueblo” ¿Qué pasa en el catolicismo hoy día? ¿Quiénes de ustedes ha opinado? Bueno, para que hablamos aquí del ministerio para los casados, el ministerio para la mujer. Hay que aprovechar aquí para plantear los grandes desafíos. Respecto de la mujer, somos creados a imagen y semejanza, mujer y hombre; ¿por qué unos sí y otros no? No es cuestión de preguntarle al Espíritu Santo, hay que preguntarle a la cultura machista en que hemos crecido. Jesús vino a liberarnos de estos condicionamientos culturales históricos.
Despertar al laicado del infantilismo y la pasividad
“Si yo tengo la experiencia de haber sido liberado, en la verdad y el amor; soy un hombre o mujer nuevo, renacido, libre (…) con la experiencia que solo Jesucristo da, no me puedo someter a otro que no me está ayudando a ser fiel al Evangelio”.
El otro tema que planteaba el padre José, refiere a ustedes los laicos. En estos 52 años de ministerio me ha tocado trabajar en el mundo del Seminario, en el mundo profesional con la Parroquia Universitaria, 30 años en el mundo popular y ahora en el mundo chilote y en todas parte pregunto ¿y usted que es lo que hace en su casa? Yo soy pescador me responden, profesor universitario, dirigente político… Y en esta Iglesia en que somos un pueblo de hermanos en que cada uno pone al servicio del total, su vocación en seguimiento de Jesús, sus capacidades, ¿qué papel tiene usted dentro de la Iglesia?
“Yo por ser mujer hasta por ahí no más, yo por ser profesional hasta por ahí no más… depende el cura”. No vamos a discutir sobre ese tema, pero una persona que es creyente y que experimenta en su vida la libertad de Jesús, que hace la experiencia de las cualidades que el Espíritu le ha dado para el bien de toda su comunidad, no puede ser tratada como niño chico. Esto quiere decir que esa persona también se deja tratar como niño chico, cuando acepta el autoritarismo del cura. Hay que preguntarle al hermano sacerdote ¿de dónde sacó esa autoridad? Pero tienes que preguntarte a ti también ¿a nombre de quien le obedezco?
Este problema depende de cual es la experiencia que yo tengo de Jesús. Si yo tengo la experiencia de haber sido liberado, en la verdad y el amor; soy un hombre o mujer nuevo, renacido, libreee!!, libreee!!, con la experiencia que solo Jesucristo da, no me puedo someter a otro que me impide ser fiel al Evangelio.
Mis hermanos de la jerarquía son un servicio al pueblo de Dios para ser fieles a Jesús y su evangelio. Cuando abusan de este poder y son autoritarios, tenemos que preguntarnos ¿quién les dio ese poder?
Creo que no se puede seguir caminando sino asumimos realmente el Vaticano II. A mi me da pena y algo de indignación que se hayan ido produciendo en nuestra Iglesia hechos que -igual de graves que los escándalos o las desviaciones de la pedofilia- hayan producido este “infantilismo pasivo” en la Iglesia de Jesús. Cuando esto pasa entre los pobres es muchísimo peor porque hace que el pobre sea doblemente explotado. Por la sociedad en que vive y por la Iglesia.
Ustedes los laicos son los que tienen que convertirnos a nosotros. Los curas no vamos a cambiar, los obispos no van a cambiar, los diáconos no van a cambiar, porque hacemos asamblea entre nosotros y porque nos autorreproducimos.
La Iglesia es esta comunión de hermanos con servicios distintos, si el grupo de los abusados no reacciona vamos a seguir abusando de un poder que no nos viene de Jesús.
Asumir los riesgos por Jesús y los pobres
“A todos nos toca (…) la construcción de una sociedad nueva, fraterna. Estamos acostumbrados a decir esas palabras, pero ¿quien arriesga por hacerla real?”
Estos son los desafíos para ustedes: el principal es la tarea imprescindible de construir un mundo de Buenas Nuevas para los pobres, de politizarse, de enmarcarse, de arriesgar, de indignarse. Jesús dice; “el que no me ama a mí, más que a su esposa, su familia o a su propia vida, no es digno de mi”. A todos nos toca y a ustedes en especial, la construcción de una sociedad nueva, fraterna. Estamos acostumbrados a decir esas palabras, pero ¿quien arriesga por hacerla real?
¡Nunca hubo entre los años 70 al 90, más mártires en la Iglesia de Jesucristo!, Mártires por construir una Iglesia distinta en América latina. Nosotros somos de esa generación. Ha habido más mártires laicos que mártires curas, obispos o religiosas. Nosotros estamos viviendo todavía de esa generación en América latina, pero se produjo eso que Pepe llamó con mucha diplomacia – propia de un Aldunate Lyon – que “el Papa estaba en otra onda”. Quítenle a esa frase toda diplomacia, estamos en una onda de involución.
El teólogo José Comblin hizo una charla en diciembre del año pasado en la Parroquia San Pedro y San Pablo, junto a la tumba del Padre Esteban Gumucio, y dijo ¿con quien se va a construir el Vaticano II, Medellín, Puebla y Aparecida? ¿Con la curia de Roma? ¡No! ¿Con los obispos que fueron formados y optaron por la línea de Juan Pablo II? ¡Tampoco!. ¿Saben quienes la van a construir? - habían allí pobres de diversas comunidades- ustedes los pobres van a hacer el Vaticano II realidad. Después justificó esto y citó a Jesús, en su discurso programático de Nazaret que dice al tomar el libro de Isaías “el espíritu del señor está sobre mi, me ha ungido para traer buena nueva a los pobres”.
Ustedes desde las comunidades de los pobres de esta Iglesia son los que van a ser posible vencer la resistencia al Vaticano II. Ese llamado está pendiente, los pobres de Chile necesitan que todos, en distintos niveles y tareas, nos unamos como cristianos. Jesús y su Evangelio por el Reino y los pobres. Esa es la tarea pendiente de todos los que estamos aquí y ojalá muchísimos más. Jesús y los pobres son los dos polos, no nos confundamos por el camino.
A m é n.
(Agradecemos a Nicolás Viel sscc, la revisión del presente texto).
Coloquio a 50 años del Concilio Vaticano II
Casa Central de la PUC –25 / 5 / 2011.
Publicado en Ed. Especial de revista “Reflexión y Liberación” Nº 90 (Julio 2011)
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