
Con mucha
razón, la Iglesia ha insistido siempre y sigue insistiendo en la importancia de
la familia para la sanidad y bienestar de un pueblo. La psicología y la
sociología confirman esta convicción. El ser humano encuentra su
perfeccionamiento y su felicidad en la unión matrimonial.
De los padres que
constituyen una familia ha de partir el proceso educacional que formará la nueva
generación. La familia es el lugar privilegiado para una pastoral religiosa.
Allí brota y se cultiva el amor y la experiencia del amor lleva a Dios, pues “Dios
es amor” (San Juan). A favor de la familia, la Iglesia cobija diversas
organizaciones y celebra múltiples congresos.
Ahora bien, estamos
en un mundo en rápida evolución. Estos cambios están afectando fundamentalmente
a la familia. Esta se halla diversamente condicionada. Hay una familia
tradicional, bien constituida religiosamente, con numerosos hijos y una madre
que puede consagrarse a su cuidado. Hay también una familia moderna, con uno o
dos hijos y la madre trabajando afuera. Y está también la familia irregularmente
constituida. Entre estos últimos pondría aquellas familias en que los padres no
están unidos por matrimonio válido ni compromiso definitivo. O la formada
exclusivamente por una mujer jefa de hogar. Podría asimilarse la pareja
constituida por homosexuales, tengan o no hijos adoptivos.
Últimamente se ha
advertido una multiplicación extraordinaria de estas uniones irregulares y una
disminución de los matrimonios válidos. Aún entre bautizados, hay una tendencia
a emparejarse dejando de lado el mismo compromiso civil. Así en Chile las
estadísticas han mostrado que ya son más numerosos los hijos que llamamos
“naturales” que los hijos “legítimos”.
Estos cambios y
estas nuevas situaciones tienen sus causas. Me parece que lo importante aquí
sería constatar que estos cambios y estas nuevas situaciones son estructurales y
por tanto estables y aún definitivas. No se pueden echar para atrás sino, a lo
más, parcialmente. Una causa es el trabajo de la mujer que la saca de la casa.
Otra, la misma promoción de la mujer que la hace más independiente y menos
sumisa al hombre. Otra es cultural: un ambiente de cambio e inseguridad que hace
más difícil para los jóvenes tomar decisiones definitivas en la vida. La
prolongación de la vida humana a pasado en ciertas regiones de un promedio de 50
a 70 años. Lo que se ha llamado la “liberación sexual”. La vida
predominantemente ciudadana que hace más difícil tener familias numerosas. Las
exigencias de cuidado y educación imponen también una prole reducida.
Frente a estas
circunstancias, se podrían concebir dos estrategias pastorales. Una sería
exaltar a la familia tradicional como la que refleja mejor el ideal cristiano y
buscar su conservación y reimplementación. La otra sería aceptar los cambios y
la modernización y buscar nuevos caminos para la pastoral de todas las formas
irregulares de familia.
Se dirá que habría
que hacer ambas cosas. Ya que la Iglesia lo ha hecho así. Pero nos parece que
todo el énfasis ha estado en reproducir la familia tradicional. No se ha tomado
en cuenta que las nuevas formas de familia son producto de estructuras estables
y definitivas Estas apreciaciones y prejuicios, los vemos confirmados por las
noticias que nos llegan del V Congreso Católico Mundial sobre la
Familia, realizado hace poco en Valencia, España.
Ya hemos indicado
los cambios estructurales que van marcando nuestra sociedad y cómo han afectado
la estructura y vida de las familias. Ahora queremos especificar algunas
situaciones familiares que piden más urgentemente soluciones de alcance ético y
religioso.
1Está siempre el problema de los “separados y vueltos a
casar” con respecto a su readmisión a la comunión eucarística, problema muy
vigente en tantas iglesias. Se proponen soluciones que no satisfacen. Creo que
se puede ir más a fondo tanto en la reflexión ética como en la práctica
pastoral.
2Los matrimonios que hoy día fracasan. No habrá que
re-examinar el problema de la madurez exigida. ¿No podrá haber una segunda
oportunidad para casados válidamente pero cuya unión se quebró y que se
encuentran, tal vez jóvenes y sin culpa, con sus esperanzas destrozadas?
3El uso de ciertos medios contraceptivos es tal vez la causa
principal del alejamiento de tantos matrimonios de la Iglesia. ¿No se podría
aclarar las exigencias éticas a partir de la realidad vivida hoy por las
parejas?
4¿Puede la Iglesia permanecer pasiva frente a la tremenda
difusión del aborto en ciertos países, en Chile se habla de 200.000 abortos
anuales? ¿No sería preferible que una ley, legalizando el aborto en ciertas
condiciones pudiese regularizarlo, reduciéndolo drásticamente?
5¿No lleva la reciente encíclica de Benedicto XVI a cierta
rehabilitación del “eros” y de la sexualidad, vinculándolos por
cierto al “ágape” y al matrimonio? ¿No habría lugar a cierta
reconsideración de la moral sexual la que hasta ahora enfatiza lo negativo y
pecaminoso?
6.Hay que comprender la revolución que significa la promoción
de la mujer para la estructura de las familias. Hay aquí cambios no reversibles
que establecen nuevos derechos y nuevas obligaciones. Y nuevas relaciones
familiares que conviene aclarar.
7.A los homosexuales y lesbianas ¿no habría que abrirles el
camino a la unión, al encuentro amoroso en el amor y la fidelidad con una
persona evidentemente del mismo sexo? ¿No habrá que conceder a esta unión la
misma dignidad que tiene el matrimonio heterosexual? La adopción de hijos es sin
duda otro asunto que deberá dilucidarse mirando el bien de los menores.
8.Finalmente, la Iglesia deberá abocarse a la tarea de formar
y educar a la juventud para el cambio en las instituciones eclesiales y en el
contorno social. Deberá revisar la catequesis y la preparación de los niños
para acceder a los sacramentos. Deberá atender a la educación sexual tan
importante hoy día. Recordemos nuestro error en no apoyar las Jocas ideadas
precisamente para entregar una educación sexual.
Estos problemas que hemos
enumerado y algunos otros derivan en buena parte de los cambios que ha sufrido
la institución matrimonio y el ambiente social en que vivimos. Afectan a las
familias que se podrían designar como “las que Dios no ha unido”. Pero Dios no
las ha abandonado y no lo podemos hacer nosotros. Jesús buscó preferentemente a
las ovejas perdidas de la casa de Israel. Hay familias tradicionales valiosas
que dan hermoso testimonio y hay que mantenerlos. Pero hoy día muchas son
admirables pero no imitables. Hay que elaborar una pastoral para estas otras
familias modernas y tal vez mal constituidas. La
tarea de la Iglesia es dialogar con el hombre moderno, abocarse a sus problemas
y ayudarlo a avanzar por los caminos que Dios nos tiene trazados.
Revista “Reflexión
y Liberación” Nº 70