
Por: Adolfo Bécar
Con cuatro meses de tardanza, el Vaticano ha entregado a la opinión pública un
documento lamentable: la “notificación” a Jon Sobrino, teólogo jesuita que
acompaña al pueblo de Dios en El Salvador desde hace cuarenta años.
Lamentable por lo que significa
silenciar una voz profética que habla desde los pobres del continente
latinoamericano; lamentable también por marcar con el sambenito de la sospecha
herética a un hombre que ha demostrado su fidelidad al evangelio hasta con
peligro de su vida (Jon Sobrino salvó de ser asesinado cuando mataron a sus
compañeros de comunidad hace pocos años); lamentable, finalmente, por la
oportunidad: el papa Benedicto XVI está ya preparando los discursos y los gestos
simbólicos para su primer viaje a Amerindia: visitará el santuario mariano de
Aparecida, en Brasil, en mayo próximo con ocasión de la V Conferencia de obispos
del continente.
El problema
Los monseñores de Roma le aplicaron la lupa a un par de libros de Jon Sobrino y
les tembló el solideo. No les pareció bien fundada la reflexión teológica hecha
por el autor (sus presupuestos metodológicos) y tuvieron reparos serios en temas
como la divinidad de Jesucristo, su encarnación, la relación entre el Reino de
Dios y el propio Jesucristo, su autoconciencia y el valor redentor de su muerte.
Les pareció que el teólogo jesuita destacaba tanto la humanidad de Jesús que su
divinidad quedaba en cuestionamiento. Esa visión horizontalista de Jesucristo
podría dañar la fe del pueblo y hacerle creer que Jesús era solamente un
“maestro de sabiduría” al estilo de los gurúes del oriente: un hombre sabio y
santo, enseñador de verdades trascendentes. Les pareció que Jon Sobrino dejaba
en la penumbra que Jesús era Hijo de Dios.
La historia
Este tema es un problema antiguo en la iglesia. Casi en los mismos comienzos,
allá desde los años 300 d.JC, ya había cristianos haciéndose mutuas acusaciones
y condenaciones e incluso tirándose piedras y dándose bofetadas por este asunto.
En la comunidad cristiana aparecieron unos “adopcianos” que defendían que Jesús
en cuanto hombre era solamente hijo adptivo de Dios. Por ahí andaban también los
llamados “agnoetes” que decían que Jesús no tenía ni idea de algunas cosas como
el día del juicio final. Unos llamados “socinianos” afirmaban algo parecido.
Arrio y sus seguidores creían que Jesucristo era Dios pero en sentido impropio.
Nestorio, patriarca de Constantinopla, por su parte enseñaba que en Cristo
existían dos personas: una divina (el Hijo de Dios) y otra humana (el hijo de
María) y que estaban unidas con una voluntad común.
Eran tiempos recios en los que la doctrina iba consolidándose. Las autoridades
de los imperios de oriente y de occidente tomaban partido por una u otra teoría.
Los papas de Roma andaban a la caza de herejías para que el rebaño se mantuviera
unido y no se alimentara de pastos envenenados.
Una pelea formidable se dio con dos términos acuñados en el concilio de Nicea:
el “omousios” y el “omoiousios”: discutía si Cristo era “consustancial” a Dios
Padre o era simplemente “semejante en la sustancia”.
Calcedonia
Pero la batalla final se dio en el Concilio de Calcedonia (451 d.C) En esa
época, Eutiques defendía que había dos personas en Cristo, pero su doctrina fue
condenada por el obispo Flaviano en el concilio de Constantinopla el año 448.
Entonces Eutiques acudió al Papa para que dijera una palabra. El papa León envió
una carta explicando el asunto y aprobó la condenación hecha por Flaviano. Al
año siguiente, el emperador Teodosio, partidario de Eutiques llamó a concilio en
Efeso; entonces los obispos partidarios de la teoría de las dos personas en
Cristo, después de amenazar, golpear y enviar al destierro al obispo Flaviano,
lo excomulgaron junto con el papa León. La historia conoce ese hecho como “el
latrocinio de Efeso”.
Interviniendo en el asunto, el papa León llamó a concilio universal en
Calcedonia. Ahí se estableció el documento fundamental de la cristología, el que
orienta el pensamiento cristiano para siempre: “Cristo es verdadero Dios y
verdadero hombre, compuesto de un alma racional y de un cuerpo; consustancial al
Padre, según la divinidad y consustancial a nosotros, según la humanidad. Señor
en dos naturalezas sin confusión, sin cambio, sin división ni separación, y sin
que la unión quite las propiedades y la diferencia de las dos naturalezas. De
este modo no hay en Cristo dos personas, sino una sola y ésta es un solo único
Hijo de Dios…”
Se estableció un dogma de fe y no una teoría científica, ni un dato histórico;
que fuera verificable. Se trata de algo que la cristiandad debió aceptar como
elemento nutriente de su fe.
Pero no por eso la declaración solemne dejó de ser una brasa ardiente para
pensadores, filósofos, teólogos, pastores y pueblo. ¿Cómo se pueden unir esas
dos naturalezas en una sola persona?
Hoy día
Hoy día a nadie en el “pueblo pueblo” de nuestro continente, la iglesia de la
base, la “que cree en Jesucristo y reza en español” (Rubén Darío) tiene la
tentación de ser monofisita, docetista o nestoriano. La declaración de
Calcedonia ha sido aceptada pacíficamente por el pueblo cristiano, porque para
él todos esos conceptos están en chino. No entiende ni necesita entender, porque
su experiencia de fe no se nutre de conceptos abstractos sino de historia, piel
y acontecimientos; es decir, el creyente se basa en el hecho histórico de
Jesucristo, lo reconoce como Hijo de Dios y necesita tenerlo cercano en la vida.
Lo demás queda para los malabaristas de la religión.
Las acusaciones
Pero en el mundo de los teólogos el asunto es diferente. Las definiciones de los
concilios no son puntos de llegada sino más bien puntos de partida para un
ulterior desarrollo desde una base firme. Así lo ha entendido Jon Sobrino: ha
remarcado la condición humana de Jesús porque hay demasiados interesados en
mantenerlo alejado de este mundo.
Las acusaciones que le han hecho desde Roma se centran en cinco puntos ya
señalados en el segundo acápite de este artículo.
En esos temas Roma ha encontrado “imprecisiones y errores…y notables
discrepancias con la fe de la iglesia”. Los “errores” estarían básicamente en
dos de los libros de Sobrino: “Jesucristo liberador” y “La fe en Jesucristo”. Y
como la rutina es la peor carcoma de las buenas intenciones, la curia vaticana
volvió al viejo procedimiento de ocupar la cimitarra, como en los viejos tiempos
en que la doctrina se defendía en base a anatemas: el teólogo jesuita fue
separado de sus cátedras de enseñanza y se le prohíbe publicar sus libros.
La defensa
Jon Sobrino ha respondido. En su defensa señala que el primer libro data de hace
quince años sin que nadie le objetara algo, tuvo la autorización del cardenal
Arns y ha sido traducido a varios idiomas. El segundo libro es de hace siete
años, fue examinado por una docena de expertos en teología dogmática y aprobado
por todos y también está traducido a varias lenguas.
Le parece a Jon Sobrino que se trata de algo más oscuro: de la amenaza proferida
públicamente por el colombiano López Trujillo al ser nombrado cardenal de la
Iglesia: entonces señaló que iba “a terminar con los teólogos de la Liberación:
el peruano Gustavo Gutiérrez, el brasileño Leonardo Boff, el chileno Ronaldo
Muñoz y el vasco Jon Sobrino”.
En su defensa el jesuita hace una larga relación de las persecuciones que ha
debido padecer de parte de los monseñores más arcaicos y retrógrados de la Curia
romana y de las sedes americanas. En particular trata de la crítica realizada
por el entonces Joseph Ratzinger.
En la última parte de su respuesta (a modo de carta dirigida a su superior
general) Jon Sobrino destaca los problemas de fondo: ha debido responder a Roma
por las acusaciones y lo ha hecho explicando su pensamiento, pero todo ha sido
en vano. Confiesa su fe en Cristo como Hijo de Dios hecho hombre porque en él la
“trascendencia” se ha hecho “transdescendencia”. Y por eso su compromiso con los
marginados de este mundo porque a ellos vino Cristo a anunciarles la liberación:
una liberación de las ataduras internas que produce el pecado como negación de
Dios que es bondad, belleza y amor; pero también liberación de las cadenas que
son consecuencia de la negación de Dios y que repercuten en el ser humano y en
la creación entera: la violencia contra los débiles, la prepotencia de los
poderosos, la humillación de las minorías, la hipocresía de una sociedad
machista acaparadora de bienes de consumo, la corrupción de los sinvergüenzas,
el abuso y el mal uso de la creación, las amenazas contra la vida.
Cristo, que se identificó con el Hijo de Dios, tiene un rostro humano y un
cuerpo lacerado. Los Cristos de los altares son de yeso o de madera.
Conclusión
La ola de rechazo que ha producido la notificación de Roma, prohibiendo a
Sobrino enseñar en las universidades católicas y escribir sobre temas de
cristología, ha sido enorme. Se han resentido las comunidades de base, los
teólogos-pastores, los religiosos y laicos que están insertos en la base
popular. En fin, todos aquellos que reconocen en Jon un estímulo para
profundizar su fe en Cristo como liberador de las cadenas: las del cuerpo y las
del corazón. La gente que sigue soñando con el Reino de Dios que es una iglesia
samaritana que se esfuerza por bajar de la cruz a los pueblos martirizados y
anuncia y lucha en esperanza por una sociedad igualitaria.
La reunión de obispos en Aparecida (Brasil) en el próximo mes de mayo, puede ser
la instancia apropiada para decirle al Papa Benedicto que las iglesias de
Amerindia necesitan más del evangelio que se alegra porque “los humillados serán
levantados y los poderosos serán despedidos con las manos vacías”, que de
“notificaciones” que parecen proceder de enconos personales.
La cimitarra, que era el arma preferida por los medievales para cortar cabezas,
no es instrumento litúrgico ni para alabar a Dios ni para dialogar con los
hermanos.