
Por Jaime Escobar
Hace unas semanas se produjo un nuevo aniversario de la partida del inolvidable
Rafael Agustín Gumucio, quién dedico su vida ejemplarmente a la causa de la
democracia y la justicia social.
Rafael Agustín Gumucio, vivió en
medio de una familia en que las conversaciones sobre la política nacional y la
cosa pública era algo normal y rutinario. Por esto, desde muy joven, abrazó el
compromiso político con seriedad y una consecuencia admirable hasta el fin de
sus días.
La línea política de don Rafa muestra una gran continuidad a través del tiempo;
primero en la Juventud Conservadora, luego en la Falange Nacional,
posteriormente junto a otros hombres notables funda la Democracia Cristiana.
Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, fundó primero el MAPU y después la
Izquierda Cristiana, ambos movimientos desprendidos de la D.C.
Lo unió una profunda y sincera amistad con el Presidente Allende. A quién
acompañó lealmente hasta día del golpe militar. Como consecuencia de esta
lealtad y militancia vivió diez años de exilio en Francia. Desde allí luchó,
unitariamente, para que la dictadura de Pinochet cayera lo antes posible.
De regreso en Chile en el año 1983 y, desde su óptica cristiana comprometida con
el cambio social, se integró inmediatamente a la lucha contra la dictadura y
tuvo mucha esperanza en el devenir democrático chileno con la asunción al poder
de los partidos de la Concertación.
Los que tuvimos la suerte de estar con don Rafa hasta el final de sus días,
podemos dar testimonio de la sencillez y bondad que rodeaban todo su quehacer.
También como seguía los acontecimientos políticos de Chile y con particular
interés los de Francia e Italia. Este hombre cabal nunca perdió el rumbo
respecto a lo que era su pensamiento y compromiso esencial: la democracia, el
diálogo y la justicia social. No como slogan, sino cómo una necesaria conducta
para todos y en especial para los que se consagran a la vida política y el
servicio público.
Su estilo de vida fue la austeridad, a pesar de los altos cargos que le tocó
detentar: Regidor, Diputado, Senador, Presidente de la Democracia Cristiana y
altas dirigencias en el MAPU, Izquierda Cristiana como en la propia coalición de
gobierno de Allende, la Unidad Popular. Se comprometía con lealtad cuando veía
que la causa era justa para las mayorías. Nunca persiguió el bien o el lucro
personal. Al contrario, su único bien era su sencillo departamento de la calle
Napoleón en que vivía a gusto y sin ostentaciones, recibiendo a todos sin
distingos.
Don Rafa no cedió en su ideario cristiano de estar junto a los pobres y
excluidos hasta el fin. Así lo demostró en pleno proceso de transición a la
democracia encabezada por la Concertación. Siempre reconoció lo bueno de dicho
proceso, pero políticamente mantuvo una crítica muy severa hacia la sociedad que
le estamos dejando a las nuevas generaciones. Modelo de sociedad impregnada de
una ideología neoliberal que acentúa las diferencias sociales, la exclusión
política y una especie de muerte lenta para muchos.
Por estos días es bueno y preciso recordar a este hombre íntegro que junto a
otros próceres de la vida política chilena, como Bernardo Leighton, Radomiro
Tomic, Jaime Castillo y Salvador Allende, nos han dejado un cúmulo de enseñanzas
en que la lucha por una sociedad justa y buena para todos es posible cuando se
practica la unidad y el compromiso por alcanzar los objetivos del bien común.
Por Jaime Escobar M. El autor es teólogo y Editor de Iglesia de Crónica Digital.
Santiago de Chile, 12 de julio 2007
Crónica Digital