
José Comblin, teólogo belga radicado en Brasil, es uno de los intelectuales más
brillantes, y también de los más conocidos, de aquel movimiento cristiano de
mediados de los años 70, conocido como Teología de la Liberación.
Aprovechando su presencia en Chile con motivo de la
Cumbre por la Amistad e Integración entre los Pueblos Latinoamericanos, era
inevitable consultar su opinión sobre la nueva realidad latinoamericana, que se
abre paso a contrapelo de ambos jinetes. La primera pregunta fue, por lo tanto,
si la Doctrina de la Seguridad Nacional puede considerarse un tema del pasado:
“La Doctrina de la Seguridad Nacional se ha ampliado. El mundo ha cambiado
desde entonces, y en gran parte ya no necesita de una intervención militar. Si
los economistas y los políticos hacen el trabajo, para qué pedir a los
militares que se metan. Entonces, se puede dispensar Incluso con ventaja,
porque dejaron mala fama, y las burguesías quieren poner distancia. Porque todo
lo que quisieron en aquel tiempo con los golpes militares, se los ofrecen los
gobiernos civiles, y mucho más.La economía está abierta, los capitales pueden
hacer lo que quieren, la producción de cada país se establece en función de los
intereses globalizados. Entonces para qué los militares. Incluso en Estados
Unidos, muchos encuentran que lo de Irak fue una equivocación tremenda. Claro,
el gobierno norteamericano se inspira menos en una visión global del conjunto,
que en intereses particulares, como el petróleo, y después se creen los
misioneros que van a anunciar el cristianismo en el mundo entero. Han sido
convertidos a varias denominaciones religiosa y piensan que tienen alma
convirtiendo al Islam”.
- ¿Usted piensa que la irrupción de gobiernos populares en América Latina
obedece al agotamiento del modelo neoliberal? Habida cuenta de esa irrupción
¿cree posible una segunda oleada de regimenes militares?
“No. Lo que se manifiesta ahora es que hay una conciencia que va creciendo en
las grandes masas populares. Eso sucede globalmente, en todos los países. Un
inicio de insurrección de las fuerzas populares. Pero para alcanzar el nivel de
los poderes centrales, todavía hay una distancia, porque aún no está claro si la
política de los nuevos gobiernos revolucionarios, como el de Venezuela, Bolivia
o Ecuador, podrá desarrollar un sistema económico que pueda mantenerse.Todavía
no se ha elaborado un nuevo modelo global, y la alianza entre los grandes
poderes de Estados Unidos, Europa y Japón, sigue firme. Son las mismas fuerzas
financieras que lo gobiernan todo. Pero hay una insurrección de los
pueblos. Esto es nuevo en América Latina, porque todo el mundo social había sido
desintegrado por los militares, como los sindicatos y otros movimientos. Ahora
está reapareciendo a partir de masas populares amplias. No significa tanto
esfuerzo de los sindicatos ni del movimiento social, como de la misma masa
como tal, que busca la manera de encarnarse en algunos mitos, o de algunos
lideres míticos. Hoy los partidos tienen menos importancia que la figura
carismática del líder De los partidos, hoy la gente entiende poco. La
televisión sirve para destacar figuras, no asociaciones o agrupaciones, sino
figuras típicas y representativas. Sin Hugo Chávez, en Venezuela nada podría
suceder, lo mismo que sin Evo Morales en Bolivia. Son figuras que tienen un gran
poder de comunicación y de difusión. En Chile, no se si hay una figura
magnética, de estas características”.
-No, en Chile parece predominar la tradición de partidos y sindicatos…
“Bueno, habrá que ver lo que pasa…
- Aprovecho la ocasión para preguntarle en qué está la teología de la
liberación, que fue fuerte en los años 70 y combatida por el anterior Papa en
los años 80. ¿Cómo son las relaciones con el nuevo Papa?
“Eso es algo que vamos a ver. En la última reunión de los obispos no se habló
del asunto. Ya es algo, porque antes hablaban mal. Hay un cierto equilibrio de
fuerzas que se ha manifestado. El problema es que no se improvisa una clase
intelectual. Con la política de Juan Pablo II, aquellos miembros del clero
que tienen menos de cuarenta años están ajenos a todo lo que es social. Han
recibido una educación sin ninguna iniciación para eso. Entonces habrá que
pensar en la generación de los que ahora tienen veinte años. Al menos hay
señales de que entre ellos hay alguna inquietud que se manifiesta; justamente en
consonancia con la irrupción de fuerzas populares en varios países. Los que
tienen treinta o cuarenta años, ya tienen la mente formada, pero los de 20
todavía están buscando, entonces puede ser que aparezca una nueva generación;
pero por el momento, la teología de la liberación es de los viejos, de los
sesenta hacia arriba, y más bien setenta.O sea, faltó una generación completa,
pero la situación cambia. Bajo los gobiernos militares y las nuevas democracias
neoliberales se organizó un silencio sobre los problemas sociales, y así es
fácil permanecer inconsciente, porque se organiza el silencio. Pero ahora el
silencio es más difícil. Empiezan a aparecer y manifestarse nuevas tendencias,
nuevas fuerzas, y se hace más difícil mantener una ignorancia colectiva de lo
que está pasando en el mundo. Así que tengo esperanza, aunque pienso que a la
juventud no se le da la formación que necesitaría. Pero puede que eso crezca
y se manifieste en unos diez años más de una manera más visible”.
- ¿Y en que está encaminando sus inquietudes intelectuales, después de su libro
sobre el neoliberalismo?
“Estoy trabajando sobre temas que tienen que ver con la espiritualidad. También
a nivel social se descubrió que si no hay fondo un fondo de espiritualidad, la
gente se compromete difícilmente. El Movimiento de Campesinos sin Tierra de
Brasil consolidó su formación con una mística, que reúne católicos,
protestantes, espiritistas, etc., pero con un fondo espiritual común. Eso es
básico, porque la nueva generación ha sido formada por la televisión, que
enseña el valor del dinero. Enseña que hay que comprar, comprar, comprar. Y
para poder comprar, hay que tener dinero. Y para tener plata, hay un solo
medio.O la droga o el robo. A la inversa, para trabajar en el compromiso con la
causa popular durante diez o veinte años, se necesita una fuerza interna
abundante. A eso me he dedicado en los últimos tiempos”.
(Semanario El Siglo, 9 de noviembre 2007, pág. 12, Santiago de Chile)