
Por: P. José Comblin
El amor que se dirige al prójimo y hace que los discípulos se amen los unos a los otros, es el propio amor de Dios. Por eso, él es inmortal y ya constituye en el presente la realidad de la vida eterna
“A
fin de que el amor con que me amaste esté en ellos” (Juan 17,26). El amor del
Padre para con el Hijo está en los discípulos y se manifiesta por el amor al
prójimo. Pues la respuesta al amor del Padre es el amor al Padre, pero el amor
al Padre es, en la realidad, el amor al prójimo. El prójimo es la presencia del
Padre y no tenemos otro medio de amar al Padre. Amar al Padre no se hace por
medio de palabras, por gestos de devoción o por otros actos simbólicos. El amor
al Padre se realiza por medio de actos concretos aquí en esta tierra- actos de
amor al prójimo.
“Para que sean uno, como nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en mí” (Juan 17,
22-23). El amor del Padre tiene su modo de ser entre los seres humanos: el amor
al prójimo, que hace la unidad entre los seres humanos, es exactamente el amor
que hay entre el Padre y el Hijo.
Permanecer en el amor de Jesús es aplicar su mandamiento. Ahora bien, ese
mandamiento es el amor de los seres humanos los unos para con los otros. (Cf.
Juan 15,12). “Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y a él
vendremos y en él estableceremos morada.” (Juan 14,23). ¿Y quién ama a Jesús?
“Quien tiene mis mandamientos y los observa es el que me ama” (Juan 14,21).
Ahora bien, el mandamiento de Jesús es uno solo (cf. Juan 13,34-35; 15,12.17).
El
amor de Dios no es cultual, religioso, sino es la vida común- con todas sus
implicaciones terrestres. En Dios el amor no es cultual: no está en el culto
que el Hijo o el Espíritu Santo prestarían al Padre. El amor entre las personas
divinas- el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo- es el don de la vida, la propia
vida que consiste en dar vida, no es actividad de culto recíproco. Eso ocurre
igualmente con nuestro amor- que es el amor de Dios en nosotros: no es hecho de
símbolos, y sí de don real, de vida real.
Eso
no excluye que haya fenómenos místicos, expresiones místicas de amor a Dios.
Pero el amor de Dios es una realidad que supera toda mística, por más sublime
que sea. El cristianismo transforma las religiones, se expresa con formas
religiosas, pero en sí es una realidad superior a cualquier religión, por ser el
verdadero amor del Padre, y no expresión simbólica de amor. Por el amor a los
hermanos, los discípulos de Jesús participan de la propia vida de las personas
divinas. La religión es un sistema simbólico que puede envolver todos los
pensamientos, todos los sentimientos y toda la psicología humana, pero el amor
no es ese sistema simbólico. En la religión hay muchos elementos que pueden
estar al servicio de la caridad. Pero nadie se salva por haber pertenecido a
alguna religión, sino solamente por el amor que dedicó al prójimo necesitado.
Ultimo Párrafo (15) del Capítulo 3:“El amor”, de la obra: “El Camino”,
“ensayo sobre el seguimiento de Jesús,” del teólogo José Comblin, Paulus 2006,
Sao Paulo.
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