
Los
países ricos han pagado cientos de miles de millones de dólares para rescatar
sus bancos en quiebra y sumas aun mayores han sido dedicadas a tratar de evitar
que la economía real cayera con el sector financiero.
Cuando
ya se lo daba por “políticamente muerto” en vista de las encuestas que señalan a
los conservadores como favoritos en las próximas elecciones, el primer ministro
británico, Gordon Brown, sorprendió a su país y al mundo el sábado 8 de
noviembre al declarar que es necesario un nuevo “contrato social” con el sector
financiero y que “no es aceptable que los beneficios del éxito los cosechen unos
pocos y los costos del fracaso los paguemos todos”.
La forma de solucionar esta situación sería mediante la introducción global de
un impuesto a las transacciones financieras internacionales, al que los
periodistas rebautizaron “tasa Tobin” en referencia al economista James Tobin,
quien había sugerido una idea parecida al presidente estadounidense John Kennedy
en los años sesenta. El anuncio fue hecho por Brown, que es laborista y escocés,
en la apertura de la reunión ministerial del G-20 en la ciudad escocesa de Saint
Andrews y se dice que este viraje en la posición británica contraria
tradicionalmente a impuestos y regulaciones sobre el sector financiero tomó por
sorpresa a todos los presentes, incluso a su propio ministro de Hacienda,
Alistair Darling.
El G-20, que agrupa a los países más poblados y más poderosos económicamente del
mundo, había resuelto en su reunión cumbre de Pittsburgh, en setiembre,
encomendar al Fondo Monetario Internacional (FMI) la preparación de un informe
“sobre la gama de opciones que los países han adoptado o están considerando
sobre cómo puede el sector financiero hacer una contribución justa y sustancial
a pagar los costos asociados a las intervenciones gubernamentales dirigidas a
reparar el sistema bancario”.
Los países ricos han pagado cientos de miles de millones de dólares para
rescatar sus bancos en quiebra y sumas aun mayores han sido dedicadas a tratar
de evitar que la economía real cayera con el sector financiero. Una contribución
“justa y sustancial”, por lo tanto, no es poca plata y muchos de los mandatarios
de países miembros del G-20, incluyendo la cancillera alemana Angela Merkel y el
presidente francés Nicolás Sarkozy, se pronunciaron a favor de la tasa Tobin.
Esta tasa es descrita todavía hoy por Wikipedia, la enciclopedia de Internet,
como “una bandera de los movimientos altermundialistas”. Desde hace varios años,
en efecto, la campaña por la tasa Tobin ha estado encabezada por grupos
radicales como ATTAC y los intelectuales nucleados alrededor de Le Monde
Diplomatique. Que los dirigentes del centro y la derecha la hayan adoptado
refleja, por un lado, la creciente impopularidad de los banqueros, que han
vuelto a cobrar sueldos multimillonarios cuando por su culpa el desempleo llega
a cifras record en Estados Unidos y gran parte de Europa occidental. Por otra
parte, los ministros de Finanzas saben muy bien que tarde o temprano el costo de
los planes de estímulo y rescate debe ser pagado y un impuesto sobre las
actividades de los bancos es mucho menos impopular que cualquier otro.
En realidad, la idea original de Tobin no era la de recaudar dinero, sino de
“agregar arena al engranaje financiero” con una tasa de uno por ciento sobre las
transacciones que desestimularía la especulación, haciendo tan caro cambiar
monedas que tal operación sólo se justificaría con fines comerciales vinculados
a la economía real. El impuesto que ahora se propone y que podría afectar las
transacciones monetarias o todos los servicios financieros sería veinte veces
menor, con una tasa de apenas 0,05 por ciento o menos y su intención no es
frenar ninguna actividad sino generar ingresos para el fisco. Una proporción
importante de estos ingresos -tal vez la mitad- se destinaría al “bien común
global”, como puede ser la lucha contra la pobreza o la mitigación del cambio
climático.
Este tipo de impuestos ya existe con variantes en muchos países, desde el
impuesto a los cheques en Brasil hasta el “timbre” que en el Reino Unido grava
la compraventa de acciones. Se calcula que la tasa de cinco puntos aplicada a
nivel global podría generar 700.000 millones de dólares al año, siete veces más
que el total de la ayuda de los países ricos a los subdesarrollados.
A pesar de la súbita conversión de Gordon Brown, la idea aún enfrenta muchos
escollos. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner, rechazó
la propuesta de inmediato alegando que “un impuesto cotidiano a las
transacciones financieras es algo que no estamos dispuestos a aceptar”. Y, de
inmediato, el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, salió a la
prensa a “explicar” que “la tasa Tobin es una vieja idea que hoy es
impracticable”. Adelantándose al estudio que la institución que dirige debe
entregar en abril, Strauss-Kahn dijo que los bancos deben tener regulación más
estricta y una contribución “no cotidiana” (o sea por una única vez) que permita
financiar futuros rescates bancarios. Cuanto más estricta la regulación menor el
riesgo de nuevas quiebras y, por lo tanto, menos necesario sería el impuesto.
Como buen político que es, Strauss-Kahn le dio la razón a Gordon Brown en que
“no podemos continuar con un sistema en el cual algunos individuos corren
riesgos que finalmente los contribuyentes como usted y yo tenemos que pagar”.
Pero agregó que “la industria financiera ha hecho tales innovaciones que es
probablemente imposible encontrar un impuesto a las transacciones que los
potenciales contribuyentes no puedan eludir. Así que la contribución de los
bancos no será basada en las transacciones sino en otra cosa”.
No es ésta la opinión de su antecesor en el cargo, el actual presidente alemán
Horst Koehler, que adhirió públicamente a la “tasa Tobin” aun antes de que lo
hiciera la cancillera, ni la del propio sector financiero, que ya está
preparándose para lo que parece inevitable. En efecto, el diario The Guardian de
Londres entrevistó el lunes 9 a operadores de la City londinense que aseguran
que un impuesto a las transacciones financieras sería “muy fácil de aplicar”.
De hecho, hace ya dos años que INTL Global Currency, un agente de cambios,
experimentó con éxito durante dos semanas el software necesario para aplicar
esta tasa a sus operaciones y hace dos meses Ethical Currency (moneda ética) se
convirió en el primer agente de cambios de la City londinense en aplicar
voluntariamente este impuesto.
Sin embargo Howard Wheeldon, un analista de BGC Partners, sostiene que para que
sea viable el impuesto tiene que ser global: “Si no lo hacen todos, cobrando la
misma tasa en todas partes, las economías individuales como la británica verían
desaparecer sus mercados si quisieran aplicar este tipo de impuestos por sí
solas”.
La coordinación de políticas es, precisamente, la razón por la cual Gordon Brown
impulsó la creación del G-20. La incógnita es si el líder del laborismo inglés
logrará pasar al presidente de Estados Unidos esta bandera que toma de los
conservadores europeos, que la recogieron de la ultraizquierda, que la adaptó de
un asesor de quien fuera el presidente norteamericano más popular… antes de
Barack Obama.
Roberto Bissio
Red del
Tercer Mundo