|Sábado, Septiembre 21, 2019
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A los 25 años de la ¿muerte? de un profeta 

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“Así pues, Vuestra Santidad, ahora vuestros sacerdotes están muertos y yo sigo vivo. Pero en verdad soy yo quien ha muerto y ellos son los que viven. Porque, como ocurre siempre, el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”.

Me ha venido a la memoria esta frase con la que concluye la película La Misión al ponerme a escribir este post sobre Pedro Arrupe. Porque su espíritu está bien vivo en nuestra memoria. El espíritu de un Profeta en el sentido más hondo de la palabra.

¿Qué sobrevive en mi memoria del espíritu de Pedro Arrupe? Una pregunta abierta a todos los que le conocimos… Mi respuesta:

  • El testimonio de una espiritualidad muy honda, muy auténtica y muy ignaciana. Una espiritualidad fundada en un amor muy personal a Jesucristo; al Cristo pobre, humilde y en cruz de los Ejercicios. Y fundado en ese “sensus Christi” un “sensus hominis” de una enorme profundidad y calidad: un amor entrañable a la persona humana y una sensibilidad atenta, sencilla, acogedora de todas las personas y de cada persona, y de todas las culturas en las que esas personas viven y se expresan.Una espiritualidad que desde Dios mira al mundo en toda su universalidad y con toda cercanía y se compromete con él.
  • Una invitación al permanente discernimiento que es necesario para dar respuestas nuevas a los problemas y desafíos nuevos a los que la evangelización tiene que hacer frente. Un ejemplo de coraje para afrontar los cambios que pide constantementeel :más” del servicio ignaciano, que no se conforma nunca con lo “ya sabido”, “lo de siempre”, la mediocridad. El valor de la sinceridad para sostener las propias convicciones ante las resistencias y contradicciones de unos y de otros, de dentro y de fuera.
  • La llamada exigente y viva a una fe inseparable de la promoción de la justicia.La memoria de ese Arrupe que “reorientó” a la Compañía y la invitó a poner a los pobres en el centro de su corazón y su misión, tarea aún pendiente. Las intuiciones y anticipaciones proféticas como el Servicio Jesuita a Refugiados. El cuestionamiento de una educación que no sea la que promueva personas “para los demás” y de una fe que no sea crítica frente a las lógicas de exclusión de la persona humana.

Sí: el espíritu de Pedro Arrupe sigue bien vivo…

Darío Mollá  –  Barcelona

Cristianismo y Justicia  –  Reflexión y Liberación

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