|Martes, Junio 18, 2019
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La Palabra de los Pobres 

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La palabra de los pobres es, en primer lugar, el clamor que fue descrito en el primer capitulo. Los pobres portadores de esa palabra son todos los pobres del mundo, todas las victimas, todos los marginalizados. El carácter común a todos es su rechazo o marginalización por la sociedad, porque no tienen poder. Si ese clamor no resuena en la Iglesia, ella no es la Iglesia de los pobres.
          ¿Qué impide que esa voz se identifique con la voz de la Iglesia?   En primer lugar el hecho de que los pobres no se integran en las instituciones y organizaciones de la Iglesia. Los pobres quedan fuera, así como quedan fuera de todas las instituciones. Por lo menos, los más pobres. Incluso en América Latina, los más pobres no participan de las Comunidades Eclesiales de Base.   Cualquier participación en cualquier cosa ya supone una cierta capacidad y un poder. De ahí la necesidad constante de abrir el corazón y los oídos a esas masas que son los preferidos de Dios, y, también teóricamente, de la Iglesia. Si la voz de la Iglesia no expresa esa voz de los que están ausentes porque son más pobres que los pobres que ahí están, ella no es más la Iglesia de los pobres.
 
          Ensegundo lugar, aunque los pobres estén presentes, el discurso puede serles tan ajeno que nada tenga que ver con su clamorLa indiferencia de una institución cerrada en sí misma y en sus propias preocupaciones amenaza a la Iglesia, y no queda en el plano de las puras amenazas.
          Si los pobres no están presentes, su existencia permanece ignorada. Los pobres son los que no reciben siquiera la limosna de un recuerdo.   Las clases privilegiadas viven en la ignorancia de las masas que les proporcionan y garantizan los privilegios. No los ven, no los oyen, no los encuentran siquiera en su camino. Hay áreas geográficas reservadas a los pobres y áreas reservadas a los ricos para que éstos puedan vivir tranquilamente, sin tener que recordarse de la existencia de los pobres. La Iglesia no escapa a esa ley sociológica.
          Los pobres que claman a Dios son los pobres según San Lucas.[1] Allí la pobreza es tomada en el sentido negativo. Ella es lo que se debe suprimir, lo contrario del reino de Dios. Pues es opresión, resultado de la injusticia y del pecado. Y evangelio es la buena noticia anunciada a esos pobres. Si la palabra de Dios no tiene por objeto fundamental la liberación de esos pobres, ella se torna idealista, refugiándose en un mundo mítico.
          Hay también los pobres según S. Mateo: los pobres animados por el Espíritu. Esos pobres son lo que el Papa Juan Pablo II llama “la Iglesia de los pobres”. Son los pobres ya reunidos en comunidad, ya liberados por la palabra del evangelio, que ya recibieron la buena nueva y viven de ella[2]. Esos son los portadores de la palabra de Dios en un segundo nivel, no ya del puro clamor y sí de la vivencia. Viven en comunidad, esto es, en un compartir cada vez más intenso y extenso.
          La Biblia es el libro de ese pueblo de los pobres.[3] En ella recibieron los secretos de Dios. Son los evangelizadores. El mensaje de Cristo se difunde, se comunica esencialmente por ellos, tengan o no papel oficialmente reconocido por la Iglesia institucionalizada.
          De ahí el drama cuando los pobres se alejan de la Iglesia: esta pierde  su motor, el factor activo que asegura el crecimiento y la vitalidad. El discurso que multiplica la fe es el discurso modestamente expresado al nivel de los pobres, en el lenguaje de ellos. La Iglesia nunca puede perder de vista esa primacía del discurso de los pobres.
Traducido de “A Forza da Palavra” José Comblin, Ed. Vozes,
Petrópolis, Brasil, 1986 (Cap. I pág. 173 – 174).
 
 


[1]. La referencia es la obra monumental de J. Dupont, Les béatitudes, 3 vol. Gabalda. Paris 1969-1973.
[2]. Cf. G. Gorgulho – A. Fl. Anderson,   A justiça dos pobresMateus, Paulinas, São Paulo, 1981.
[3]. Cf. C. Mesters, Como se hace Teología Bíblica hoy en Brasil, en Estudos Biblicos, Vozes, Petrópolis, n. 1, 1984, p. 7-19.

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