|Miércoles, Diciembre 13, 2017
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Los pobres, comienzo y fin de la historia 

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Desde hace años vengo buscando cuál es la voluntad de Dios sobre mí, sobre la Iglesia, sobre la Misión. He rezado, incluso he llorado. He hecho silencio por largo tiempo hasta enfermarme. He escrutado la Biblia con una lupa, la he devorado. He leído sobre el tema infinidad de libros y garabateado montañas de páginas. Y hasta ahora no he encontrado mejor respuesta que la de Mateo en el capítulo 25 de su evangelio.

También Mateo ha buscado y tanteado. Pero en el momento de terminar su evangelio, todo lo ha clarificado en su luminosa puesta en escena del Juicio Final en que, desde lo alto de las nubes, un Jesús chispeando de luz pronuncia sobre el Universo entero la última palabra de la Revelación y la última palabra de la Historia.

Me parece, en efecto, que en ese simpático espectáculo del fin del mundo en el que hormiguean las cabras y las ovejas, se encuentra condensada por los siglos de los siglos la voluntad de Dios para con los curas, las monjas, los misioneros, los comunistas, los capitalistas y todos los demás productos y subproductos de la especie humana.

Allí no se trata de católicos o de protestantes, de budistas, musulmanes, agnósticos o ateos, ni de neoliberales, ni de marxistas, ni de curas, ni de laicos, ni de clérigos masculinos o femeninos; ni siquiera se menciona a los “pobres de espíritu”, sino simplemente a los pobres.

Sólo los pobres, ignorados de la Historia, despreciados por la mayoría del mundo o simplemente soportados como una malformación congénita del cuerpo social, entran en el Mundo de Dios, o sea el Reino.

Porque los pobres no han salido por casualidad, como una joroba, en el cuerpo de la humanidad; son el producto fríamente buscado y diseñado por un sistema lúcida y cruelmente injusto, edificado, sostenido, alimentado y adorado por todos los centros de poder del mundo, al que, por oportunismo, miedo, complacencia, inconsciencia o simple ignorancia y estupidez, los “buenos” de la tierra no cuestionan nunca, o apenas con la punta de la lengua.

Por eso, entran también en el Mundo de Dios, o sea el Reino, los hombres y mujeres que con los pobres luchan contra la pobreza y sus verdaderas causas. Sólo ellos son los justos, porque sólo ellos viven “ajustándose” a lo de Dios.

He ahí, según el evangelio de Mateo, el juicio definitivo, el veredicto final, la suprema sentencia de la que ninguna autoridad, ni en la Iglesia, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el infierno, tiene el derecho a cambiar una tilde.

Allí está, por ende, el remedio a todos los dolores de cabeza de la Iglesia. Concilios, encíclicas, constituciones, legislación canónica y preocupación moral, proyectos pastorales, ministerios de la mujer, evangelización, misiones, vocaciones, autoridad, obediencia, presencia en el mundo, ecumenismo, diálogo interreligioso, renovación espiritual, salud eterna, todo sale sobrando ante estas palabras supremas del Señor de la Historia:

Tuve hambre y me diste de comer” (Mateo 25,36).

O, parafraseando a Lucas:

Estaba ciego y tú me abriste los ojos; era esclavo, y me has devuelto la libertad (Lucas 4, 18-21).

Esa palabra sencilla y límpida es la espada que separa la luz de las tinieblas; es la Palabra de la nueva y eterna creación. Al menos para los cristianos.

Si estoy equivocado, o si esto suena demasiado simplista, creo que seré el terráqueo más desdichado del planeta. Sólo me quedará recoger mis trastos y, como Jonás, refugiarme a la sombra de algún ricino del desierto y clamar: “¡Mejor es morir que vivir!”… (Jonás 4, 8).

Eloy Roy

Fe Adulta   –   Reflexión y Liberación

 

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