|Viernes, Agosto 14, 2020
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Silencios cómplices que dañan a la Iglesia 

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La opinión pública mundial quedó perpleja cuando el Cardenal George Pell, declaró a la salida del Hotel Quirinale de Roma, que cuenta con el “pleno respaldo del Papa”.

La cuestión de fondo es que el Cardenal Pell está requerido por un tribunal de justicia australiano por ciertas responsabilidades, complicidades u omisiones en una serie de actos de pedofilia cometidos en contra de decenas de jóvenes en distintas diócesis de su país, en especial en la de Ballarat.

En el segundo día de sus declaraciones realizadas vía video conferencia a Australia, no pudo viajar a su tierra natal por “problemas de salud”, reiteró variados conceptos que dejan en cierta duda e incertidumbre si procedió con justicia o temerariamente, tanto por el tono de sus dichos como por omitir hechos en que hay otros obispos involucrados en las famosas acciones de “cambiar de Diócesis” a los abusadores sexuales de jóvenes que aspiraban al sacerdocio.

Curioso por decir lo menos que hoy, el Cardenal Pell, insista en su nula participación encubridora en tales actos criminales y “monstruosos” en palabras del propio Papa Francisco. La Santa Sede no informó en detalle cual fuel el tenor de fondo de la audiencia de este lunes entre Su Santidad y el cuestionado Cardenal australiano. Trascendió, eso sí, que para nada el Papa está tranquilo ante la delicada situación por la que atraviesa su Secretario de Economía, cargo clave en las finanzas vaticanas y en la maquinaria operativa de la Santa Sede.

Observadores competentes de los asuntos vaticanos, ven en esta acción de la justicia australiana que interroga a Pell, una completa contradicción con lo que viene impulsando con fuerza el Vaticano y el propio Papa respecto a la tolerancia cero con los pederastas y también la condena a aquellos obispos que permiten el traslado injustificado de aquellos clérigos que son acusados de abusos sexuales: “ante esto deben renunciar” sentenció Francisco en el avión que lo trajo de vuelta a Roma después de su triunfal peregrinación a México.

Todos reconocen que la máxima jerarquía de la Iglesia, desde Roma y ya en tiempos del Papa Benedicto XVI, han elaborado protocolos y normas drásticas para cualquier asomo de silenciamiento ante hechos comprobados de pederastia cometidos intra ecclesia. Lo mismo vale para estos casi tres años de pontificado del Papa Bergoglio; son incontables los esfuerzos directos del sumo pontífice para evitar y ocultar estos crímenes que dañan a la Iglesia en todo el mundo.

Pero, hemos de decirlo con claridad, hay ya muchos silencios cómplices que, efectivamente, están dañando severamente no solo la credibilidad de la Iglesia, sino que estos actos inaceptables, inciden en el alejamiento de miles de fieles y una drástica disminución en las nuevas vocaciones al sacerdocio. Este drama preocupante lo conocen bien todas las jerarquías romanas y es motivo de permanente seguimiento en todos los dicasterios vaticanos. Es una realidad que mantiene en vilo una serie de nuevos planes de pastoral en el mundo entero.

La opinión pública mundial quiere ver hechos concretos en que se castigue a aquellas jerarquías involucradas de una u otra forma en abusos sexuales ocultos, silenciados o no procesados como indica la recta conciencia o la moral cristiana en la Iglesia. Este delicado asunto se debatió sinceramente y en profundidad cuando presentó su renuncia Benedicto XVI y hay tareas y normas que cumplir emanadas de las reuniones previas en que se eligió al nuevo Papa en marzo de 2013, esto lo saben bien todos los cardenales electores que trabajaron pistas de acción y contención en esta preocupante materia.

También, se debe considerar que estos hechos judiciales abiertos en tantas partes del orbe, son tomados con liviandad por algunos cardenales cuestionados o citados a los tribunales de justicia, tal equivocada actitud, en nada ayudan a los esfuerzos genuinos de Papa Francisco que pide y promueve una reforma -histórica- en la Iglesia Católica que pide cambios en continuidad al Concilio Vaticano II.

Basta observar la conducta y descrédito que cargan, por ejemplo, cardenales comoNorberto Rivera en Ciudad de México y  Francisco Javier Errázuriz en Santiago de Chile. Ambos purpurados, como hoy Pell, no supieron enfrentar y menos encauzar gravísimos actos de abuso sexual clerical en sus respectivos países. Nos referimos al caso Maciel en México y al caso Karadima en Chile. Ambas manchas que tiñen a toda la Iglesia no se despejarán con simples comisiones o palabras rimbombantes; debe prevalecer en toda su intensidad la justicia para con las víctimas y medidas ejemplares para ir cerrando, dolorosamente, ese perverso afán -de cierto clero- de violentar a jóvenes con vocación de servir al prójimo desde el Evangelio de Jesús.

Por lo anterior, y como lo han dicho; Paul Levey, Andrew Collins y Dominic Ridsdal en el Hotel Quirinale de Roma, de poco sirve decir -como sentencia el Cardenal Pell- que se tiene “pleno respaldo del Papa” y no asumir con valentía y verdad responsabilidades mayores o menores, esa actitud responsable sí produciría credibilidad, liberación y Esperanza a tantos abusados en el mundo.

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación” – Chile

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