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Francisco, tres años de papado entre la renovación y las demoras 

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En este 2016 en que cumplirá 80 años de edad, el Papa Francisco celebró el domingo 13 el tercer aniversario de su pontificado. Los elogios predominan netamente: el argentino Jorge Bergoglio sigue su camino hacia una Iglesia “pobre y de los pobres”, cercana a la gente, “en salida” y no ensimismada en su autoreferencialidad, que no condena sino que perdona. Hasta el 20 de noviembre, los 1.300 millones de católicos viven el año Jubilar dedicado a la misericordia, una de las claves del pontificado franciscano. “Es el líder moral del mundo”, se entusiasma su portavoz. “Es revolucionario porque es profético”, agrega el jesuita Antonio Spadaro.

Pero no todos se quedan en el elogio. El teólogo Vito Mancuso, uno de los seguidores del fallecido cardenal Carlo María Martini, padre noble del ala progresista católica, sostiene que Francisco “no está llamado a ser un profeta sino el que debe gobernar a la Iglesia, su primer legislador”.

“La gran popularidad de este Papa, sobre todo en el primer período, podia consentirle opciones de mayor coraje”, agrega Mancuso. El teólogo cree que los gestos tan genuinos “por su energía interior” de Bergoglio, “tienen una radicalidad que no se corresponde con una radicalidad equivalente en el gobierno de la Iglesia”.

Los que sostienen que Francisco representa un cambio de época y no un mero período destacan que hasta los críticos reconocen su atención por los pobres y los “descartados”, el reclamo sin concesiones de justicia social y de critica al capitalismo salvaje.

En el mismo plano sus éxitos notables en el campo diplomático están haciendo época. Como su diagnóstico dramático de que el mundo vive una Tercera Guerra Mundial “a pedazos”, que Bergoglio ahora ve con un creciente riesgo de derivar en un conflicto bélico terrible “porque los pedazos son cada vez más grandes.”

El Papa argentino cree que otro peligro mortífero que afronta el mundo es el desastre ecológico. El año pasado su encíclica “Laudato si” defendió la supervivencia del Creado con una visión progresista de los bienes comunes del planeta: la tierra, el agua, el clima y mucho más.

De los cinco viajes que hizo en este tercer año de pontificado, el que realizó en setiembre de 2015 a Cuba y Estados Unidos fue marcado por el éxito histórico que jugó Jorge Bergoglio en su mediación para lograr la reconciliación entre los dos países, por la que recibió el agradecimiento de los presidentes Barak Obama y Raúl Castro.

También en el diálogo ecuménico el Papa argentino fue adelante con resultados muy importantes. El mayor: el encuentro en febrero con el patriarca ruso ortodoxo Kirill en La Habana y la declaración común. Fue la primera vez desde el cisma de 1054 que los líderes de ambas religiones se encontraban. En Roma el Papa visitó la Gran Sinagoga judía y se apresta a visitar la mezquita musulmana, la más grande de Europa. En octubre viajará a Suecia para rendir homenaje a Martin Lutero, el padre de la reforma protestante.

Hay muchas expectativa porque se anuncia para el sábado 19 la firma de la Exhortación Apostólica con las conclusiones de los dos Sínodos, celebrados en octubre de 2014 y 2015, dedicados a la familia. Ambos representan una de las claves de este pontificado y fueron escenario de enfrentamientos por parte del ala conservadora de la Iglesia, que logró en buena parte neutralizar los vientos reformistas. Se espera que el Papa abrirá con “soluciones caso por caso” el tema más filoso de los Sínodos: el de los católicos vueltos a casar por el civil, que están excluídos de varios sacramentos, como la comunión. En las asambleas sinodales no hubo avances en otros temas centrales, como la mujer, los homosexuales, las uniones libres, la contracepción y la fertilización asistida, en los que prevaleció la posición tradicionalista. El Papa reconoció que el Sínodo “fue fatigoso” pero dijo que “se verán sus frutos”.

El cardenal Bergoglio fue elegido el 13 de marzo de 2013 por sus compañeros del Sacro Colegio con un mandato claro para reorganizar a fondo la Curia Romana y el IOR, el Instituto para las Obras de Religión (“el banco del Papa”), que se había convertido en el escenario de abiertas luchas de facciones internas y en un pozo negro en el manejo de las finanzas vaticanas. El anterior pontífice Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, renunció cuando llegó a la convicción de que no controlaba la situación.

Bergoglio nombró comisiones de reorganización y a un grupo de nueve cardenales, el G9, con la misión de ayudarlo a gobernar la Iglesia y dar vida a las nuevas instituciones sobre las ruinas de la Curia y el IOR.

El teólogo Vito Mancuso sostiene que es en este aspecto central que Francisco debía con un “motu proprio” “dar vida a una limpieza a fondo”. En cambio ha habido nuevas revelaciones y escándalos, por los que son procesados dos personajes nombrados por el Papa en cargos estratégicos, acusados de haber filtrado documentos explosivos a dos periodistas italianos que los publicaron. Todos están procesados en un juicio que se celebra en el Vaticano y que según una parte de la prensa podría terminar con un perdón misericordioso pontificio y por lo tanto no llegar nunca a una sentencia.

“Pero el de Papa Francisco es un pontificado de procesos más que de actos. Y los procesos son lentos y más profundos. No debemos dejarnos engañar por tiempos que pueden aparecer largos. La rapidez con frecuencia provoca superficialidad”, sostiene el director de “La Civiltá Cattolica”, padre Antonio Spadaro.

Una herida que sigue abierta pese a los anuncios de “tolerancia cero” reiterados desde el pontificado de Benedicto XVI es el de la pedofilia, que hunde el prestigio de la Iglesia. No está superada la cultura vigente desde hace siglos de practicar el ocultamiento, el silencio y la impunidad de los culpables de abusos sexuales a chicos y adolescentes.

Francisco denunció como “una lacra” la difusión de la pedofilia entre clérigos y religiosos. Nombró una comisión para la defensa de los menores y la prevención de los abusos, en lo que incluyó a dos abusados sexuales cuando eran chicos. Uno de ellos, el inglés Peter Saunders, fue despedido después que denunció la inoperancia de la comisión, atacó al Papa por inoperancia y a uno de sus más estrechos colaboradores, el cardenal australiano Robert Pell, miembro del grupo de cardenales G9 y “ministro” de Economía del Vaticano, número tres en la jerarquia de la Curia Romana.

Pell tuvo que declarar en videoconferencia desde Roma ante una comisión oficial de su país durante casi 20 horas. Catorce víctimas asistieron en un hotel romano al interrogatorio. El cardenal negó haber cubierto a legendarios pedóficos cuando era primero cura y después obispo en su ciudad natal de Ballarat y en Melbourne, antes de ser promovido a primado de Australia en Sidney. Nadie cree en su inocencia, salvo el Papa que continúa defendiéndolo.

Otras protestas acusaron al Papa de haber mantenido un silencio culpable al no hablar de los muchos casos de pedofilia durante su reciente visita a México. Las víctimas y sus familiares también señalaron el silencio de Francisco frente a 50 mil desaparecidos y al horror del secuestro y posible asesinato de 43 estudiantes secundarios de Ayotzinapa. En México el profeta calló por su condición de jefe de Estado que lo obligó a acordar “el precio del silencio” con las autoridades mexicanas.

El Papa Bergoglio sostiene que la “tolerancia cero” implica la obligación de los obispos de denunciar a la justicia a los curas pedófilos. Pero en la poderosa Iglesia de Italia y la mayoría de las conferencias episcopales nacionales impera la resistencia a hacer intervenir de inmediato a los jueces. Predomina la mentalidad de mantener el secreto “por el bien de la Iglesia”.

Clarín de Buenos Aires

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