|Jueves, Julio 9, 2020
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Un solo corazón, una sola alma, ningún pobre… 

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No se puede confundir la armonía que reina en una comunidad cristiana, fruto del Espíritu Santo, con la «tranquilidad» negociada que a menudo oculta, hipócritamente, conflictos y divisiones internos. Lo afirmó Papa Francisco en la homilía de la Misa matutina en la capilla de la Casa Santa Marta, según indicó la Radio Vaticana. Una comunidad unida en Cristo, afirmó el Pontífice, también es una comunidad valiente.

Un solo corazón, una sola alma, ningún pobre, bienes distribuidos según las necesidades. Hay una palabra que puede resumir los sentimientos y el estilo de vida de la primera comunidad cristiana, según el retrato que de ella hacen los Hechos de los Apóstoles: armonía.

Pero se trata de una palabra cuyo significado hay que comprender bien, afirmó Papa Francisco al principio de su homilía, porque no se trata de una concordia cualquiera, sino de un don del cielo para quienes, como experimentaron los primeros cristianos, han renacido en el Espíritu: «No podemos hacer acuerdos, una cierta paz… la armonía es una gracia interior que solo puede hacer el Espíritu Santo. Y estas comunidades vivían en armonía. Y los signos de la armonía son dos: nadie tiene necesidades, es decir todo era común. ¿En qué sentido? Tenían un solo corazón, una sola alma y nadie consideraba su propiedad lo que le pertenecía, sino que entre ellos todo era común. Ninguno de ellos, efectivamente, era necesitado. La verdadera ‘armonía’ del Espíritu Santo tiene una relación muy fuerte con el dinero: el dinero es el enemigo de la armonía, el dinero es egoísta. Y por ello el signo que da es que todos daban el suyo para que no hubiera necesitados».

El Papa reflexionó sobre este aspecto y retomó el ejemplo virtuoso que ofrece el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, el de Bernabé, que vende su campo y le entrega a los Apóstoles las ganancias. Pero los versículos inmediatamente posteriores, que no están incluidos en la Lectura, también ofrecen otro episodio que es lo contrario del primero: el de Ananías y Safira, una pareja que finge dar lo que ganó por la venta de un terreno, pero en realidad se quedó con una parte de las ganancias (y esta decisión tendrá un fruto muy amargo: la muerte). Dios y el dinero son dos patrones «cuyo servicio es inconciliable», repitió Francisco. Y después aclaró también un equívoco que podría surgir sobre el concepto de «armonía»: no hay que confundirla, afirmó, con la «tranquilidad».

«Una comunidad puede ser muy tranquila —explicó—, ir bien: las cosas van bien… Pero no está en armonía. Una vez escuché a un obispo que dijo una cosa muy sabia: ‘En la diócesis hay tranquilidad. Pero si tú tocas este problema… o este otro… o este, inmediatamente explota una guerra’. Esta sería una armonía negociada, y esta no es la del Espíritu. Es una armonía, digamos, hipócrita, como la de Ananías y Safira, con lo que hicieron».

Francisco concluyó invitando a volver a leer los Hechos de los Apóstoles, que narran la vida en común de los primeros cristianos. «Nos hará bien —dijo— par comprender cómo ofrecer testimonio de la novedad en todos los ámbitos en los que se vive. Sabiendo que, como para la armonía, también para el empeño del anuncio se toma el signo de otro don», la valentía.

«La armonía del Espíritu Santo nos da esta generosidad de no tener nada propio, mientras haya un necesitado. La armonía del Espíritu Santo nos da una segunda actitud: ‘Y los apóstoles daban testimonio de la Resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos’, es decir la valentía. Cuando hay armonía en la Iglesia, en la comunidad, hay valentía: la valentía de dar testimonio del Señor resucitado».

Domenico Agasso  –  Ciudad del Vaticano.

Vatican Insider  –  Reflexión y Liberación

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