|Viernes, Marzo 24, 2017
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¿Es posible remar mar adentro? / Agustín Cabré, cmf 

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La capilla de Los Molinos está levantada frente al mar, a cien metros de la playa y cuando en la liturgia quedan las puertas abiertas la mirada se extiende hasta tocar el punto donde se juntan las aguas y los cielos. Hermoso lugar este punto de la costa valdiviana en el sur de Chile. Aquí es donde se hace visible uno de los slogans que le gustaba crear a Juan Pablo II: “rema mar adentro”.

Visible pero ¿posible? Porque en mi iglesia, para remar mar adentro, hay que soltar amarras, hay que levantar las anclas. Y eso produce desazón y crea temor. Mar adentro hay oleaje, hay marejadas, hay peces extraños y enormes, hay vientos que zarandean. Y es difícil navegar con una embarcación vieja.

Pero hay que levantar al menos cuatro anclas si se quiere vivir con libertad. Un ancla se llama rutina, otra se llama clericalismo, otra se llama obsesión moralista y la cuarta se llama auto referencia.

Si no se abandona el anclaje se continuará una idea de iglesia como una estructura de religiosa que no ha cambiado desde hace cientos de años. Solamente han habido brochazos de alquitrán que disimulan las hendiduras.

La rutina.

La rutina impide navegar. Es un acostumbramiento a lo que “siempre se ha hecho” y “se ha hecho así”. Se repite la misma actividad que ya no compromete un razonamiento sino que se realiza automáticamente.

La misa o eucaristía del día domingo es una de esas rutinas. Es una minoría muy calificada la que participa en ella con sentido de comunidad que se reúne para rememorar y celebrar el paso de Cristo de la muerte a la vida. La mayoría asiste a un rito. No pide ni quiere más. Los templos están construidos para reafirmar esa característica de público que asiste a una función. El clero y un semi-clero que se desplaza junto al altar cumplen su papel y todos contentos. Son actores.

En las capillas de los barrios, las villas y las poblaciones, se puede ver otra distribución que favorece la participación de una comunidad que celebra su fe junto a un animador que preside el encuentro como representante de la iglesia total.

Pero en la mayoría de los templos la rutina sigue siendo un lastre que impide una mayor participación. Algo se ha hecho. Es un avance a paso de tortuga y de tortuga renga. Hay lectores y lectoras de la Palabra (menos del evangelio, que queda reservado el clero, como si las otras lecturas bíblicas fueran tomadas de otro libro extraño). Hay ministros y ministras de comunión, porque, al parecer, a los laicos se les puede entregar las llaves de sagrario, pero no las llaves de las alcancías o de los cepillos.

Pero la rutina impide mayor creatividad. Bien lo saben las capillas y templos en donde algunas damas devotas, sin duda con muy buena voluntad, se apropian de sus espacios y tareas como si fueran herencia familiar. La señora X siempre ha ornamentado los floreros; la señora Y siempre ha atendido las anotaciones para orar por las personas enfermas; la señora Z siempre ha recogido la ofrenda de los fieles.

Abrir boquetes en esos muros enladrillados le ha costado a más de un cura el cambio de parroquia.

Desde luego una realidad así no puede llamar la atención de los que buscan una respuesta trascendente en sus vidas. Con razón los jóvenes y los varones adultos en general prefieren otro tipo de espectáculo más interesante: cuando en la capilla hay cuatro varones, en la cancha de la población o de la villa hay cuatrocientos que vibran con una pelota.

El clericalismo.

Otra ancla que impide la navegación es el evidente clericalismo que persiste en la organización eclesial. Todo depende en última instancia del señor cura. La labor del clérigo es animar, acompañar, atender, servir y distribuir los sacramentos de la iglesia en aquello que le corresponde. No es su tarea la de dominar.

Pero la conciencia religiosa católica está atada aún a un modelo en que nada se hace sin mirar al cura. Algo de esto han asumido también los grupos pentecostales que se ven en las esquinas de las calles: un grupo de personas que bostezan, conversan, hacen oración, cantan y después desfilan por las veredas en buen orden y tras los cuales va siempre un pastor vigilando que nadie se desbande, llevando un amplificador para los sermones. Ese pastor es el dueño del grupo.

En la iglesia católica pareciera que el cura es también el dueño de la comunidad.

La consagración de la persona que se hace en el bautismo al declarar que se pasa a ser sacerdote, profeta y rey, queda en un rito incomprensible. Sacerdote porque el bautizado puede ofrecer, por sí mismo y sin necesitar intermediarios, el culto agradecido a Dios por la vida y sus circunstancias. Profeta porque puede interpretar los signos de los tiempos sin necesidad de que otros piensen y decidan por él. Rey porque queda capacitado para regir el ordenamiento de este mundo según sus propios proyectos y las urgencias sociales.

Pero el bautizado no recuerda ni hace eficaz estas posibilidades. Renuncia de hecho al sacerdocio, al profetismo y a la realeza y se queda esperando que otros hagan lo que debe hacer él.

Obsesión moralista.

Una tercera ancla que estorba la navegación es la obsesión moralista tanto en las explicaciones de doctrina en la catequesis como en las predicaciones del culto, o en los ambientes de la llamada educación escolar confesional.

Pero se trata de un moralismo que se centra solamente en la sexualidad y no en la justicia. No se insiste tanto en que es inmoral un sistema que agranda la brecha entre pobres y ricos, sino en la genitalidad de los encuentros humanos.

Esta obsesión moralista ha sido una característica que ha deformado la conciencia recta del pueblo cristiano. Pareciera que toda la doctrina moral de la cristiandad se limitara a los quehaceres en la cama, sin considerar que la inmoralidad mayor es el abuso de poder, el aprovechamiento de los más débiles.

Son pueblos cristianos los que han abusado por siglos de otros menos armados, menos organizados, menos pudientes: son estados cristianos los que fabrican y venden armas, fomentan la pornografía, consumen las drogas: hemos desacreditado nuestra doctrina con nuestra vida cínica. Este es el escándalo mayor, como asegura el ex jesuita Salvador Freixedo en uno de sus polémicos escritos.

La auto referencia.

Y una cuarta ancla es la auto referencia eclesial. Un seguimiento de las homilías dominicales, de los escritos de catequesis, de los temas de los encuentros pastorales, demostrará que la mayoría se centran en asuntos de religión sin tener en cuenta que Jesús de Nazaret no vino a establecer una religión sino a proclamar un evangelio.

El evangelio viene de Jesucristo. La religión no viene de Jesucristo. La religión necesita soportes organizativos y de estructura y por eso ocupa más espacio.

El evangelio es el mensaje y la persona de Jesús. Mediante él sabemos que Dios busca al ser humano para abrazarlo. En cambio la religión es la ansiedad del ser humano por asirse a una seguridad que no defraude.

La religión es un hecho cultural, en cambio el evangelio es siempre un movimiento que interpela a los seguidores de Jesús y los hace enfrentarse con muchos elementos de la cultura como, por ejemplo, el ejercicio del poder, las leyes sobre la propiedad de los bienes, el uso del dinero, la organización social, las estructuras familiares…

El evangelio debiera ser la fuerza de transformación de la cultura dominante que está marcada por injusticias y violencias.

Pero Jesús se ha convertido más en objeto de culto que en modelo de seguimiento. Y eso es un tranquilizante, no es una energía. Es un reposo, no es un camino que hay que hacer.

El teólogo belga J. Comblin, al que recurro muchas veces porque lo tuve de profesor en la Facultad de Teología de la U.C. de Santiago de Chile y porque coincido con sus apreciaciones, señala:

Hay que partir de una distinción básica

Jesús no ha fundado ninguna religión. No ha fundado ritos; no ha enseñado doctrinas; no ha organizado un sistema de gobierno… nada de eso. Se dedicó a anunciar, promover el reino de Dios. O sea, un cambio radical de toda la humanidad en todos sus aspectos. Un cambio, y un cambio cuyos autores serán los pobres. Se dirige a los pobres pensando que solamente ellos son capaces de actuar con esa sinceridad, con esa autenticidad para promover un mundo nuevo.
Y… ¿La religión? Jesús no ha fundado una religión pero sus discípulos han creado una religión a partir de Él. ¿Por què? Porque la religión es algo indispensable a los seres humanos. No se puede vivir sin religión. Si la religión actual en nuestro medio local se desintegra, ¡hay 38.000 religiones registradas en Estados Unidos! O sea, no faltan religiones, aparecen constantemente. El ser humano no puede vivir sin religión, aunque se aparte de las grandes religiones tradicionales. Entonces, la religión es una creación humana.

Entre la religión cristiana y las demás religiones, la estructura es igual. Es una mitología. Tal como hay una mitología cristiana, hay una mitología hinduista, sintoísta, confucionista… Eso es parte indispensable para la humanidad. O sea, cómo interpretar todo lo incomprensible de la humanidad por la intervención de seres con entidades sobrenaturales, fuera de este mundo, que están dirigiendo esta realidad.
En segundo lugar, una religión son ritos; ritos para apartar las amenazas y para acercarse a los beneficios. Todas las religiones tienen ritos. Y todas tienen gente separada, preparada, para administrar los ritos; para enseñar la mitología. Esto es común a todos. Entonces esto debìa suceder con los cristianos también. Debìa suceder. ¿Cómo podrían vivir sin religión?
¿Cómo empezó  esa religión? Debe haber comenzado cuando Jesús se transformó en objeto de culto. Lo que sucedió bastante temprano, sobre todo entre los discípulos que no lo habían conocido, que no habían vivido con él, que no habían estado cerca. Entonces la generación siguiente o los que vivían más distantes, más lejos, entonces para ellos Jesús se transformó en objeto de culto. Con eso… se des-humanizó progresivamente. El culto de Jesús va remplazando el seguimiento de Jesús. Jesús nunca había pedido a los discípulos un acto de culto; nunca había pedido que le ofrecieran un rito… nunca. Pero sí quería el seguimiento, su seguimiento.

El evangelio se vive en la vida concreta, material, social. La religión vive en un mundo simbólico: todo es simbólico – doctrina, ritos, sacerdotes… todos son entidades simbólicas. Que no entran en la realidad material. El evangelio es universal, porque no trae ninguna cultura y no está asociado a ninguna cultura, a ninguna religión. Las religiones están siempre asociadas a una cultura. Por ejemplo, la religión católica actual está ligada a la subcultura clerical romana que la modernidad ha marginalizado, que está en plena decadencia porque sus miembros no quisieron entrar en la cultura moderna. El evangelio es renuncia al poder y a todos los poderes que existen en la sociedad. La religión busca el poder y el apoyo del poder en todas las formas.

Por esto debe preocuparnos más el hecho de la tranquilidad que da la alianza con los poderes que la incertidumbre en la búsqueda de senderos para abrirse paso al futuro.

Hace poco tiempo, en la liturgia de la pascua de pentecostés, se leyó en una de las lecturas que los apóstoles de Jesús salieron a anunciar la resurrección y fueron tomados prisioneros y castigados por las autoridades. Hoy día, nadie que salga a la calle a gritar su alegría por esto será encarcelado. A lo más irá a parar a un manicomio. Jesús, el Cristo, al dejar de ser sorpresa inaudita, pasó de ser evangelio (“buena noticia”) a ser un dato de religión.

Hemos tratado someramente de las anclas que impiden la libertad para moverse sobre las aguas turbulentas de nuestra sociedad. Habría otras, pero quedemos con las están descritas. Son lo suficientemente pesadas para mantener la barca junto a los muelles de protección.

Eso de “remar mar adentro” se nos ha quedado como un lindo slogan.

Agustín Cabré, CMF

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