|Miércoles, Mayo 22, 2019
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Sin Dios y sin amo / Paul Buchet 

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Es un viejo lema anarquista  que el vandalismo reciente en la última marcha de los estudiantes nos recuerda porque  el gesto de esos quince jóvenes  que sacaron  la cruz  de la iglesia de la Gratitud Nacional y que la quebraron en la calle fue simbólico. Fue un acto típicamente anarquista.  Para muchos cristianos, este gesto fue especialmente blasfematorio, mucho más todavía que los incendios de iglesias o seminario de la Araucanía. No estamos frente al mismo anarquismo de la revolución francesa que decapitó muchas estatuas de santos en los pórticos de las catedrales pero es un anarquismo parecido que resurge  en  todos los tiempos de crisis profunda. El anarquismo es  de alguna manera el termómetro de la sociedad que indica un estado de gravedad.

Los anarquistas no forman partido político, no tienen líderes definidos, no es un modo de pensar sino un modo de vivir la dominación que se sufre en la sociedad. La vida para un anarquista  es un  terreno de ensayos de la verdadera libertad. Viven en la camaradería de grupos más o menos comunitarios  realizando actos de  emancipación personal y grupal atacando alguno de los cuatro pilares de la dominación social: el patriarcado, el Estado, el capitalismo y la Religión.

En Chile esta tendencia tomó fuerza en la década del noventa del siglo pasado. El capitalismo está poniendo su cara más fea y su incapacidad de solucionar los problemas, el comunismo, él  flaqueó, los socialistas se dividen, las doctrinas sociales cristianas se envejecieron… y por esto empezaron las manifestaciones: la revolución pingüina, los aniversarios cada año  del día del joven combatiente, los Okupas, los incendios  de capillas en el sur…

Los grupos anarquistas que se crean no tienen para qué resucitar los escritos de Bakunin, su precursor del 1873 , no esperaron tampoco  que se traduzcan “Las razones para la anarquía” de Noam Chomsky porque  desde dos décadas, se difunden más de 200 libros latino-americanos  en sus sitios web,  libros que cualquier puede bajar gratuitamente por internet.

La desinformación de esta tendencia hipercrítica de la sociedad en los medios de comunicación o en las explicaciones oficiales frentes a todos  los desvanes que producen esos grupos  es inexplicable.  El gran público necesita saber de esta realidad que se ve hipócritamente confundida con la delincuencia que existe por problema de la desocupación juvenil y del consumo de la droga. Los anarquistas se ponen los mismos pasamontañas que los asaltadores y en esta colusión desfigura su causa que, ella, merece un estudio particular.

Dejemos por el momento el anarquismo que encontró desarrollarse en  la causa mapuche, el comercio educacional,  los atentados contra las forestales, las pesqueras, los bancos… Reflexionemos como cristianos a este acto particular de destrucción de la imagen del crucificado de la Iglesia de la Gratitud Nacional.

Algunos dirigentes de la marcha de los estudiantes a quienes se les reprochó  este acto quisieron  atenuar el hecho recalcando que fue sólo una imagen de yeso que se destruyó. En realidad es  más que vandalismo gratuito, fue un  acto simbólico: sacar la imagen del templo y destruirla  en una  lucha callejera frente a todos los fotógrafos. Fue un acto anarquista. Quisieron emprenderse con la religión y especialmente con el símbolo específico del Cristianismo: el crucificado. Se levantan contra  la idea de  un Dios dominante que infantiliza los creyentes.  Los anarquistas  quieren que los hombres se emancipen, se liberan de ese Dios. En realidad no creen en Dios y lo que quieren es derrocar los poderes religiosos, principalmente las instituciones que sustentan  esos amos y señores.

Que nadie se escandalice por este acto iconoclasta, nadie puede matar de nuevo a Dios, Dios mismo ha pasado por esto una vez por todas y la imagen del crucificado nos lo recuerda.

Una ceremonia de desagravio no será lo que más corresponda después de este vandalismo. Dios, Él,  no está “ofendido”  No defendamos de esta manera el prestigio de la Institución católica creyendo que así defendemos a Dios.

Como cristianos, debemos entender, más que cualquier otro, las aspiraciones libertarias de estos conciudadanos nuestros anarquistas. Nos hablan de la emancipación de los hombres, de vivir en Libertad sin tener quien mande. Ellos como muchos otros nos hablaron  de la libertad como si fuera lo máximo para el ser humano. Nos hablaron, unos. de libre mercado, del  libre emprendimiento,  de la libertad de enseñanza, otros, del trabajo, de la libertad de expresión , libertad de manifestar,  de libertad  para los presos políticos, libertad religiosa…  “¡O Libertad!, ¿Cuantos crímenes se cometieron en tu  nombre?”

Para un cristiano, la libertad, no es lo más importante. San Pablo que sabía celebrar la libertad de los hijos de Dios  decía también: “Existe un camino más excelente…Si yo no tengo Amor nada me sirve” (ICor 13). Y San Agustín decía: “Ama y haz lo que quieres”. La verdadera libertad está en amar a Dios y al prójimo.

Tenemos tan difícil de asimilar estas enseñanzas. Muchos cristianos deben reconocer que llegaron a odiar  esos jóvenes por lo que hicieron. Allí está la falla. Esos jóvenes, los anarquistas, los terroristas, los delincuentes, los drogadictos son nuestros hermanos. ¿Cómo perder nuestros resentimientos en su contra? ¿Cómo amarlos, ¿cómo llevarles a una vida parecida a la nuestra? ¿Estamos dispuestos a suprimir las desigualdades hirientes de  nuestra sociedad? Podemos  llegar a una solidaridad  social  verdadera?  Estamos dispuestos a darle la oportunidad de hacer su vida con creatividad, lejos del dominio aplastante de los ricos, de los supermercados, de la cultura comercial, de la naturaleza arruinada,  de los políticos vitalicios, de los obispos impuestos. Los pedazos de yeso del crucifijo, poco importan cuando son esos jóvenes los crucificados hoy día.  No  basta algunas sanciones judiciales ni tampoco las  benevolencias individuales, se requieren muchos profundos cambios sociales y culturales.…

A propósito, ¿Participaron del proceso de encuentros locales para una nueva Constitución?

¿No tienen algún familiar, algún  vecino odiado con quien tendrían que reconciliarse? Así se empieza  la revolución del amor.

Esos cabros anarquistas nos quebraron una imagen de yeso pero esto nos puede ayudar a controlar la brújula de nuestra fe en Dios.

Paul Buchet

 

 

 

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