|Martes, Marzo 19, 2019
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Terrorismo globalizado / Paul Buchet 

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¿Quién puede vivir con el terror?

 Dicen que en Israel y en Palestina se acostumbraron a las bombas y los atentados. Algunos sociólogos aconsejan  prepararse a convivir con el miedo porque  atentados,  asaltos,  hechos de violencia siempre habrá. No se puede lograr una seguridad 100%.  Los noticieros no paran de mostrarnos los horrores  de las guerras del Medio Oriente y de todos los conflictos en el mundo. Desde el atentado a los torres gemelas de Nueva York  hasta, recién, le camión que mató 84 personas en el balneario de Niza en Francia o este joven que mató a diez otros jóvenes como él en Múnich, nos sentimos particularmente amenazados. El terror no es una emoción nueva porque, en realidad, estos dramas  recientes reactualizan el temor latente  que la gente de edad particularmente  tiene por sus recuerdos de la bomba  atómica de Hiroshima, de los campos de concentración nazi y los genocidios de Ruanda….Los que conocen la historia de la humanidad saben que el  mito bíblico de Caín y Abel es vigente en todas las épocas. 

Pero el terror entre nuestros contemporáneos tiene una resonancia particular. Es  sobretodo incomprensible cuando se ve  alimentado por la morbosidad de reportajes dramáticos  y por las películas de terror (que algunos disfrutan) como si quisiéramos realmente acostumbrarnos a lo terrorífico o desvirtuarlo.

Por la magnitud de los últimos acontecimientos internacionales, podríamos olvidar que en Chile, también, este miedo al terrorismo resurgió de algunos hechos de violencia ocurridos en la Araucanía. En 1984, el mismo Pinochet que había paradojamente fomentado el terrorismo del régimen militar, promulgó la ley antiterrorista. Esta ley se discute hasta en nuestros días. La multiplicación de violencias familiares, asaltos y delincuencias de todo tipo acentúa el terror que contagia a todos por  los medias.

No conviene incentivar las angustias pero es bueno  hablar de esos miedos nuestros; los mismos psicoanalistas lo aconsejan. Los atentados que provocan víctimas inocentes nos interpelan. No podemos callarnos pero ¿Qué diremos de estos acontecimientos?

Los cristianos no aceptamos la fatalidad menos todavía  la falacia de una perversidad divina que mandaría pruebas o castigos aleatoriamente a los hombres. Estamos desafiados a contestar a la difícil pregunta de la existencia del mal. ¿Por qué y cómo ocurren esos dramas humanos?

Los psicólogos  pueden ayudar a vivir el horror y el terror. Su consejo es de no dejar paralizarse y reaccionar luego buscando  la acción como antídoto: hay que escapar,  hablar, ayudar…  Hay locos con traumatismos peligrosos, también personas que tienen pánico enfermizo y ambos requieren atención médica. Nos señalan también que en los miedos  se expresa nuestro “ser niño” y que, frente al terror, nuestro “ser adulto” debe tomar la delantera. Todos estos consejos sirven pero no explican los “porque” y “cómo”.

Uno se puede remitir a las explicaciones de los medios de comunicaciones sociales pero hay que saber  que estos  juegan fácilmente con las emociones de  público para captar audiencia. En cuanto a las redes sociales, uno se puede encontrar a veces con muy buenas reflexiones  pero eso, también, entre una multitud de reacciones anímicas con críticas libertinas.

Para entender los hechos de violencia, es útil  advertir cómo reaccionan las autoridades que tienen a su cargo el orden público y la paz ciudadana, también lo que dicen los personajes importantes. Muchas manifiestan dignamente su solidaridad con las familias de las víctimas. Tratan de informar responsablemente  a las poblaciones explicando  el actuar de  los servicios de policía y de investigación, los socorros, la necesidad de los estados de excepción. También llaman a mantenerse unidos sin perder los valores  humanos y democráticos.

Los obispos franceses expresaron, ellos,  su solidaridad con las familias de las víctimas.  Les aseguraron sus oraciones. Reunieron a la gente para celebrar misas para las víctimas y sus familiares.  Predicaron  de no dejarse llevar por el odio, denunciaron el profundo vacío espiritual y moral de la sociedad y  aclararon  que los atentados no tienen nada que ver con la religión y que el diálogo interreligioso debe profundizarse. Las autoridades protestantes  promovieron  también oraciones para las familias de las víctimas. Invitaron a sostener a  las autoridades.  Predicaron la fraternidad y la esperanza y no dejarse ganar por las fuerzas del Mal. Actualizaron especialmente  el salmo 23  “El Señor es mi pastor…aún que pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo…”

En Chile, se esperaría que los obispos asumieran  una postura más decidida para hablar del traumatismo del miedo colectivo que crece en  la población.  Chile puede no ser el blanco del terrorismo  islámico  pero se contagia de alguna manera con el terror que provocan las situaciones internacionales de violencia. La angustia y el miedo constituyen una verdadera pandemia global.

Más allá de todo lo que podemos escuchar, debemos como ser humano buscarle y darle sentido a estos hechos. Y como laicos cristianos, con mayor razón, debemos  testimoniar lo que nos dice nuestra fe de todo lo que ocurre.

Para aportar a esta reflexión personal  y mejor todavía para reflexionar en grupo se propone algunos elementos.

Estamos frente a un terrorismo “islámico”, vale decir que tiene  para sus autores una  motivación religiosa. Antes de acusarlos por esto, vale la pena  recordar los tiempos  de la Inquisición y de las guerras de religiones entre cristianos. Nuestras intolerancias, nuestro desconocimiento, nuestra pasividad ecuménica nos deben hacer… responsables.

Las mayorías de los  terrorismos de la historia surgieron de conflictos sociales (El régimen del Terror de 1783 en Francia, Lenin, Stalin, Mao, Camboya, Brigadas Rojas en Italia,  Palestina- Israel, Farc en Colombia, Afganistán…) El terrorismo ha sido financiado mayormente  por poderes económicos,  el petróleo,  la droga, los secuestros, … El mercado de las armas funciona bien y los ejércitos  gastan sumas siderales en el mundo. Las delincuencias locales y las violencias callejeras, también  tienen sus raíces en las desigualdades económicas, en la droga, en nuestra sociedad de consumo…

Para nuestra manera de vivir, nuestras maneras de pensar y nuestras opiniones políticas debemos tomar en cuenta lo que ocasiona la escalada de la violencia de nuestros tiempos. Hay mucho que hacer para la convivencia mundial, para la paz en la tierra, para la justicia social, para la solidaridad.…

Si somos cristianos es porque  tenemos una comprensión mayor de  la existencia del mal. Tenemos mayores motivaciones no solamente para rogar ser liberado del mal pero también para  esperar vencer el Mal por el Bien con la fuerza que nos da nuestro Salvador.

Abriendo la Biblia tenemos todos los testimonios del pueblo que descubrió al poder de  Dios en las situaciones más dramáticas por las que pasó. Vale la pena, por ejemplo leer las predicas del profeta Jeremías, sus lamentaciones y consolaciones cuando el pueblo fue deportado a Babilonia. Los salmos son también impresionantes por su manera de recuperarse en la confianza en Dios para una esperanza  siempre renovada.

En el Nuevo Testamento, no debemos olvidar que en el tiempo de Jesús las poblaciones vivían en el terrorismo de la monarquía judía y del yugo del imperio romano. Existía una represión violenta de los  grupos religiosos revolucionarios  como “los zelotes”. Los evangelios recuerdan la masacre de los inocentes de Herodes, las crucifixiones que aplicaban de los romanos,  la misma destrucción del Templo que profetizó Jesús, las persecuciones de los primeros cristianos en el Imperio…) Nos ayuda escuchar lo que nos testimonian los apóstoles de Jesús en medio de esa época de terror.

La impresión generalizada era que, por toda esta violencia, se llegaba al fin de  los tiempos. Jesús mismo predicó en este sentido para llamar a todos a un cambio radical de vida y para preparar sus apóstoles a los eventos dramáticos que se preparaban (la destrucción del templo y la dispersión de los judíos).  Ya anteriormente los profetas habían utilizado  los estilos “escatológicos” (hablar del fin del mundo)  y “apocalíptico” (un  final dramático) en sus predicaciones. El mismo Nuevo testamento concluye con un  libro llamado “el Apocalipsis”  que podríamos describir como  un libro de “ciencia ficción” nosotros que estamos acostumbrados a las  películas que se proyectan en un futuro fantasmagórico.  Los primeros cristianos fueron perseguidos durante  los primeros siglos de nuestra era y el apóstol escogió imágenes impresionantes para hacerles vivir con coraje los terrores de la represión que enfrentaban.  Imaginando los horrores  de la crisis de un final de los tiempos, les lleva a través de muchos episodios dramáticos y simbólicos  a imaginar la victoria y el triunfo de Cristo que viene a establecer su Reino. La imagen final de esta asamblea triunfal es sin duda  la que nos lleva a decir, nosotros también, en medio de nuestro mundo convulsionado: “Marana tha”  Ven Señor Jesús.

Paul Buchet

Consejo editorial revista “Reflexión y Liberación” – Chile.

 

 

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