|Martes, Junio 18, 2019
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“Marchas por la Vida” / Paul Buchet 

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Recientemente se realizó en Temuco una Marcha por la Vida. Esta manifestación que dio para  un reportaje de un cuarto de página en el diario local  relata la participación de 1000 -1500 participantes. Sumando la participación en otras ciudades se habla hasta de 5000 manifestante. La idea de una marcha por la vida no es la idea original del Obispo de Temuco. Este tipo de manifestación pública se viene realizando desde 10 años en Colombia  con centenares de miles de participantes. En USA, España, Perú, Argentina… se celebraron unas marchas parecidas. En todas partes los protagonistas  de estas manifestaciones son las autoridades eclesiásticas del lugar.

En Chile estamos acostumbrados a las manifestaciones por todo tipo de reivindicaciones. Unas son movilizaciones por problemas sociales puntuales, otras son inducidas por gremios o políticas. Lo particular de la “marcha (o misión) por la vida”  es que corresponde a una estrategia pastoral de algunos obispos y, por esto, merece una reflexión especial.

La primera reflexión que se puede abrir es acerca de la importancia de la problemática. Las estimaciones de cantidades de abortos al año son 50 millones de abortos en países subdesarrollados contra 6,7 millones en países desarrollados. En Chile  los abortos (todos clandestinos) se cifran entre 150.000 y 200.000 abortos  al año.  Se calcula que  el 95% son realizados en condiciones de inseguridad para la vida de las madres siendo todavía en muchos países de la región, los abortos, una de las primeras causas de muertes de las madres.

La cantidad de abortos es una aberración humana sobre todo si uno considera que en los últimos 80 años, la ciencia y la sociedad han hecho mucho camino en cuanto a la regulación de los nacimientos.  Todos los países del mundo han logrado un control de la natalidad para salvar a la humanidad de una proliferación catastrófica. En esta situación  de control posible, las cifras de abortos  escandalizan mucho  a los que valoran los inicios de la vida humana. Se olvidan del pasado con su número de fetos perdidos, de muertes al nacer, de mujeres muertas en el parto…Se olvidan de cuantas familias numerosas en la miseria, del machismo con su derecho al cuerpo de su mujer…

El cambio cultural que significó la paternidad responsable  respecto a la generación natural del pasado no se ha suficientemente estimado en su justa proporción. La libertad (y responsabilidad) de procrear es un “plus” para la dignidad del ser humano. Pero el ejercicio de esta emancipación del  hombre  plantea también unos enormes desafíos que no siempre se dimensionan.

Que se mantengan cifras aberrantes de abortos un país como Chile, un país que pretende llegar a ser un país desarrollado es preocupante. Si uno recuerda que los indicios de fecundidad  son de 1.76%, que eso significa una merma de nacimientos  y un envejecimiento progresivo de población chilena (que sola una fuerte inmigración joven podría redimir). Si uno añade a esto que los hijos nacidos fuera de toda  libreta matrimonial supera en Chile  el 60 % y que  el 15% de todos los nacidos en el año nacen de madres adolescentes. Que solo un 16% de las adolescentes tiene un seguido de salud  en materia ginecológica…

Se podría añadir también  las estadísticas respecto a la emancipación femenina que lleva las mujeres a trabajar  ya sea por realización personal o necesidad económica. Se podría  levantar el tema de la reducción de las tareas educativas de los padres la suplencia desde las salas cuna hacia adelante. El impacto de los medios para crear mentalidades individualistas, competitivas y hedonista para las futuras generaciones.  A demás de estos problemas sociológicos y culturales interviene la descalificación del mundo político y de las instituciones en general.

         Las “marchas para la vida” se realizan en este mundo “nuevo” que nos todos piensan enfrentar

Todos reconocemos que los abortos en Chile provienen de personas que viven situaciones dramáticas. Los adversarios severos de los abortos lo reconocen. Estas situaciones dramáticas  son de falta de educación, de recursos, de sociabilidad, de seguridad y de equilibrio psíquico y cada caso es un caso muy particular.

Lo que convence de las marchas por la vida es el esfuerzo de sensibilizar la población en torno al respeto por la vida humana. Sin embargo, el valor de la “Vida” que parece tan indiscutible a algunos  enfrentó  unos cambios importantes en la cultura actual que se globaliza. La humanidad de ayer no es la misma que la actual. Nuestra comprensión de la vida evolucionó.  Los hombres reconocemos a nuestros  ancestros en los vestigios de los más prehistóricos y  reconocemos  nuestro origen verosímilmente en toda una evolución del desarrollo de la vida a partir de las más simples células iniciales.  Hemos llenado la tierra de seres humanos dominando (y eliminando) a cuantos otros vivos.  Últimamente, hemos logrado limitar los nacimientos, pero nosotros los seres humanos, seguimos  gastamos peligrosamente más de lo que nuestro planeta  puede proporcionar. Soñamos ir a las estrellas pero por más que podemos adelantarnos en técnica, nos preguntamos si lograremos ser tan inteligente como para llegar a tiempo. Nos sentimos más responsables de nuestro futuro, un futuro común.

Pero a su vez somos gente que nos gusta consumir hasta derrochar, después de Auschwitz  e Hiroshima, seguimos con  violencias tanto en los hogares  como en centenares de guerras por todas partes. Mezquinamente, nos limitamos a reclamar a la medicina de vivir hasta los 100 años con calidad de vida. Entretanto tenemos un afán de vivir intensamente, de realizarnos, de progresar, de poseer más…

Es el varón y la mujer que dan la vida a un hijo(a) pero es Dios que da la existencia diremos los creyentes. Llamamos a Dios “Padre” porque es la mejor manera de explicar cómo  creó,  generó o dispuso, Él,  toda la Vida y particularmente nuestra vida humana.

El desarrollo de la Vida nos parece realizarse en una autonomía progresiva.  Esta autonomía es lo que la “Marcha por la vida “deja en la ambigüedad cuando se atrinchera en su batalla contra la leyes de despenalización del aborto.  La sociedad necesita  la libertad para organizarse y digámoslo claramente los ciudadanos necesitan cometer errores para progresar, cometer errores sin la intransigencia absoluta de la Ley. La Iglesia de ayer podía dirigir las consciencias pero  esta sumisión  de los cristianos era infantil y los cristianos de hoy y más todavía  los de mañana necesitan espacio de libertad para creer. La famosa libertad de los hijos de Dios . “Pues sabemos que la creación  entera gime hasta el presente  y sufre dolores de parto… ”. (Romanos 8,14ss)

Nunca la gente sensata proclamará “Muerte a la Vida”, “muera la Vida· como los tontos a quien se enfrentó Unamuno  en la revolución española. Tampoco hay ley que incita al aborto. Todos los países que “liberalizaron” el aborto,  “lo permiten” solamente  hasta un cierto desarrollo del feto. El Aborto sigue un asesinato.

Son algunas posturas teológicas atrasadas que llevan los defensores de la vida a manifestar  hasta con la distribución de pequeños fetos de plastico. Quieren ver la mano de Dios en el afán del espermatozoide para entrar a fecundar el óvulo de la mujer. Rechazan la fecundación en vidrio porque no respeta el  tradicional coito humano con los órganos que Dios los habría dotados en el último día de la creación. Son principios morales fundamentados en conceptos y doctrinas obsoletas.

También se puede denunciar esta estrategia pastoral  que contradice la  pastoral de la Nueva evangelización porque  nada o poco se habla de Jesucristo en todos esos operativos masivos. ¿Será la pobreza de perspectivas pastorales que lleva algunos obispados a saltar sobre esta problemática para hacerla de los más importante de su quehacer pastoral.

Menos mal que el Papa invitó a celebrar un año de la Misericordia para corregir algunas perspectivas distorsionadas.  Menos mal  que algunas marchas se realizaron para “sensibilizar a la misericordia con los niños por nacer y para dar acompañamiento a las madres adolescentes”.

No se entiende como algunos eclesiásticos pueden oponerse a una despenalización del aborto si en su ministerio han, algún día, perdonado el pecado de aborto a alguien. ¿Habrán pensado posteriormente que esta penitente merecía ser llevada a la justicia y ser encarcelado por asesinato?

Lo que más que se puede criticar a la pastoral  de “marcha por la vida” de algunos obispados es de levantar partidarios en contra de la ley que puede ser votada cuando ni en el pasado ni mucho tampoco en la actualidad se ha obrado a favor de una práctica de esta misericordia. No se conocen muchas iniciativas sociales y eclesiales para la prevención y acompañamiento de abortos. 

Manifestaron muchas instituciones educacionales católicas en estas marchas pero ¿Cuánto tiempo demoraron a empezar a dar una educación sexual a sus alumnos? ¿Qué ambiente parroquial está abierto verdaderamente a las madres solteras y a las familias ilegitimas?  ¿Se reunieron a veces los padres católicos para intercambiar acerca de su manera de hablar de sexo a sus hijos? ¿Cuantos médicos, matronas y asistentes sociales cooperan con las parroquias en esa materia?

Y si no pasa la ley de despenalización del aborto en tres causales (riesgo de la vida de la madre, inviabilidad del feto y violación) que promueve el Gobierno y que se discutirá el próximo 6 de septiembre en el Parlamento y, seguimos con la que restringió maliciosamente Pinochet  en la materia; ¿Tendrán los obispados diocesanos abogados para asesorar a las mujeres acusadas?

Paul Buchet

Consejo Editorial de revista “Reflexión y Liberación” – Chile

 

 

 

 

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