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Desaliento electoral en Chile / Paul Buchet 

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Vivimos un tiempo de referéndums  y de elecciones. En Chile, tenemos las municipales próximamente,  además muchos se candidatean para las elecciones presidenciales. En los noticieros internacionales son  los referéndums de Inglaterra y de Colombia que sorprendieron por sus resultados tan ajustados o sus opciones bastante cuestionables. En América del Norte es la figura espantosa de un candidato multi-millonario que amenaza arrastrar el electorado republicano.

Los noticieros políticos parecen interesar a mucha gente, el rating lo revela.  Las encuestas de opiniones revelan también muchas críticas fáciles de las autoridades elegidas  pero, no hay que equivocarse,  estas críticas no reflejan la verdadera disposición ciudadana de participar en elecciones o referéndums. En nuestras últimas elecciones nacionales, en Inglaterra, en Colombia y en muchos países  la participación electoral efectiva ha sido limitada. Siendo voluntarios los votos en Chile, se vaticina una participación pobre para las próximas municipales. En contraste, muchos se candidatean y  el Senado incentivado por las demandas de descentralización de las reuniones del proceso electoral  acordó elegir los futuros mandamás de las regiones, lo acordaron sin definir las atribuciones de esos de esos gobernadores regionales.

Existe una contradicción entre las demandas de participación y el mismo sistema electoral. Muchos piensan su participación ciudadana  reclamando  al Estado  la distribución de beneficios; no entienden su participación como la colaboración de todos para el Bien Común. Los elegidos (las ideologías ayudando) caen  en una carrera política  a menudo populista  disimulando una pugna para el poder y los privilegios de los cargos.

Es importante para nuestro propósito llevar esta situación al nivel de nuestra fe cristiana. “Dar al César lo que es del César pero a Dios también lo de Dios”. ¿Cuál es la relación de Dios con la gobernanza del mundo?

La historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento podría ser muy instructiva pero quedémonos con lo que nos entrega el Nuevo Testamento.

Jesús predicó el Reino de Dios que no es de este mundo como Él mismo lo dirá a Pilato. Sin embargo, no se restaba del quehacer mundano, no se negaba a pagar los impuestos por ejemplo. Lo sentenciaron  como “Rey de los Judíos” pero no se involucró con  los zelotes revolucionarios que buscaban la liberación del pueblo de Israel del dominio romano. Tuvo una crítica severa para los ricos, los grupos de poder de los Fariseos, Saduceos, los vendedores del Templo… pero cuando sus apóstoles discutieron para ver quien pareciera el mayor entre ellos dijo: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así ustedes… y el que gobierna que sea como el que sirve… (Lucas 22,24ss). Y en su despedida, lavó los pies de sus apóstoles.

En la Iglesia primitiva, a pesar de las persecuciones que tuvieron que soportar los primeros cristianos, no se vieron preocupadas por las situaciones políticas, esperaban el regreso del Señor al final de los tiempos.  San Pablo a Timoteo por ejemplo pide explícitamente “orar por los gobernantes y las autoridades para vivir una vida tranquila”, exhortaba a la sumisión del esclavo a su amo, de la mujer a su marido…

Fue esta sumisión  a las autoridades la que imperó como directiva para toda la cristiandad  y con mayor razón todavía cuando los emperadores y los reyes cristianizados fueron “consagrados” por el Papa o los obispos, otorgándoles de esta forma  una autoridad divina  en la gestión de las realidades terrestres.

A ejemplo de las naciones,  la Iglesia católica se institucionalizó como una “monarquía”, (un poder personal supremo) temperada de una aristocracia (los cardenales).  Se distinguía  así dos Reinos: el Reino de Dios y el Reino humano. Los  cristianos tenían entonces dos deberes y dos lealtades como lo decía Lutero. Para superar las guerras de religión, las poblaciones aceptaron  la religión de sus gobernantes o viceversa.

Fue  la revolución francesa y las ideas republicanas  que cambiaron  las perspectivas. La Iglesia podía seguir hablando del Reino de Dios pero en su contraparte ya no se aceptaba  otro “Reino” sino que se empezó a hablar de un poder que  no era “divino” sino que se radicaba en el pueblo: la “democracia”

Se llegó a formalizar la separación de la Iglesia y del Estado en muchos países. En reacción, la Iglesia católica buscó manera de conservar su prominencia y tomó el modelo de una organización internacional con filiales y/o representaciones  en todos los países. El mundo evangélico, él,  se adaptó a la diversidad de situaciones incorporándose en los países como agrupaciones legalizadas.

Esta emancipación de las naciones  respecto a la religión fue drástica  y problemática en algunas oportunidades. Algunos regímenes  (los países comunistas por ejemplo) dejaron las religiones fuera de la ley. A lo opuesto como en los países musulmanes  algunos quieren volver a someter estrictamente  la gestión de la sociedad humana a las instancias religiosas.

La secularización de nuestro  mundo global ha acentuado esta emancipación cultural. La ciencia, la tecnología y las finanzas parecen haber arrinconado  a las instancias religiosas. Se podría lamentarse de esta “mundanización” de la cultura y de la gestión política  pero, de la misma manera, se debe lamentar la debilidad de las religiones que mantuvieron un discurso vetusto,  una dispersión de creencias  y a veces adversas y una falta de inteligencia para muchas  cosas temporales.

El mundo político y el mundo religioso deberían reconocer que los dos ámbitos se enfrentan al mismo desafío: la complejidad del momento histórico: el futuro de la humanidad  está en nuestras manos.

Se puede insistir en la necesidad urgente para la Iglesia de instalarse, el reino de Dios no es de este mundo. (Además, parece que no es para tan luego!!) Para volver a ser la sal de la tierra los cristianos deben crean nuevos puentes entre su vida religiosa y su quehacer humano de cada día. La bipolaridad cristiana es la patología grave y  hay que buscarle remedio recordando el dicho: “A Dios rogando pero con el mango dando”.

En nuestro mundo secularizado, muchos llegan a elegir representantes sin mucha referencia religiosa y otros fácilmente se dejan  guiar por opiniones clericales. Por esto es necesario destacar algunos cambios de mentalidades  necesarios para acertarle en la buena gestión de nuestra sociedad.

El primer cambio importante es lograr una real emancipación ciudadana. Menos mal que se frenó el engaño costoso de la publicidad electoral. Ojalá que los electores (todos voluntarios) entregan su voto con criterio adulto sin elegir el conocido por conocido, el de siempre, el del partido….por facilidad y salir del paso.

Otro cambio es acerca de la participación. La individualización  puede haber sido una valoración de las personas necesaria en las décadas pasadas pero el individualismo hizo perder la noción de Bien común en todos los estamentos de la sociedad. El progreso nos ha llevado a exigir nuestra propia cuota de beneficios de todos los adelantos. Hemos olvidado lo más importante de la participación que es la colaboración.  Es justo y equitativo distribuir la torta de los progresos técnicos pero hay valores que no son materiales y que sólo se pueden construir con el aporte de todos como la Paz, la Solidaridad, la Armonía, la Unión…Que los próximos alcaldes sean mejores que buenos administradores, que levanten una participación  activa y colaboradora de la ciudadanía. Que los consejos comunales promuevan la integración efectiva de las poblaciones y particularmente de los  sectores marginales.

Otro cambio necesario es la atención preferencial a la juventud. Mucho se ha discutido de la educación. Hace falta reflexionar a la vida de la juventud más allá  de su carrera para algún cartón que les asegura un status social a futuro. Crear una política de organizaciones sociales juveniles que rompa la fatalidad de la alcoholización, la carrerización  o el  pandilleo de los jóvenes. Votar para  alcaldes y concejales que tengan un planteamiento concreto referente a la juventud, parece urgente.

Otros cambios respecto a las mujeres, a los jubilados (que merecen más perspectivas que bailar), cambios para frenar la publicidad viciosa que invade nuestras vidas, que endeuda, engaña los niños…ect…

Desear estos cambios profundos es manifestar una esperanza, un futuro más allá de uno mismo y  más allá de nuestra pequeña vida. De los compromisos sociales y de esta esperanza  que nos nacerá,  el camino se hará muy corto  para llegar a una  auténtica fe cristiana.  

Paul Buchet

Consejo Editorial de revista Reflexión y Liberación

 

 

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