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Que nos preocupen más los vivos y menos los muertos 

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Comentario Evangelio 6 de noviembre 2016.

Lucas 20, 27-38.

Se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella». Jesús les contestó: «En esta vida hombres y mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles de Dios, porque participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos».

En el antiguo Oriente estaba admitida la ley del levirato, que había sido aceptada por cananeos, hititas, hunos, mongoles, asirios y tibetanos, en virtud de la cual la viuda de un hermano muerto sin hijos pasaba al siguiente hermano como para darle descendencia al anterior. Jesús pasa por completo de este absurdo para destacar la resurrección, pues “Dios es Dios de vivos, no de muertos, porque para El todos están vivos”.

La preocupación por el más allá, fue y sigue siendo una constante universal en las más variadas culturas y religiones. La iglesia oficial explotó demasiado el miedo a la muerte y el culto a los muertos, incluso como instrumento económico: funerales de tres clases, responsos en los cementerios, ofrendas en las misas de funeral, etc. Afortunadamente esto fue desapareciendo aunque aun no del todo, pues aun se siguen cobrando las misas, también por los difuntos. ¿Tiene algún sentido celebrar la misa por un difunto? ¿Es que si no se celebra no entra en el cielo? ¿Es que Dios está esperando a que llegue la misa arriba para abrirle? ¿Alguien puede imaginarse a Jesucristo haciendo semejante cosa? En nuestros días hay quien sueña en volver a la vida mediante la criogenización o crionización (congelar el cuerpo para más tarde descongelarlo y que viva), incluso ya con algunas empresas implicadas en ella, con un costo de más de 30.000 € por persona congelada (¿un negocio más con la muerte?). Aparte de considerarlo como en la frontera de la ciencia ficción (hay algunas personas congeladas, pero ninguna “resucitada”), ¿se puede congelar la conciencia, se puede congelar la libertad, se pueden congelar los sentimientos, se puede congelar la educación, se pueden congelar la memoria y sus recuerdos, se puede congelar la experiencia de la vida?

Lo que está claro es que hemos nacido para la vida y repudiamos tener que morir. Todos los seres vivos luchamos por ella afanosamente, a veces hasta perderla por no perderla, hasta darla incluso porque otro no la pierda, como una maravillosa madre que conocí a la que le diagnosticaron cáncer estando embarazada, y no quiso someterse a tratamiento para no poner en peligro la vida del niño que estaba gestando. Lo hizo después de alumbrar al niño, pero ya fue tarde y murió. Esta madre, profesora y madre fue una extraordinaria cooperante, que la preocupación por los empobrecidos la llevó por dos veces hasta uno de los países más pobres del mundo, la República Democrática del Congo. O los cooperantes y misioneros que se quedan al lado de los pobres del Tercer Mundo sabiendo que corren peligro inminente de muerte y de hecho con frecuencia pierden la vida porque son asesinados.

Sabemos poco del más allá, y lo poco que sabemos es bastante complicado. Pero, si nos fiamos de Jesucristo, no nos debería preocupar tanto el más allá, y sí nos debería preocupar mucho más el más acá como le preocupó a El, porque hay tantos millones de seres humanos que viven más muertos que vivos, que nacen sufriendo, viven sufriendo y mueren sufriendo, que son muchos miles cada día, como los inmigrantes procedentes de la explotación y miseria de Africa, internados en los CIES (Centros de internamiento para extranjeros) donde, hacinados en espacios inhóspitos y lúgubres, son objeto de golpes, críticas, racismo, xenofobia, desinformación y miedo inminente de ser devueltos a su país de origen e incluso muerte. Jesús no paraba de curar y mitigar los sufrimientos de todos. Hagamos nosotros lo mismo que El, preocupándonos mucho más de los vivos y menos de los muertos porque ya están en las manos de Dios, viviendo para siempre en plenitud.

P. Faustino Vilabrille Linares

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