|Sábado, Enero 16, 2021
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Padre Ángel, ‘cardenal’ 

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El padre Ángelpuede presumir y presume de ser amigo de muchos cardenales, pero especialmente de dos: del recién elegido Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, y del arzobispo de Tegucigalpa y moderador del G9, Rodríguez Maradiaga. Con los dos se encontró el fundador de Mensajeros en el hall del Colegio español de Roma, atestado de obispos y cardenales, y con los dos se fundió en un abrazo sentido. Tras el abrazo, el cardenal hondureño proclamaba: “Ángel, cuente con mi voto, para que, en el próximo consistorio, el Papa Francisco le haga cardenal”.

Entre risas y abrazos, Maradiaga añadía: “No conozco a nadie que lo merezca más que usted”. A su lado, Osoro, radiante con su capelo púrpura y su sotana ribeteada del mismo color recién estrenados, asiente. Ya lo sabía, pero está encantado de que uno de los cardenales más próximos a Francisco reconozca, valore y aprecie la labor de “su” cura en público. El sacerdote al que le entregó la parroquia de San Anton, para que, en pocos meses, la convirtiese en referencia mundial de una iglesia abierta (las 24 horas), oasis espiritual, centro de acogida y casa de la misericordia.

El cura que se mueve y siempre se ha movido en las fronteras y, por eso, a veces es criticado por los rigoristas. Y el neocardenal tiene que salir en su defensa públicamente. Otras veces, en privado, suele decirle: “Sigue, adelante, Ángel, no te canses. Tú tienes que hacer lo que yo no haga, para que, cuando llegue ante el Señor y me presente mis omisiones, pueda decirle que tú las cumpliste por mí”.

Al Padre Ángel, todo el mundo lo conoce por su célebre corbata roja, que forma parte ya de su imagen. En la fiesta del ‘calore’ (el día en que los cardenales reciben la felicitación del pueblo), el presidente de Mensajeros iba de clergyman y, por eso, añadió a su indumentaria una flamante bufanda roja, muy roja, casi púrpura.

“Ya que no puedo llevar el fajín rojo…”, explicaba, socarrón, el padre Ángel, que, por donde pasa, cosecha parabienes. De los grandes y de los pequeños. De los de arriba y de los de abajo. Mientras esperábamos, para entrar, en la Basílica (una espera de más de dos horas), el rector de la Universidad Pontificia Comillas, Julio Martínez, abundó en la misma idea de Maradiaga: “Si me pidiesen el voto para designar a alguien cardenal, el primer nombre que daría sería el suyo. No hay nadie que pudiese sostener mejor el capelo que usted”.

En parecidos términos se expresaban el presidente de otra famosa universidad, la San Pablo-CEU, Carlos Romero, que incidía en que “ya le toca al Padre Ángel, porque nadie como usted puede encarnar la misericordia a la que tanto nos urge el Papa”.

Entramos al aula Pablo VI, para efectuar la visita de felicitación a los nuevos cardenales. La sala está llena de españoles. Se nota que Carlos Osoro arrastró a Roma a más de dos mil personas. El neocardenal, revestido de púrpura de arriba abajo, le estrecha en sus brazos ante toda la concurrencia. Orgulloso de su cura de los pobres y de los sintecho, del cura de San Antón.

Tras saludar al arzobispo de Madrid, el padre es solicitado permanentemente por la gente. Todos quieren fotos a su lado: “Padre, gracias por lo que hace. ¿Podríamos hacernos una foto con usted?”. Y él se presta, encantado.

Gente de Ourense, de Oviedo, de Santander, de Valencia o de Madrid. En todas partes, le quieren y le consideran una ‘joya’ de la Iglesia española: el icono de la solidaridad. El cura que es capaz de convertir en éxito todo lo que toca. Desde la iglesia abierta las 24 horas, a los restaurantes ‘Robin Hood’ (para dar de cenar a los pobres) o a la camioneta-peluquería para los sintecho.

No me extrañaría que Francisco tuviese el nombre del Padre Ángel en cartera para el próximo consistorio. Se lo merece. Francisco lo conoce desde sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires. Y admira su obra. De hecho, le acaba de recibir en Santa Marta y de decirle: “Seguí, Ángel, con los pobres. Ellos sí son la carne de Cristo”.

José Manuel Vidal   –   Director de Religión Digital

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