|Viernes, Septiembre 20, 2019
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¿Por qué callar en público lo que se afirma en privado? 

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Somos Pueblo de Dios, comunidad de comunidades, somos cuerpo donde hay distintos carismas y servicios. Un espacio donde la autoridad eclesiástica está concebida no como fuente de poder sino de servicio a la salud de la comunidad y el mundo.

 Desde hace ya muchos años la Iglesia chilena vive tiempos difíciles, con flancos abiertos en su interior como también en su relación con la sociedad. No somos pocos los agentes pastorales que estamos en desacuerdo con muchos de sus planteamientos y acciones.  Más aún, hay un número significativo de laicos y laicas que escucha la palabra de las autoridades eclesiásticas pero finalmente terminan diciendo y/o haciendo algo distinto o abiertamente contrario. Es el cisma blanco, cristianos católicos que permanecen en la Iglesia y no se toman la molestia de dejarla. Esto último es también signo del poco peso que tiene la institución eclesiástica en sus vidas.

Por otra parte, muchas veces nos ha pasado que los mismos sacerdotes, religiosos y religiosas se muestran críticos de muchas cosas que dice y hace la Iglesia y lo expresan en privado, en las conversaciones de pasillo o al calor de un encuentro comunitario. Ejemplos hay muchos: a favor de la comunión de los separados – divorciados vueltos a casar;  partidarios del uso del condón y de algunos métodos anticonceptivos; se muestran molestos y dolidos por el silencio cómplice de las autoridades frente a abusos sexuales a menores; reconocen la necesidad de enfatizar sentido pastoral y festivo de la liturgia, más allá de lo ritual; dicen sentirse incómodos por la falta de empatía ante los malestares sociales; están abiertos al sacerdocio ministerial femenino o del celibato opcional en el caso de los sacerdotes; partidarios de la participación de los cristianos en la designación de sus propias autoridades; no entienden como se designó al obispo Barros en Osorno ni menos como varios obispos chilenos siguen a la cabeza de algunas diócesis sin dar un paso al lado; dolidos por el escándalo o dicotomía entre el patrimonio de la Iglesia y su opción preferencial por los pobres; confundidos de ver cómo algunos hermanos en el ministerio sacerdotal parecieran más preocupados de hacer carrera que del Anuncio de la Buena Nueva; incrédulos y molestos por la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la sepultura cuerpos y la conservación de las cenizas en el caso de la cremación, entre otros tantos temas. Sin embargo, aquello que dicen en privado lo callan en público.

Hasta hace algún tiempo agradecíamos esa apertura y lo veíamos como una luz en medio nuestro. Una suerte de consuelo, solidaridad y esperanza de tiempos nuevos. Hoy nos preguntamos si es suficiente con tomar posición frente a determinadas realidades en privado y omitirlas en la esfera de lo público, frente a los medios de comunicación, ante la asamblea o delante del obispo o superior (a) de la congregación.

Son pocos los (a) consagrados (a) que son capaces de disentir públicamente y a algunos de ellos los han castigado con el silencio o el “exilio o autoexilio”.  La historia de la Iglesia ofrece un abanico amplio de situaciones de esta naturaleza. En el pasado lo padeció Lutero y dio paso a la Reforma Protestante como respuesta a una institución eclesial emborrachada con el poder donde se confundía la propia voluntad con la voluntad de Dios. Después del Concilio Vaticano II se abrieron puertas y ventanas pero otras permanecieron cerradas o a medio abrir. Fueron muchos los esfuerzos oficiales para silenciar a los teólogos de la liberación en AL. Proponer algo distinto es mirado con recelo. La misma Facultad de Teología de la UC separó de las aulas a aquellos que no siguieran el libreto y se atrevieran a hacer teología de a pie o desde los pobres, tal como ocurrió con Rolando Muñoz y recientemente con Jorge Costadoat. Si hasta el libro de José Antonio Pagola “Jesús. Aproximación histórica” fue censurado por la Conferencia Episcopal española en el 2008 por “apartarse de la fe”. Por el contrario, gracias a sus escritos muchos cristianos hemos gozado al ver a Jesús y su Iglesia con otros ojos.

Cuando somos los laicos y laicas los que asumimos una mirada crítica somos mirados con distancia por la jerarquía y hasta con cierto desdén. Como si nos metiéramos en cosas de adultos. El celo por el “bien de la Iglesia” es un velo que a veces nos impide ver el deseo de Dios. La uniformidad pesa mucho más que la diversidad. La “tradición” es más fuerte en ocasiones que el sentido común y pastoral. Como institución la Iglesia es jerárquica pero eso no está reñido con el diálogo, con la democracia ni la libertad de expresión. Más aún, son condición para la búsqueda de los caminos de Dios en la sociedad actual. Vivimos enredados en problemas intraeclesiales, mirándonos también el propio ombligo y eso nos aleja de una de nuestras preocupaciones principales: ser luz y sal para el mundo. La humildad es también ingrediente básico para cambiar y escuchar la hora de Dios.

El Papa Francisco ha dado la batalla por hacer cambios que vayan con el sello de Jesús, ganándose a su paso detractores  en la cuna misma del Vaticano. Es consciente de lo urgente y necesario de pensar de otra manera la institucionalidad de la Iglesia, pasando por una nueva mirada del ejercicio del sacerdocio ministerial. Hacemos un voto de esperanza para repensar el sentido de la obediencia. Todo esto implica cambios en la formación de los seminarios y casas de formación, comenzando por el proceso de selección. Es tarea de TODOS. Hay que volver nuestros ojos a Jesús. Nuestra fidelidad está en EL y su Evangelio, en nuestra adhesión al Proyecto del Reino. Proclamamos con esperanza ¡Ven, Señor, Jesús¡.

 Juan Carlos Navarrete Muñoz

 www.reflexionyliberacion.cl

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