|Miércoles, Febrero 26, 2020
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De vástagos, profetas y esperanzas 

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El segundo domingo de Adviento nos regala tres claves que fundamentan en buena parte nuestra práctica cristiana. Reconozco que hay muchas más, pero quisiera quedarme con estas tres, las cuales desarrollaré esquemáticamente en tres momentos:

Vástagos y niños: la infancia como rostro de Dios

 La primera lectura, tomada de Isaías 11, anuncia cómo un vástago, una ramita nueva, un brote, está saliendo del tronco de Jesé. Pareciera ser que no había esperanza en el tronco viejo. Pero, la lógica de Dios hace que de la madera brote una nueva rama. ¡Hay esperanza en el futuro!, porque el vástago necesita crecer y desarrollarse. No es la planta madura, sino que es el nuevo brote que va creciendo. Y es aquí en donde pienso en la infancia, en los niños como rostro de Dios.

Los niños son imagen de una sociedad nueva, de un crecimiento cósmico, o más bien micro-cósmico. Las tradiciones proféticas que hablan de la esperanza puesta en los tiempos del Mesías, anuncian cómo al final de los días el lobo reposará junto al cordero y que un niño pastoreará a toda la creación (Cf. Is 11,6). La nueva sociedad aparece guiada por un niño. Dios toma rostro de niño y Dios habla a través de la infancia. Lo anterior exige que los responsables de comunidades cristianas puedan favorecer espacios de compartir experiencias sociales con niños y jóvenes. ¡Necesitamos crear una cultura del cuidado de la infancia, porque el mismo Jesús colocó al centro a un niño! (Cf. Mt 18,1-2; Mt 19,13-14; Mc 10,15-16; Lc 18,14-17). Y también en ellos reconoce la predilección que ha sentido el Padre en cuanto a la comunicación de los misterios del Reino: “… porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños” (Lc 10,21).

En los niños, en los jóvenes, en los que inician la aurora del nuevo día Dios se está revelando. Los niños por tanto constituyen sujetos de la revelación, de la fe, de la esperanza y de la vivencia del amor. Articular una teología desde la infancia, con la infancia, con la juventud, con los que ayudan a despuntar la nueva aurora de la historia, implica reconocer sus experiencias de Dios y no tratarlos como sujetos pasivos en cuánto al reconocimiento de cómo el Señor va actuando en la historia e invitado a otros a construir la nueva sociedad.

 Profetas al servicio del Reino

 El profeta es el hombre que anuncia y denuncia: anuncia la Palabra de Dios, las buenas nuevas del Señor y denuncia aquello que va contra esa palabra: la violencia cometida contra los marginados. El profeta es un creyente que imagina. Imaginar es una facultad psicológica, es la capacidad de crear espacios nuevos, de vivir la apertura a nuevas posibilidades personales, sociales, culturales. Imaginar es proyectar hacia el futuro un nuevo comienzo. Y por ello tiene que ver con la capacidad profética. Es más, el profeta es aquél que es capaz de pensar una nueva sociedad para su tiempo. Como hemos hecho notar en otro artículo, en la voz del profeta tiene cabida el llamado a la creación de una comunidad nueva que tenga como fundamento el respeto por la persona humana, especialmente del pobre, del huérfano, de la vida o del extranjero.

El profeta, el sujeto utópico que imagina, es aquél que es capaz de despertar un nuevo día. Debemos ayudar a que despierte la aurora de la nueva mañana. Y el Adviento es la aurora. Algo está comenzando, algo diametralmente nuevo ocurre. Juan Bautista ya lo confirma: viene otro que es más grande que yo y que bautizará con fuego. Juan solo practica un bautismo de conversión. El Mesías instaurará la justicia y el Reinado de Dios. En este tiempo de Adviento una tarea que deberíamos poner en práctica es recuperar la dimensión profética de nuestro bautismo. El día en que pasamos a formar parte de la Iglesia de Dios, se nos regaló el sacerdocio bautismal, el reinado a imagen de Cristo Rey servidor y la función profética. No hay que dejar morir la profecía, sobre todo en un Chile que necesita profetas al servicio de la vida humana, de toda vida. Necesitamos convertirnos (metanonia; Mc 1,14-15) en profetas de Dios al servicio de su Reino.

 La esperanza como experiencia transformadora

 En síntesis, la esperanza de mejores condiciones de futuro histórico o en la vida eterna es construida para el cristianismo desde las dinámicas del encuentro. La esperanza es una experiencia transformadora. El cristianismo favorece la presencia de una conciencia comunitaria que, respetuosa de las legítimas individualidades, promueva la edificación de espacios de paz, de armonía, de fraternidad y justicia para todos.

En esto, el cristianismo asume un carácter profundamente profético, ya que mantiene la esperanza en un tiempo de desesperanza, en que anuncia que la vida plena sigue siendo un proyecto personal y socialmente válido. Como creyentes en el Dios de Jesús de Nazaret, reconocemos que la esperanza acontece justamente en aquellos lugares de negación del futuro, ya que nuestra fe se orienta hacia un hombre muerto que fue resucitado por Dios. La resurrección de Jesús representa el paradigma, la fuente inagotable de toda posible esperanza, de toda esperar contra toda esperanza (Cf. Rm 4,18). Y esta esperanza es realista, porque consciente de las condiciones sociales, políticas, económicas, educativas y culturales actuales es capaz de volver a anunciar esa resurrección.

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Candidato a Magíster en Teología (PUC)

www.reflexionyliberacion.cl

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