|Viernes, Marzo 24, 2017
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El cardenal que puso en venta el palacio para dar el dinero a los pobres 

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Con la muerte de Paulo Evaristo Arns desaparece el último gran protagonista de la Iglesia latinoamericana del post-concilio

Con su fallecimiento, a la edad de 95 años, se fue el último gran protagonista de la Iglesia latinoamericana del post-concilio, elegido por Pablo VI para guiar la gran metrópolis brasileñade San Paolo, creado cardenal en 1973 en el mismo Consistorio en el que recibió la púrpura el patriarca de Venecia Albino Luciani. Paulo Evaristo Arns era el penúltimo sobreviviente de los cardenales montinianos; el último es Joseph Ratzinger, hoy Papa emérito. El largo episcopado de Arns (4 años como auxiliar en San Paolo y después 28 años como arzobispo) atravesó tres Pontificados. Después de retirarse en 1998, decidió quedarse en la ciudad, en la misma periferia de la que se había ocupado como auxiliar, en el barrio de Jaçaná.

Arns fue un fraile franciscano, periodista, escribió más de 50 libros dedicados a la pastoral en las grandes metrópolis, adema de estudios sobre la literatura cristiana de los primeros siglos. Pero lo que caracterizó su episcopado fue la defensa de los pobres, de la libertad del pueblo y de los derechos humanos, en particular durante la dictadura que en Brasil duró de 1964 a 1985. Su presencia y autoridad favorecieron el pasaje al régimen democrático. En 1982 fue el único religioso elegido para formar parte de la Comisión internacional para cuestiones humanitarias de la ONU. Inmediatamente después de dejar la diócesis, concedió una larga entrevista a Stefania Falasca, para la revista 30Giorni. Cuando la periodista le preguntó qué era lo que había hecho más en esos años, respondió: «Cuando recibía a las madres de los desaparecidos políticos que buscaban información, apoyo y soncuelo. Los años de la dictadura militar, los rostros de estas mujeres y madres, me dejaron en la memoria una huella de dolor. Lo que más me ha hecho sufrir ha sido justamente no poder aliviar, muchas veces, tantos sufrimientos».

Cuando fue nombrado cardenal vendió el único edificio de la residencia episcopal por cinco millones de dólares y distribuyó el dinero entre los pobres, compró terrenos para los marginados y sin techo, además de cerar centros comunitarios en la periferia. «Considero una gracia –dijo– haber actuado siempre a favor y de la parte de los predilectos de Nuestro Señor».

Obtuvo la licenciatura en la Sorbona de París, con una tesis sobre la técnica del libro en San Jerónimo (defendida en 1952) y tuvo entre sus maestros en la universidad católica al futuro cardenal Daniélou. Se convirtió incluso en buen amigo del poeta Paul Claudel. Charles Péguy le enseñó la importancia de la esperanza en la vida cristiana: como lema episcopal, una década después, habría elegido: “Ex spe in spem”, porque «la esperanza es todo, es la sonrisa de la vida cristiana. ¿Qué seríamos nosotros, qué haríamos sin la esperanza?». El gran escritor francés le transmitió también la conciencia de la descristianización en acto.

En 1966 fue nombrado auxiliar de San Paolo. Rechazó en tres ocasiones la promoción episcopal, pidiendo, por el contrario, que lo enviaran como misionero a Japón o a la Amazonia. Pero Papa Montini insistió y finalmente lo convenció. Se volvió a encontrar en la extrema periferia de la gran metrópolis brasileña, en donde conviven la miseria y condiciones de vida inhumanas. «El desarraigo forzado, además de provocar estas terribles consecuencias –decía Arns– desequilibró cualquier huella de esa estructura familiar en la que se estaba garantizada la catolicidad. Ya no podíamos hacernos ilusiones, nos encontrábamos frente a una realidad dura, marcada por la descristianización. Y, entonces como ahora, como siempre, no tomar partido por los pobres significaba traicionar el Evangelio. Una nueva evangelización no podía sino ser personal y social».

En 1967, Pablo VI publicó la gran encíclica social «Populorum progressio». Un año más tarde, la conferencia del episcopado latinoamericano en Medellín se llevó a cabo siguiendo la estela del documento montiniano, que «nos introdujo –recordaba Arns en la entrevisa con “30Giorni”– en el nuevo clima de la pastoral a favor de los pobres. Justamente en esta zona de San Paolo comenzamos a fundar las primeras comunidades de base en las que eran principalmente los laicos los mayores involucrados en el anuncio cristiano y en las necesidades que la realidad exigía».

En 1970 llegó su nombramiento como arzobispo de San Paolo. Durante los años del régimen dictatorial logró entrar a las cárceles, se dio cuenta personalmente de los crímenes y de las torturas que sufrían los que se oponían al régimen. Logró impedir que muchas personas fueran asesinadas o que desaparecieran sin dejar huella. La colegialidad es la cifra de su gobierno episcopal. «La colegialidad entre los obispos –explicaba Arns– es característica de la sucesión apostólica. En una metrópolis enorme como San Paolo, por la vastidad y la complejidad de la realidad, fue necesario que todos los obispos auxiliares asumieran la competencia de vicario general en la arquidiócesis, y que, al mismo tiempo, se les encomendara a cada uno de ellos un territorio propio en el que representaban la autoridad del obispo. Y luego, a cada obispo se le encomendó la responsabilidad de coordinar una pastoral específica para toda la ciudad. Trabajé con 9 obispos. Este clima de fraterna colaboración, de mutua confrontación, de apertura y confianza dio sus frutos. El apostolado en la arquidiócesis de San Paolo floreció en este ambiente de gran colegialidad. Y yo creo que justamente este aspecto debe ser fundamental en l acción de la Iglesia y debería ser considerado en el futuro».

Pablo VI le encomendó al cardenal que visitara la diócesis de las grandes metrópolis. «Fui a París, Londres, Nueva York, Chicago. Redactaba un informe refiriéndole al Papa cómo estaban trabajando los obispos. En 1975 me pidió que elaborara un proyecto de pastoral para las grandes ciudades. En obediencia a su petición, lo hice, reflexionando también sobre la experiencia de la colegialidad madurada en San Paolo. El cardenal Baggio (entonces Prefecto de la Congregación de los Obispos, ndr.) me dijo que era óptimo, pero tres años más tarde me dijo que había sido archivado».

En 1989, Juan Pablo II decidió dividir la diócesis de San Paolo en cuatro diferentes diócesis. Arns sufrió esta decisión y en algunos ambientes la medida papal fue presentada como un castigo por las tendencias progresistas de la Iglesia brasileña. «La Iglesia latinoamericana –dijo Arns– ha sufrido mucho. A menudo incluso por haber sido equívoca en un contexto ideologizado. Estar apegados a la fe de los apóstoles implica, siempre, la audacia en la defensa de los pobres y la denuncia de la injusticia». Durante la conferencia del episcopado latinoamericano de Santo Domingo, en 1992, el cardenal tuvo un grave accidente, al que siguieron serios problemas de salud. «Fue lo que sucedió; me habían invitado a un “cocktail” en el consulado brasileño y me dirigí con el coche escolato por un coronel del ejército. Cuando llegamos al lugar, durante las maniobras para estaconarnos, vi que se acercaba hacia nosotros un automóvil militar a gran velocidad. EL automóvil aumentó su velocidad mientras se acercaba a nuestro vehículo y nos pegó de lleno. El impacto fue muy violento. Me di un golpe en la cabeza y por un periodo perdí la memoria».

Arns dijo estas palabras sobre Montini, a quien conoció cuando era todavía Sustituto en la Secretaría de Estado y con quien hablaba en francés: «Pablo VI fue el Papa de la intuición. La mejor intuición de la historia que haya conocido en mi vida. No solo de la historia particular de mi país, sino también de la historia de la Iglesia universal, al apreciar con realidmo y extrema lucidez las condiciones en las que esta se encontraba. Fue profético al intuir que la realidad había mutado, y que ya no había que hacerse ilusiones, ya no se hablaba a un pueblo cristiano. Y, tomando nota de ello, no se habría avanzado ni empujados por la historia ni fuera de la realidad. Pablo VI indicó la vía para la Iglesia, y la vía que había que recorrer era esencial, simple, la que contiene el Credo del pueblo de Dios, y también la que está en la “Populorum progressio”: custodiar la fe, servir a los pobres». 

Andrea Tornielli  –  Ciudad del Vaticano

Vatican Insider  –  Reflexión y Liberación

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