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La infancia como señal de esperanza 

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Los textos de este cuarto y último domingo de Adviento, hablan de la promesa y del nacimiento de un niño. En vistas a este tema transversal, es que quisiera reflexionar en torno a la infancia como señal de esperanza. Asumir que el Dios de nuestra fe, prometido por los profetas y nacido de María, llega a nosotros en la persona de un niño, nos exige como Iglesia repensar nuestras prácticas de cuidado de la infancia. La infancia es pues señal de renovación del tiempo, de los paradigmas, de nuestras formas de mirar el mundo. Y Dios acontece en la infancia y la infancia nos habla de Dios.

  1. Natalidad como experiencia social y política

 El primer texto nos aporta una clave interesante: una doncella está encinta y dará a luz. Los trabajos exegéticos han identificado a esta jovencita como perteneciente a la corte real de Ajaz. En ésta época el Reino se encontraba dividido en Israel y Judá, y a pesar de la división, Dios dará una señal: el nacimiento del niño. Es un signo de la bendición que Dios dará a Judá, al resto de Israel. El comentario de este texto en la Biblia de Jerusalén sostiene: “Dios concederá la salvación por medio de un rey, sucesor de David: la esperanza de los fieles de Yahvé descansa en la permanencia del linaje davídico” y que el nombre del niño, Emmanuel, manifiesta “una intervención de Dios encaminada el mesianismo definitivo. De este modo, la profecía del Emmanuel rebasa su realización inmediata y posteriormente toda la tradición cristiana ha reconocido legítimamente en aquella el nacimiento de Cristo”.

La natalidad, el nacimiento del niño Emmanuel en quien reconocemos la presencia de Dios, toma características sociales y políticas. La filósofa judía-alemana Hannah Arendt ya lo había insinuado cuando comenta que el concepto de natalidad constituye la categoría central del pensamiento político. Es más, la infancia posee también un elemento utópico. Así lo ha hecho notar el filósofo italiano Giorgio Agamben cuando comentando el Pinocho de Collodi sostiene que el país de los juguetes representa “la descripción de esa utópica república infantil, Collodi nos ofrece la imagen de un universo donde todo es juego” (Agamben 2007).

Nacimiento, llegada al mundo, comienzo de un nuevo tiempo, marcan una gramática social y política. Hay una reinversión de valores que apuesta por lo microcósmico, por lo pequeño y que a los ojos del mundo aparece como insignificante. Comenta  Carbullanca (2013) que la infancia en términos generales “se trata de una contrapropuesta solidaria a un modelo societario opresor (…) que sugiere ya no tan sólo una liberación política nacional sino que ésta alcanza dimensiones cósmicas, a través de la antinomia viejo-niño referido a épocas o eras de la historia de la humanidad”. Es un modelo utópico, esperanzado que se funda en lo gratuito, en el juego, en la incorporación de nuevos actores sociales históricamente silenciados, en la capacidad de imaginar lo utópico. Y en ese modelo utópico, esperanzador, acontece Dios. Porque en Dios reside toda esperanza.

  1. La infancia como signo de la irrupción de Dios

 La primera y segunda lectura y el Evangelio están marcados por promesas, anuncios y la realidad del nacimiento de un niño. La conocida profecía de Isaías 7,14 que habla de una doncella embarazada y que dará a luz al Emmanuel (Dios-con-nosotros), se actualiza en la persona de la joven María que es convidada por Dios Padre para ser partícipe del gran proyecto mesiánico. Y esto es llamado por el autor sagrado como una “señal”, un “signo de la presencia de Dios”.

Jesús, haciéndose eco de las tradiciones proféticas, y de su propia comprensión de lo que es el Reino de Dios, presenta a los niños como presencia de esta irrupción de lo divino en la historia (Cf. Mt 18,1-2; Mt 19,13-14; Mc 10,15-16; Lc 18,14-17). Y también en ellos reconoce la predilección que ha sentido el Padre en cuanto a la comunicación de los misterios del Reino: “… porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños” (Lc 10,21). En los niños, en los jóvenes, en los que inician la aurora del nuevo día Dios se está revelando. Los niños por tanto constituyen sujetos de la revelación, de la fe, de la esperanza y de la vivencia del amor. Los niños nos enseñan como esperar, como jugar, como dejar espacio al asombro, a lo nuevo del día que irrumpe en nuestra historia. Y es por ello que es necesario continuar creando una cultura del cuidado de la infancia.

Dios está en la infancia y la infancia está en Dios. La promesa del niño Emmanuel es el gran grito de gozo y liberación que pronunciamos en el Adviento y en la Navidad. En la acogida del Dios niño, nuestra vida toma un nuevo sentido. Se actualiza el tiempo, se renueva el mundo, las relaciones solidarias han de ser más concretas y visibles. Que como María y José tengamos la disponibilidad de preparar un lugar para el Niño Dios que irrumpe siempre nuevo en la historia. 

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Candidato a Magíster en Teología (P.U.C)

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