|Martes, Octubre 15, 2019
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Estados Unidos puede convertirse en un “país stan” 

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(Paul Krugman).-

En 2015, la ciudad de Asjabad, capital de Turkmenistán, se vio embellecida por un nuevo monumento público: una gigantesca estatua ecuestre bañada en oro del presidente del país. Esto podría parecer algo excesivo. Pero el culto a la personalidad en realidad es la norma en los stans, los países de Asia central que surgieron tras la caída de la Unión Soviética y que en su totalidad están gobernados por hombres fuertes que se rodean de diminutas camarillas de acaudalados capitalistas clientelistas.

A los estadounidenses antes les resultaban graciosas las payasadas de estos regímenes con sus dictadorzuelos. ¿Pero quién se ríe ahora? Después de todo, están por entregarle el poder a un hombre que ha pasado toda su vida adulta tratando de generar un culto a la personalidad a su alrededor. Recordemos que su fundación “benéfica” gastó muchísimo dinero en la compra de un retrato de 1.80 metro de su fundador. Entretanto, un vistazo a su cuenta de Twitter basta para demostrar que la victoria no ha hecho nada por saciar su sed de gratificación del ego. De modo que podemos esperar mucho autobombo una vez que asuma su cargo. No creo que lleguemos a las estatuas bañadas en oro, pero ¿quién sabe?

 Entretanto, a un par de semanas de la asunción, Donald Trump no ha hecho nada de peso para reducir los conflictos de intereses sin precedentes –o como escribió en Twitter, “sin presidentes”- que crea su imperio empresarial. Es bastante evidente que nunca lo hará. De hecho, en la práctica ya está usando su cargo político para enriquecerse: uno de los ejemplos más manifiestos es que varios gobiernos extranjeros están llevando negocios a los hoteles de Trump.

Eso significa que Trump violará el espíritu –y posiblemente la letra- del inciso de la Constitución sobre los emolumentos, que prohíbe recibir obsequios o ganancias de líderes extranjeros, en el instante mismo en que pronuncie el juramento para tomar posesión de su cargo. ¿Pero quién le pedirá rendición de cuentas? Algunos destacados republicanos sugieren que, en lugar de hacer cumplir las leyes de ética, el Congreso debería modificarlas para adaptarlas al gran hombre.

Y la corrupción no se limitará a la cima del poder: el nuevo gobierno parece empeñado en colocar en el centro del sistema político acciones que buscan el provecho propio de manera flagrante. Puede que Abraham Lincoln haya encabezado un equipo de rivales; Donald Trump parece estar armando un equipo de compinches, eligiendo a multimillonarios con conflictos de intereses obvios y profundos para puestos clave de su gobierno. En suma, Estados Unidos se está convirtiendo rápidamente en un stan.

Sé que muchos todavía están tratando de convencerse de que el gobierno entrante gobernará de manera normal, pese a los instintos evidentemente antidemocráticos del nuevo Comandante en Jefe y la cuestionable legitimidad del proceso que lo llevó al poder. Algunos apólogos de Trump incluso han tomado la costumbre de declarar que no tenemos por qué preocuparnos por la corrupción de la camarilla que está por ingresar, porque los ricos no necesitan más dinero. En serio.

Pero bajemos a la realidad. Todo lo que sabemos indica que estamos entrando a una era de corrupción monumental y desprecio por el Estado de derecho, sin ningún tipo de restricción.

¿Cómo pudo suceder esto en una nación que desde hace mucho se enorgullece de ser un modelo para las democracias de todo el mundo? En un sentido directo, el ascenso de Trump fue posibilitado por la descarada intervención del FBI en la elección, la subversión rusa y unos medios periodísticos abúlicos que amablemente exageraron unos escándalos falsos y enterraron otros reales en las últimas páginas.

Pero esta debacle no salió de la nada. Estamos en camino al stan-ismo desde hace mucho: un Partido Republicano cada vez más radical, dispuesto a hacer cualquier cosa para conquistar y retener el poder, atenta contra la cultura política estadounidense desde hace décadas.

La gente suele olvidar cuánto del manual de estrategias de 2016 se había usado en años anteriores. Hay que recordar que el gobierno de Clinton fue hostigado con constantes acusaciones de corrupción, debidamente promocionadas por notas de los medios de prensa; ninguno de esos presuntos escándalos finalmente reveló que hubiera irregularidades. No es casual que James Comey, el director del FBI cuya intervención casi con seguridad inclinó la elección, anteriormente haya trabajado para la comisión de Whitewater, que dedicó siete años a investigar obsesivamente una operación fallida con tierras.

La gente también suele olvidar lo malo que fue el gobierno de George W. Bush, y no sólo porque llevó a Estados Unidos a la guerra con falsos pretextos. También hubo un aumento del amiguismo y muchos cargos clave fueron ocupados por personas con dudosas aptitudes pero lazos políticos y/o comerciales estrechos con funcionarios de alto rango. De hecho, Estados Unidos echó a perder la ocupación de Irak en parte gracias a las ganancias excesivas que obtuvieron empresas con conexiones políticas.

La única pregunta ahora es si la podredumbre ha llegado tan hondo que nada puede detener la transformación de Estados Unidos en Trumpistán. Algo es seguro: es destructivo y también estúpido hacer caso omiso de un riesgo que resulta incómodo y simplemente suponer que todo va a salir bien. No va a ser así.

Paul Krugman – Premio Nobel de Economía

© 2017 New York Times News Service

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