|Lunes, Mayo 29, 2017
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Crisis en la Iglesia chilena 

obispos

La Iglesia Católica en Chile pasa por un momento de gran complejidad. Sus dificultades tal vez son mayores a las de los demás Iglesias de América Latina.

Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año. En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación.

El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: “¿Es Chile un país católicos?” (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado.

Esta falta de vigor del cristianismo “a la chilena” ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.

La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario.

¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.

Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.

¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus “errores no forzados” y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?

Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.

Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados.

La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre “todos” los seres humanos.

La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos –laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?

El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.

Jorge Costadoat, SJ

La Chiesa cattolica in Cile attraversa un momento molto complicato. Le difficoltà che vive sono forse maggiori di quelle di altre Chiese dell’America Latina.

I cattolici cileni diminuiscono drasticamente. In vent’anni la Chiesa cattolica cilena ha perso praticamente un 1 per cento di fedeli per anno. In Cile l’identità cattolica tende a liquefarsi, anche quando i migliori sentimenti dei cileni continuano ad essere nutriti dal cristianesimo. La gente crede in Dio, prega, ma la sua appartenenza ecclesiale si scioglie, la pratica religiosa continua a decrescere e non si scorgono all’orizzonte segnali di ripresa.

Il cristianesimo di cristianità, quello che si riceve con la cultura come parte di una società che si dice cristiana, e non come frutto di una conversione e di un incontro personale con il vangelo, è stato di scarsa qualità. Nel paese la fede si è trasmessa come un credo, una cosmovisione, una antropologia e delle pratiche religiose condivise in forma diffusa e automatica senza una vera personalizzazione religiosa. Si è trattato di un cattolicesimo sufficientemente indefinito da dar luogo a tremende contraddizioni. San Alberto Hurtado provocò i suoi contemporanei mettendo davanti ai loro occhi le incongruenze: “Il Cile è un paese cattolico?” (1941). Lamentava allora la mancanza di clero e le ingiustizie sociali. Le disuguaglianze ai nostri giorni devono essere le stesse di ottant’anni fa. I sacerdoti in un prossimo futuro saranno ancora di meno che nei tempi di Hurtado.

Questa mancanza di vigore del cristianesimo “alla cilena” ha fatto da erba secca per l’incendio delle appartenenze comunitarie che ben osserviamo. In Cile si sono debilitate le parrocchie, le comunità ecclesiali di base, le comunità religiose, i movimenti laicali e la partecipazione all’eucarestia domenicale, e non c’è segno di nessun germoglio di originalità più o meno importante. O forse c’è, poiché il regno dei cieli è come un grano di senape, ma al momento non lo si vede.

La situazione è preoccupante perché il cristianesimo è essenzialmente comunitario.

Cos’è successo? Ogni volta che si constata un male si cerca il colpevole. In questo caso la cosa più facile è ascrivere questa crisi alla gerarchia ecclesiastica. Cattiva formazione del clero, mancanza di immaginazione nella implementazione del Concilio Vaticano II, rapporti infantili tra i sacerdoti e i laici; a cui bisogna aggiungere la diminuzione degli aiuti internazionali (clero, religiosi e religiose) e la caduta delle vocazioni. Tutte queste sono spiegazioni plausibili della crisi, ma non sono le sole.

Succede che il Cile sperimenta un cambiamento culturale impressionante, simile a quello che avviene nel resto del mondo, dovuto a una globalizzazione che frantuma la cultura tradizionale e debilita le basi delle istituzioni civili e religiose, soprattutto quelle che promuovono i migliori valori dell’umanità.

Predomina ovunque la ricerca economica del massimo guadagno e un mercato che riduce le persone a individui in competizione tra loro che aspirano ad “essere qualcuno” attraverso il consumo e non percorrendo la strada della solidarietà. Sul mercato primeggia la ricerca dei propri diritti individuali sulla volontà di servizio al prossimo e alla società. Nell’era della globalizzazione tutto entra in rapporto con tutto, tutto si relativizza, tutto si vende e si compra, e la gratuità scarseggia. La gratuità è stata sempre messa da parte. La gratuità è stata sempre sacrificata. Adesso è diventata incomprensibile.

Che futuro può avere una Chiesa debilitata dalla sedimentata superficialità dei fedeli, dai loro “errori non indotti” e dal cambiamento culturale che in pochi anni le è costato generazioni intere di giovani, scandalizzata e tramortita dagli abusi sessuali del clero e dalla loro copertura?

Per i cattolici una tentazione potrebbe essere quella di cercare di sussistere a tutti i costi. Potrebbero, per esempio, cercare nel passato quelle forme che danno sicurezza facendole passare per rivelate, occultando che in realtà sono state opere di una Chiesa molto più creativa. Non mancherà chi difenda l’istituzione con l’argomento della vivacità della religiosità popolare. O che si dia la colpa della crisi alle innovazioni del Vaticano II.

Ma c’è una strada migliore da percorrere: cercare l’essenziale del vangelo, indagare il significato più profondo della vita, lottare per il rispetto radicale della dignità della persona umana, cercare di superare le disuguaglianze e le oppressioni, mostrare la possibilità di un incontro con un Dio ricco in misericordia e liberatore. Penso che i cristiani potrebbero cercare di comunicare con umiltà le loro esperienze di fede solidale e comunitaria. Nella storia della Chiesa l’attenzione e la cura dei poveri è stata costante. I cristiani potrebbero dare una mano disinteressata agli immigranti, ai tossicodipendenti accaniti, ai figli abbandonati dai genitori, alle donne sconsiderate o maltrattate, agli anziani la cui semplice esistenza è vista come un motivo di colpa, insomma, ai nuovi e vecchi poveri che Gesù chiama beati.

L’altro punto dolente è la celebrazione dell’Eucarestia. Ad essa dovrebbero poter partecipare attivamente soprattutto coloro che non interessano a nessuno. La parola d’ordine della riforma liturgica del Concilio è stata la partecipazione dei fedeli. Una liturgia fraterna dove ci sia spazio per l’espressione di tutte le persone e tutte le vite anche le più diverse anticipa la comunione tra “tutti” gli esseri umani.

L’unica Chiesa che vale la pena che abbia futuro in Cile è quella in cui il vangelo si comunica come esperienza di quel Gesù umile che ha chiamato amici e amiche a dare la vita per l’umanità.

Riuscirà la Chiesa cilena a liberarsi dall’impronta di cristianità che l’ha resa irrilevante, che anziché attrarre le persone le spaventa? Riuscirà la Chiesa a rinascere nel mondo di oggi con cristiani – laici e religiosi, sacerdoti – realmente convinti e avvinti dall’amore di Dio?

Per i cristiani la vittoria è oltre la morte. Prima della morte credo che la Chiesa debba soprattutto porre le condizioni perché le nuove generazioni si incontrino con Cristo e lo seguano con entusiasmo; perché si approprino di Cristo nel modo in cui Cristo si lascerà afferrare da esse. Il vangelo potrà essere trasmesso se la Chiesa è disposta ad accoglierlo in maniera protagónica e veramente nuova.

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