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Expiación vicaria 

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(Jairo del Agua).-

En vano me rinden culto enseñando doctrinas que son preceptos humanos.

Dejáis el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres” (Mc 7,7).

Se llama “expiación vicaria” al pago de una culpa por una persona distinta al culpable por medio de algún doloroso sacrificio o incluso la muerte. Es decir, pagas tú mi culpa para que no tenga que pagarla yo, ni sufrir las consecuencias de mis actos.

Esa posibilidad no existe en el ordenamiento jurídico mundial. Una madre no puede ir a la cárcel en vez de su hijo culpable -por ejemplo- aunque lo desease y lo pidiese insistentemente.

Y no existe porque es una injusticia flagrante. Somos individuales y libres, por tanto las consecuencias de la conducta han de ser soportadas por el individuo. Aunque pertenezca a algún grupo delincuente o el delito se cometa en grupo, cada uno deberá ser juzgado por su participación individual.

Otra posibilidad sería fuente de innumerables arbitrariedades. Ya me estoy imaginando a más de un ricachón contratando a algún pobre esclavo para “expiar” por los delitos de que pudiera ser acusado. Existe de hecho, en grupos tramposos, el “cabeza de turco” que es una forma fraudulenta, miserable y opaca de evitar la propia responsabilidad.

Pero mira por dónde lo que no existe en la Justicia humana, por ser radicalmente injusto,se lo hemos colgado a la Justicia divina que acepta -decimos- “sacrificios vicarios”, bien para su honra, bien para perdonar pecados. Así, desde las brumas de la historia humana, se han sacrificado vírgenes, niños y primogénitos a un “dios avaro y cruel” para tenerle contento o para obtener su perdón.

La Biblia recoge el sacrificio de Abrahán, interpretado durante mucho tiempo como el súmmum de la “fidelidad”. Sin embargo el mensaje es totalmente inverso: El Dios único y verdadero detiene el brazo parricida y abate la conducta pagana de Abrahán porque no admite sacrificios humanos, habituales en pueblos y religiones limítrofes.

¿Y qué pensar hoy de Jefté que sacrificó a su única hija por una “promesa” hecha a su “dios”? (Jue 11,34). Parecidos hechos terroríficos se relatan de una religión, en gran medida bárbara, como la judía. (Me llega esta inspiración mientras escribo: “O nuestro Cristianismo rompe totalmente con las aberraciones judías, por muy bíblicas que sean, o en vano vino Cristo”).

Y es que los judíos hicieron de la “expiación” el centro de su liturgia. Había que aplacar a un “dios iracundo” y comprar su perdón. Ese “dios terrible” se cobraba las culpas no solo del culpable sino que “castigaba la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación” (Ex 34,7 y otros). Y, desde luego, ordenaba exterminar a los enemigos.

Todavía en el Evangelio emerge la pregunta: “¿Maestro, quién pecó éste o sus padres, para que naciera ciego?” (Jn 9,2). Es que ese “dios de la expiación” no pasa ni una, o pagas tú o paga otro por ti… Pero ese no es el Abba revelado por nuestro Señor. ¡Ni muchísimo menos!

Sin embargo, los escritores judíos del NT no pudieron evadirse de su “mentalidad judía” al interpretar la muerte de Cristo. Les fue imposible entenderla y explicarla en otra clave que la que conocían. De ahí sus alusiones, más o menos claras, al “sacrificio expiatorio y vicario” de la Cruz.

No es racional exigirles otra cosa por muy iluminados que estuvieran. Sería como pretender que nos hubiesen transmitido el mensaje en un ordenador, con fotos a color y música de fondo. ¿O es que el Espíritu Santo no conocía estas modernidades? No podemos confundir la “esencia de la revelación” (el mensaje del cuadro) con la interpretación judía del escritor sagrado (el marco, colores y figuras).

Claro que eso lo sabemos ahora, con la perspectiva que da habernos alejado de la “pura letra”. Lo que no ocurría en el siglo XI cuando san Anselmo escribe, resume y consagra la teoría de la Redención como “expiación vicaria” de Cristo que sufre y muere por nuestros pecados. Y de esa forma obtiene el perdón de Dios para toda la humanidad. De ahí los extravíos de muchos Santos que se instalaron en la “auto agresión” (pecado contra el 5º mandamiento) para “expiar” sus pecados o los de otros.

Detrás de la “expiación propia o sustitutiva” está la imagen troglodita de un “dios terrible y justiciero” que solo perdona si hay pago. Y acepta, además, el dolor y la sangre como única moneda de cambio.

Vuelvo a preguntar: ¿Qué “dios” se alimenta de dolor, sangre, sacrificios y lágrimas? ¿Qué “dios” devora a su propio hijo? Y vuelvo a responder: Un ídolo mítico, tétrico, terrible y vengativo, como Saturno, que en nada se parece al Dios de los cristianos.

Es más, es una aterradora blasfemia tal paralelo. Nos la han tapado con palabras e imágenes dulces de un Padre con melena y barba blancas, que amó tanto al mundo que sacrificó a su Hijo… ¡¡Hipócritas!! (Por algo este epíteto es uno de los más evangélicos).

Soy incapaz de describir el agudo dolor que siento al comprobar que nuestra “autoritaria madre y maestra” (la prostituta que se auto proclama “santa”, por lo que está exenta de cualquier conversión o cambio) sigue difundiendo negras leyendas del pasado como una madrastra peligrosa y oscura. Y me duele porque es mi Iglesia, mi Familia, el Pueblo con el que camino a cuestas con mis pecados. Me duele porque hiere mi fe, la certeza del Dios amante y amado que palpita en mi corazón.

Lo digo porque esta meditación nace como respuesta a una “hoja dominical” del Arzobispado de Madrid donde un clérigo de campanillas escribe: “El sufrimiento vicario del Siervo, a favor de toda la humanidad, carga sobre sus espaldas el pecado de todos para liberarnos a todos… Los sufrimientos y la muerte del Siervo tienen carácter sustitutorio y expiatorio. Él actúa en nombre de Dios a favor de la colectividad. Toda la historia de la salvación se asienta sobre el concepto de personalidad corporativa y sobre la sustitución, etc.”.

Este teólogo “actual” nos vuelve a embarrar con absurdos conceptos sacados de viejos libros momificados. No nos habla con la “sabiduría del corazón” que intuye que un Dios amante no puede exigir el sacrificio de su propio Hijo como “pago vicario” de un castigo, decretado por Él mismo y ejecutado de forma terrible e inhumana sobre el Inocente, para cumplir su voluntad…

¡Qué desconcertante y horrendo que nos sigan golpeando con antiguas interpretaciones incoherentes y aterradoras que hacen daño a cualquier conciencia medianamente humana!

¿Qué diferencia hay, por ejemplo, con los sacrificios mayas de vírgenes y niños para satisfacer al dios Chac? Aquellos “salvajes” -de avanzada civilización- se creían perdonados y protegidos al ofrecer víctimas expiatorias a su “dios”, sangre humana a cambio de perdón y bendición. Es una constante histórica de muchas épocas y pueblos ante un “dios iracundo y vengativo”.

En contrario, la Buena Noticia nos revela que el Dios único y verdadero es un Padre amoroso. ¿Y qué hemos hecho, hermanos míos, con esa revelación central? Nos hemos deslizado por interpretaciones judaizantes hacia el primitivo “dios iracundo y vengativo” confundiendo la causa y el sentido de la Cruz del Señor.

¡Qué daño hacen estos curas y jerarquías a nuestra fe! Los fieles de hoy no podemos comulgar con ruedas de molino. Hacen daño, mucho daño, insistiendo en la “expiación vicaria” y envenenando con ella la Liturgia. ¡Cuánta conversión pendiente tenemos los católicos! ¿Los cerebros de los “planes pastorales” y los promotores de “vocaciones” quieren atraer a los jóvenes de hoy con estas historias de terror?

El sacrificio, el dolor y la sangre, no son ofrenda grata al Dios Amor, salvo que sean irremediables y se vivan con humilde aceptación.

Él está contra el dolor de sus hijos -como cualquier padre- y nos consuela en los sufrimientos causados por nuestros propios errores o por la injusticia de otros. Siempre apoya, sostiene y abraza. Jamás exige dolor a cambio de perdón, ni sacrificio a cambio de amor.

Su amor y su perdón están gratuita y permanentemente garantizados. ¿Entendemos esto de la gratuidad? ¿Cómo, entonces, podemos pensar que exige “expiaciones propias o sustitutorias”?

Otra cosa muy distinta a la “expiación” es el esfuerzo, el trabajo, la constancia y el sudor de quien quiere progresar en la vida, de quien quiere explotar sus talentos, de quien busca humanizar y humanizarse.

Otra cosa muy distinta es la “ley de la causalidad”: A tal causa corresponde tal efecto. Si te dedicas a robar terminarás pudriéndote en la cárcel. Si no trabajas y te esfuerzas, terminarás en la miseria. Si no respetas tu cuerpo y lo cuidas, terminarás enfermo y sufriente. De esas consecuencias tendrás que salir con esfuerzo y dolor. No son “expiación” ante un Dios justiciero, son las consecuencias de tus malas elecciones.

Otra cosa muy distinta es la “conversión” y la “rehabilitación” de los malos funcionamientos que te han degradado como ser humano. Si descendiste a la degradación, tendrás que hacer el esfuerzo de volver a subir a la condición humana.

Otra cosa muy distinta es el “gratuito amor oblativo” de quien se dedica a cuidar y ayudar a otros por encima incluso de sus propias necesidades.

Ahí están miles de religiosos y religiosas renunciando al amor de pareja, al dinero y a su libertad de movimientos (castidad, pobreza y obediencia) para dedicarse a ayudar. En muchas ocasiones para paliar las consecuencias de pecados y errores de otros (cárcel, enfermedad, pobreza, adicciones, tristeza, inseguridad, etc.).

Ahí están miles de padres y madres de familia poniendo por delante el bien de sus hijos. O miles de profesionales cristianos viviendo su trabajo con verdadera y solidaria entrega.

Nada que ver todo esto con la “expiación vicaria”. La hemos conservado como piedra angular de un tinglado religioso irracional, que agrede al Abba revelado en el Evangelio, que cierra la puerta al Espíritu y a su llamada continua. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa” (Jn 16,12). No dice que la conseguiremos o la hayamos conseguido -como presumen quienes dicen tenerla en el bolsillo- sino que nos guiará en su búsqueda.

Nos han creado individuales y libres. Y así debemos afrontar nuestro progreso en la vida. Los otros pueden reconocer nuestro potencial, iluminarnos, querernos, acompañarnos, pero no pueden crecer por nosotros, ni pueden discernir, elegir y actuar por nosotros. Es absurdo pensar que puedan “expiar” por nosotros. Y más absurdo todavía pensar que Dios exige “expiación” alguna.

El Dios de los cristianos solo busca encontrarse con nosotros para ayudarnos a desarrollar la vida y hacernos felices acá y allá. Esa es la finalidad de la Creación, de la Encarnación y de la Redención. Y nosotros enredados en seguir jugando con crucigramas judíos…

Si no somos capaces de escanciar la novedad del Evangelio y de renunciar con inteligencia a la ancestral barbarie religiosa, seremos incapaces de avanzar y descubrir la “nueva” evangelización que necesita el evolucionado ser humano de nuestro tiempo.

Religión Digital  –  Madrid

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