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Belleza del encuentro cotidiano y prácticas de bien-estar 

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Este artículo pretende adentrarse en el concepto de “encuentro” y de “bien-estar”. En una época marcada por el dominio de la imagen y de lo estético, se sostiene que el encuentro entre los sujetos pasa por la mediación de la belleza y de la fraternidad. Estos elementos constituyen a su vez espacios para encontrar al Dios de Jesucristo quien se ha manifestado y autocomunicado con el mundo como fuente de belleza, de paz y fraternidad.

 Una época marcada por la imagen y la estética

La época actual está caracterizada por la explosión de imágenes y de estímulos. Colores, formas, sonidos, pantallazos nos rodean y forman el imaginario social en el que estamos imbuidos. Es una época profundamente estética. El tema es que no todas estas prácticas estéticas provocan bien-estar. Hay también un mal-estar. Basura en las calles, destrucción de ciudades y de países enteros, por ejemplo el caso de Siria, deforestación, contaminación de las aguas, de los suelos y de los cielos, estímulos que atentan contra nuestra niñez, incendios naturales y sociales, inseguridad generalizada.

Pareciera que la estética, la belleza, está siendo devorada por prácticas y espacios de fealdad, de mal-estar, de des-comunión y de pérdida de vínculos de fraternidad. Con la experiencia de las comunicaciones pasa otro tanto. Llach (2007) comenta que la época contemporánea, llamada por algunos como posmodernidad implica también la verificación de que “es impensable la globalización no sólo sin la comunicación, sino de manera particular, sin la comunicación por la imagen”. La belleza es un lenguaje, un vehículo de transmisión de pensamiento y de realidad. El bien-estar, como verificación de dicha estética es también un espacio de alegría, distención y fraternidad. La fealdad, la desarmonía, son espacios de apatía, de abulia, de inseguridad, de mal-estar.

Repensar nuestras prácticas de encuentro y fraternidad

¿En qué sentido el bien-estar provoca prácticas de fraternidad? ¿Cómo el estar como en casa implica la vivencia de la belleza? En América Latina se da una especial sensibilidad para provocar las prácticas de reconocimiento mutuo que fundan el deseado bien-estar. Nuestro continente tiene el carácter idiosincrático particular de agradecer los momentos de encuentro, de celebración, fiesta y del carnaval. En todos los países y pueblos de nuestro continente son recurrentes las celebraciones populares, tanto religiosas como civiles o culturales, las cuales van acompañadas de oraciones, rogativas a los espíritus tradicionales de las religiosidades indígenas o aborígenes, y también del compartir la mesa, la comida y la bebida. El carácter de vivir-entre va cruzado y está fecundado por la comunicación con lo divino. En el encuentro, en la belleza, experimentan las comunidades una síntesis entre lo humano y lo divino, que en términos teológicos y con todas sus limitantes, se puede entender como un espacio para encontrar al Dios de Jesucristo.

Cada pueblo, con sus propias sensibilidades y experiencias particulares, va favoreciendo una dinámica estética y del bien estar a favor de la vida y de la comunicación con lo divino. El rescate y el respeto de las cosmovisiones ancestrales, de sus prácticas de bien-vivir también representan un desafío teológico y eclesial para la Iglesia que peregrina en nuestro continente. La fraternidad debe ser también una práctica con las comunidades indígenas y locales. Dentro de la opción preferencial por los marginados está también este acercamiento respetuoso y dialogante con las comunidades que estaban antes en estas tierras y con ellas abogar por las prácticas del bien – estar, de la Vida y de la vida en abundancia (Cf. Jn 10,10).

La mediación del arte y la belleza en el encuentro

A propósito de la belleza, Irarrázaval (2013) reconoce cómo el arte, entendido como vehículo de transmisión de lo hermoso, representa para los pueblos indígenas del continente una síntesis entre la vida y la muerte. Hay belleza en todo el proceso existencial de la persona, y lo creemos porque el Dios que es la belleza por excelencia ha dejado su huella en el ser humano creado a imagen y semejanza de su belleza. Así comenta este mismo autor que “la producción y comunicación artística es otra piedra angular en la espiritualidad andina. A través del arte un pueblo expresa su sensibilidad y auto-valoración, sus vínculos con el Misterio, sus modos de encarar la muerte y la vida”.

Que la estética acompañe todo el proceso vital de la persona, desde el nacimiento hasta la muerte, nos ponen en la perspectiva de que ella representa un fenómeno que excede sus sentidos normales. La belleza nos hace volver la mirada constantemente sobre aquellas cosas que más llaman nuestra atención, aquellas que valoramos más. La belleza también viene a forjar la comunión humana, la fraternidad. Ante la belleza es mejor callar que inventar discursos. Uno experiencia la belleza. Nos dejamos deslumbrar por ella. Es por ello que Irarrázaval recuerda que en sus contactos vivienciales con las comunidades andinas pudo comprender cómo la población andina recrea la realidad de manera simbólica. Le da espacios a la danza, la música, la tradición oral, la religiosidad, los gestos de amor, los juegos, la artesanía y la fuente. Por ello, Irarrázaval habla de un “compartir estético”, es decir, de modos de sentir, comunicar, recrear la realidad cotidiana; y ellos son generados por la gente común y sus portavoces.

La belleza se comparte comunitariamente. La danza, la fiesta, la música, las artes, las manifestaciones de vida, solidaridad, compromiso con los marginados poseen una implicancia política y social. La belleza no es un patrimonio exclusivo para el sujeto individual, antes bien, manifiesta el sentido colectivo de la persona humana. Gracias al compartir estético, a la socialización de la belleza y de sus manifestaciones, comprendemos cómo ésta va unida íntimamente con las prácticas de fraternidad y de bien-vivir, de bien-estar. Hay una pluralidad estética.

Un nuevo relato social que integre le belleza del encuentro

El bien-estar, las prácticas de acogida y de reconocimiento de las diferencias, no como espacios de temor, sino que como una polifonía, como concierto de muchas voces que a su modo entonan la misma canción. Lo anterior implica finalmente la construcción de un nuevo relato, de una narrativa del bien-estar estético, ético, teológico, cultural, político, social. Es por ello que como comenta la socióloga Claudia Concha (2011) a propósito de la realidad de la región del Maule en Chile: “construir un nuevo relato integrador para el Maule (nosotros agregamos para O’Higgins) parece ser indispensable. Para ello se requiere incorporar las voces que tradicionalmente han estado más excluidas de la conversación regional, lo que implica a su vez, dar legitimidad a los relatos que expresan sentimientos de pérdida, de retroceso, de impotencia, de injusticia”. Este relato integrador ha de buscar espacios de multiculturalidad, de belleza y de un éthos común, de una idiosincrasia que asuma la diferencia y los desafíos de la hospitalidad, de la convivialidad y de la habitabilidad y la belleza del encuentro.

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Candidato a Magíster en Teología Fundamental (UC)

 

 

 

 

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