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Trump y el gasto militar como arma 

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El presidente de Estados Unidos se ha apartado de muchos patrones básicos de prudencia de la diplomacia moderna y permite un grave retroceso en materia de seguridad nuclear. Washington y Moscú tienen más armas de las que requieren para eliminarse el uno al otro. Y lo ahora propuesto tendrá un costo de US$ 400 mil millones: es una muy riesgosa espiral armamentista.

El presidente Donald Trump sorprendió, durante su campaña, por el deseo de entablar buenas relaciones con Rusia. Como candidato de la derecha dura republicana, estuvo en este punto más cerca de “las palomas”. Ello frente a los demócratas, liderados por Hillary Clinton, que asumieron posturas más propias de “los halcones”, para usar la metáfora empleada en Washington. Así aparecían cruzadas las líneas tradicionales. Tan conciliatorios fueron los planteamientos de Trump hacia el presidente Vladimir Putin, que despertaron sospechas de que tenía algún acuerdo bajo cuerdas con Moscú. El asunto pasó a mayores luego de que WikiLeaks develó una serie de correos secretos del Partido Demócrata que tuvieron un impacto negativo para la candidatura de Clinton. Surgió entonces la acusación de que los correos fueron obtenidos por agentes rusos y filtrados a la organización dedicada a revelar información confidencial. La entonces candidata demócrata acusó a Trump de ser una marioneta de los rusos. El asunto está lejos de aclararse y hay una investigación parlamentaria en curso.

En todo caso, dada la voluntad declarada del mandatario de unir fuerzas con Rusia para combatir al yihadismo, específicamente al Estado Islámico, cabía esperar cierta distensión en las relaciones de las dos mayores potencias nucleares.

Sin embargo, una cosa es lo que indica la lógica y otra son los hechos. En el caso del actual gobernante estadounidense, es difícil saber a qué atenerse siguiendo sus declaraciones. En su reciente mensaje a la nación ante el Congreso, dijo que ansiaba la paz, pero solo días antes había expresado el deseo de que Estados Unidos “comience a ganar guerras una vez más”. A lo largo de su campaña caricaturizó a su país como un perdedor en el campo bélico y prometió que daría nueva musculatura a las Fuerzas Armadas. En uno de los debates presidenciales Clinton le preguntó cuál era su estrategia para combatir al Estado Islámico y Trump le respondió que no era tan estúpido como para divulgar al enemigo sus planes. Así, se refugió en el necesario secreto operativo para eludir pronunciarse sobre el enfoque estratégico. Su estilo es guardar el mayor número de cartas bajo la manga.

EL PRINCIPIO DE OPACIDAD

Trump proviene del mundo financiero y especulativo donde el secreto es una segunda piel. Es algo que tempranamente John Rockefeller —el fundador de Standard Oil, predecesora de Esso y Exxon— postulaba como parte de su filosofía de negocios: “Yo me pregunto qué general manda en forma anticipada a una banda con bombos y platillos para avisar al enemigo que será atacado”. Se trata de un principio de opacidad que las grandes empresas petroleras y muchas otras conservan. Cual ejército en campaña, entregan el mínimo de información posible sobre sus operaciones. Como los militares, con frecuencia recurren a maniobras diversionistas para ocultar sus propósitos comerciales de cara a sus competidores. Pero lo que funciona en el ámbito empresarial puede ser muy peligroso a nivel de la mayor potencia mundial. La lógica de los Estados es otra. Les conviene explicitar sus intenciones en materia de relaciones internacionales.   Por eso establecen reglas de enfrentamiento, que son una advertencia sobre cuándo y en qué circunstancias emplearán la fuerza, y también se trazan líneas rojas imaginarias que, si son cruzadas, reciben respuestas punitivas. Es claro que el actuar de Trump está dictado por su experiencia comercial de sorprender a sus competidores, antes que por la visión de un estadista que busca la estabilidad internacional.

 EL PRESUPUESTO BÉLICO

Dado que las intenciones de Washington son brumosas, un buen indicador es analizar el gasto bélico para deducir cuáles son las prioridades. El anuncio del nuevo presupuesto bélico, que deberá regir el 2018 si es aprobado por el Congreso —donde Trump tiene mayoría en ambas cámaras— prevé un aumento de 10%. Es un incremento de US$ 54 mil millones: alrededor de once veces más de todo lo que gasta Chile en Defensa en un año. Ese solo aumento equivale casi al presupuesto militar anual ruso, que es de US$ 58 mil millones.

Washington destinará la friolera de US$ 603 mil millones a aprestos bélicos. El gasto previsto asegurará que el Ejército pase de los 480 mil efectivos actuales a 540 mil. Los infantes de marina pasarán de 23 batallones a 36, lo que representa varios miles de nuevos uniformados que se sumarán a los 183 mil en servicio. Este es un dato importante, pues los marines son una fuerza expedicionaria embarcada, especializada en desembarcos anfibios, y, como tal, son el primer destacamento de intervención en operaciones en el extranjero. La Armada recibirá 74 buques y submarinos adicionales, con la meta de alcanzar 355 grandes unidades de combate. La Fuerza Aérea contará con otro centenar de aviones de última generación para totalizar 1.200 aparatos.

Hoy, en términos de ejércitos regulares, ningún país podría enfrentar a Estados Unidos en un conflicto fuera de sus propias fronteras. Trump cree en la vieja e ilusoria ambición de ser tan fuerte que los demás no tengan más opción que someterse. Son muchos los ejércitos que contaban con una gran superioridad, pero que fueron derrotados en el curso de procesos de ocupación: les ocurrió a los soviéticos en Afganistán, a manos de los muyahidines entre 1979 y 1989.

A propósito de cuán relativa es la fuerza militar, viene al caso recordar una anécdota sobre la guerra de Vietnam. En 1969, al llegar a la Casa Blanca, Richard Nixon ingresó a una computadora del Pentágono toda la información disponible sobre Estados Unidos y Vietnam del Norte: población, producción industrial, ingreso per cápita y arsenales respectivos. Luego, consultó a la computadora: ¿cuándo ganaremos? La máquina respondió inmediatamente: ustedes ganaron en 1964.

La fuerza de los países para imponer su voluntad sobre otros Estados depende de varios factores, además del militar. Cuentan la fortaleza económica, la amplitud y efectividad de sus alianzas internacionales, y también el llamado “poder blando”. En él destaca la diplomacia, así como la capacidad de persuadir a los pueblos de que se tiene una causa justa, entre otros factores. En realidad, lo que propone Trump es desvestir a un santo para vestir a otro. Para transferir fondos al Pentágono, restará 30% del presupuesto del Departamento de Estado. De este recorte, un 40% corresponderá a las contribuciones del país a ciertas agencias internacionales, entre ellas, las Naciones Unidas. Algunos militares entienden los peligros que acarrea debilitar la diplomacia. El general James Mattis, el actual ministro de Defensa de Trump, respondió en 2013 en el curso de una comparecencia ante una comisión del Congreso: “Si no se financia adecuadamente al Departamento de Estado, yo necesitaré comprar más municiones”. Otro gran perjudicado con los recortes para engrosar los recursos para la defensa es la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por su sigla inglesa) que perdería un cuarto de sus ingresos. Ello, en circunstancias que el calentamiento global es la mayor amenaza para el conjunto de la humanidad. Desde hace años se observa cómo el cambio climático no solo causa estragos, sino que está en la raíz de numerosos conflictos. La efímera “primavera árabe” fue acelerada por años de sequía que alentaron a los movimientos sociales de cambio.

Los más satisfechos con el enorme incremento del gasto bélico son, por supuesto, las empresas del llamado complejo industrial-militar. Apenas conocidos los anuncios, las acciones de las mayores corporaciones fabricantes de armamento subieron entre 1 y 2%. Trump, en todo caso, ha dicho que no quiere cargar con todo el peso del gasto militar y ha advertido a sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que deben cumplir con los compromisos contraídos. El grueso de los miembros de esta ha reducido sus contribuciones desde el fin de la Guerra Fría, puesto que no vislumbran amenazas militares de magnitud. La mencionada exigencia crea fricciones entre Estados Unidos y Alemania que, en la actualidad, destina el 1,2% de su PIB a la defensa, en vez del 2% convenido. La crítica de Washington fue mal recibida por el Gobierno alemán que, por boca de Sigmar Gabriel, su ministro de Relaciones Exteriores, respondió: “Debemos ser cuidadosos de no sobrevalorar la meta del 2%”. Explicó que es importante mantener la perspectiva y “permanecer focalizados en el objetivo y evitar ser consumidos por el entusiasmo de una nueva espiral armamentista”.

El ministro alemán tiene en mente lo ocurrido en los ochenta y no le atrae revisitar esos tiempos. Entonces el gasto militar fue un arma en sí. Uno de los factores que precipitó la implosión de la Unión Soviética fue la desenfrenada carrera armamentista que debió sostener con Estados Unidos. El presidente Ronald Reagan levantó la vara con el desarrollo de la dimensión espacial de la pugna, a través de la llamada “Guerra de las galaxias”, que contemplaba satélites asesinos (de otros satélites) y rayos láser capaces de inutilizar cohetes y ojivas. El proyecto quedó incompleto, pero forzó a Moscú a invertir sus escasos recursos en un área sin retornos sociales ni económicos. Forzar a un país a gastar en defensa es una forma de frenar su desarrollo.

LA AMENAZA NUCLEAR

Durante muchas décadas el mundo dependió de un tenue equilibrio mundial que descansaba sobre lo que se llamó la “destrucción mutua asegurada” o Mutual Assured Destruction, MAD (en inglés, “loco”). Washington y Moscú produjeron, entre ambos, 60 mil ojivas nucleares, de las cuales 23.902 eran estratégicas, es decir, de alcance intercontinental. Las bombas más pequeñas almacenadas por Estados Unidos son las mininukes, minas destinadas a la destrucción de blancos específicos. Existe un equivalente naval de minas submarinas para la destrucción de sumergibles. También hay municiones para teatros de acción acotados.

La progresión de los megatones es escalofriante. Durante toda la Segunda Guerra Mundial fueron arrojados explosivos por un equivalente a 6 megatones; en la guerra de Corea, 0,8 megatones, y en Vietnam, 4,1 megatones. En los tres conflictos el equivalente a casi 11 megatones mató a 44 millones de personas. Hoy el arsenal nuclear cuenta con una capacidad explosiva de 18 mil megatones. Es lo que con toda justicia se ha llamado la “sobredosis letal”.

La tenencia de armas nucleares toca el nervio vivo de las relaciones de poder y altera de manera radical el ámbito de la seguridad. Su impacto, más que militar, es político. Si una multitud de Estados consigue dotarse de armas atómicas junto a los medios para lanzarlas, cambiará el balance bélico del mundo. Los arsenales que otorgan una supremacía sin contrapeso serán redundantes. Es lo mismo borrar del mapa a una ciudad con un misil balístico, lanzado desde un submarino sumergido a miles de kilómetros, que destruirla mediante un arma primitiva detonada por un par de agentes incógnitos.

Los que tienen el monopolio de la destrucción masiva no están dispuestos a perderlo. Pero ello no fue reparo para promover en 1968 el Tratado de No Proliferación (TNP), que entró en vigor en 1970 y que establece que los países que poseen armas nucleares facilitarán la tecnología para producir energía núcleo-eléctrica. A cambio, los que aún no tienen estas armas se comprometen a no desarrollarlas. Por su parte, los con arsenales atómicos prometieron frenar la carrera armamentista en este campo e iniciar un desarme gradual. Desde entonces han quedado al descubierto las falencias del Tratado.

En un enorme retroceso, Tump postula ahora la modernización del arsenal nuclear de su país. Corea del Norte, Corea del Sur, Japón, Irán, Brasil, Argentina o Arabia Saudita, por mencionar países que tienen la capacidad potencial de fabricarlas, pueden preguntarse por qué algunos pueden tenerlas y otros no. Es claro que no hay voluntad de cumplir con la promesa de eliminar las armas atómicas. Las negociaciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos para reducir sus arsenales atómicos comenzaron en 1972. Una primera meta fue establecer una paridad y, más tarde, acordaron limitar sus existencias a 1.550 ojivas nucleares estratégicas. De todas formas, tanto Washington como Moscú disponen de más armas de las que requieren para eliminarse el uno al otro. La actual modernización propuesta por Estados Unidos se estima que tendrá un costo de US$ 400 mil millones de aquí al 2026: ni más ni menos que una espiral armamentista nuclear. Mijaíl Gorbachov denunciaba el viejo hábito de las grandes potencias de morderse la cola con políticas inútiles. Nada nuevo bajo el sol.

Raúl Sohr  –  Analista Internacional / (Chile).

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