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El Resucitado nos invita a Resucitar 

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“No temas, soy yo, ve. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la Muerte y su reino” (Apocalipsis 1,18). Así comienza el diálogo del Señor Jesús resucitado y glorificado con el vidente Juan en el libro del Apocalipsis. En ellas se condensa esto de que el resucitado nos invita a resucitar. Quisiera abordarlo en tres sencillos puntos.

  1. UNA ESPERANZA PARA UN TIEMPO DE CRISIS

La literatura llamada apocalíptica es escrita en tiempos de crisis y de persecución. Parece como que la cosa ya no da para más. ¿Nos hemos sentido así? ¿Hemos sentido cómo que todo está patas para arriba? Puede ser a nivel cósmico, a nivel político, social, personal y también a nivel de Iglesia.

El Resucitado irrumpe en un tiempo de crisis. Recordemos a los discípulos de Emaús: dice el texto de Lucas que iban caminando desanimados, angustiados. La angustia es signo de una carencia, de un derrumbe moral. El maestro había sido asesinado. Ya no sacan nada con quedarse en Israel aguardando “esperanzas baratas”. Por eso vuelven a Emaús, a la casa paterna para buscar en ella algo de consuelo.

Pero Jesús se acerca, y dice el texto: “sus ojos no podían reconocerle” (Lc 24,15). Jesús trabaja y dialoga con la persona en sus situaciones límites. La crisis de Emaús es también la crisis de la Iglesia de hoy, de ayer y de mañana. Jesús se sigue acercando a nosotros pero no sabemos reconocerle. La crisis nos habla de Dios y nosotros podemos hablar de Dios en la crisis.

Porque la crisis es una oportunidad de cambio. La palabra crisis viene del griego y significa: discernir, optar, cambiar. La crisis nos invita a la conversión, a cambiar de mirada, a mirar desde los ojos humanos del Cristo resucitado. En la resurrección se renueva la esperanza y la capacidad de cambiar nuestra vida. De como dice San Pablo, dejar morir el hombre viejo y resucitar con el hombre nuevo Jesucristo. La resurrección es la superación de la oscuridad del sepulcro, de la vida sin sentido, de una Iglesia vacía de amor y misericordia pero llena de leyes que ahogan. La resurrección es la puerta abierta a la contemplación definitiva del Cristo resucitado: No temas, soy yo, mira, ve, contempla, ama y déjate amar.

  1. LA RESURRECCIÓN ES UN ENCUENTRO NUEVO

El Señor resucitado dialoga con Juan: Mira, soy yo. Ocurre un encuentro, pero no con alguien extraño. Es el mismo Señor. Es la cuestión de la identidad a la que el Padre nos invitaba a reflexionar el Domingo que recién pasó. En los relatos de las apariciones de Jesús resucitado se marca mucho la relación: continuidad – discontinuidad, es decir, Jesús es el mismo ahora y siempre (continuidad) pero ha superado la historia. Algo nuevo aconteció en la Resurrección (discontinuidad).

Así en el Evangelio de Lucas se lee: “Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. Ellos quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu. Pero él les dijo: Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien” (Lc 24,37-39). Estamos en presencia del valor del “Yo soy” de Jesús que se encuentra con el “yo soy” de cada uno de nosotros y con el “nosotros somos” de la Iglesia.

Y éste encuentro es el que salva. Benedicto XVI dice que no se comienza a ser cristiano por una gran idea o una ética bien elaborada, sino que esto ocurre gracias a un encuentro nuevo que transforma la vida y que le da un nuevo sentido a nuestra existencia. Jesús resucitado es quien toma la iniciativa de ponerse a caminar con nosotros como en Emaús, de entrar a la sala común como en el texto que comenté recién, de aparecerse a las orillas del lago de Galilea y tenernos preparado desayuno, de salir bruscamente al encuentro de Pablo, tomarlo de la mano y enviarlo a evangelizar.

La resurrección, dice Benedicto XVI, “fue un acontecimiento en la historia, un encuentro con una persona viva que se acerca a mi desde fuera”. Y de éste encuentro tenemos testigos que nos contaron, y a los cuales hemos creído, no por su palabra, sino por el acontecimiento que nos contaron. La resurrección es una invitación a lo nuevo, a una espiritualidad renovada, a una Iglesia más evangélica y nazarena, a una mística de ojos abiertos, a un discernimiento de la voz del Espíritu que ruge en la historia de las comunidades cristianas y no cristianas. El que no crea esto, no puede decirse cristiano.

Y ese encuentro es “en el Espíritu”. Por ello no podemos cerrar la ventana a la fuerza liberadora de la presencia del Resucitado, presencia que nos convierte en Iglesia profética, en Iglesia samaritana, en Iglesia en salida. Si Jesús de Nazaret salió a nuestro encuentro, si él nos “amó primero”, es porque la libertad del Espíritu ha entrado a nuestras muchas veces desgastadas prácticas pastorales y las ha renovado desde abajo y desde dentro. Las bases son remecidas, el corazón arde. Así es la presencia de Jesús de Nazaret, así ocurre el encuentro.

  1. LA RESURRECCIÓN CREA UNA NUEVA RELACIÓN ENTRE NOSOTROS

El Resucitado dice al vidente Juan: tengo las llaves de la muerte y de su reino. Reino es poder, pero en la muerte es un poder despótico, un poder que es usado para beneficios de unos pocos. Muerte es egoísmo de vida. La muerte es la acción del demonio que intenta que algunos vivos mueran en vida y que las relaciones entre nosotros se trastoquen, se diluyan, se resquebrajen.

La resurrección de Jesús tiene alcances cósmicos, universales, ecológicos. La resurrección instaura nuevas formas de relacionarnos: amor, gratuidad, solidaridad, acompañamiento, paz. Es el inicio de una nueva “ecología humana” dirá el Papa Francisco. Una ecología humana supone crear un “clima organizacional” apto, sólido, libre y liberador. Un clima de trabajo, de vivencias interpersonales que den espacio a la creatividad: “mira que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5) dirá Jesús en el Apocalipsis.

La resurrección de Jesús es el inicio de una nueva creación, de una nueva humanidad, de una nueva comunidad de creyentes. En la mañana de la resurrección la Iglesia es ungida con un óleo nuevo: con el óleo de la alegría, del servicio, de la misión de desgastar la vida, no sólo hacia afuera, sino también hacia adentro, con nosotros mismos. En la resurrección, el Padre Dios ha rehabilitado a Jesús, le ha dado la razón. Es una invitación a rehabilitarnos entre nosotros, a ayudarnos a caminar, a levantarnos cuando caemos, a crear una “parroquia respirable”, “aromática”, “armónica, musical”, “sabrosa”. La vida nueva de Jesús es la apertura a la vida, y a la vida en abundancia.  El Resucitado nos invita continuamente a resucitar. Cada día debe ser resurrección.

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Magíster candidato en Teología Fundamental (PUC).

 

 

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