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J. Comey, el hombre que se hizo demasiado incómodo 

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James Comey siempre fue un verso suelto. Propenso a marcar un perfil propio, la carrera de este jurista y nieto de un policía quedará para siempre marcada por su gestión del caso de los correos privados de Hillary Clinton y las sospechas de la posible trama rusa de Donald Trump.

Cuando lo ha creído conveniente Comey, neoyorquino de 56 años y origen irlandés, se ha desmarcado de la ortodoxia y ha hablado claro, lo que ha costado reprimendas. Ya fuera en asuntos de racismo de la policía, espionaje o las dos investigaciones con más poso político de los últimos años en Estados Unidos: el servidor de Clinton y la presunta conexión entre el entorno de Trump y la Rusia de Vladímir Putin.

Nunca se sabrá por qué Comey hizo lo que hizo en las pesquisas al servidor de correo privado de Clinton como secretaria de Estado. En julio de 2016, por anunciar a la prensa que la conducta de Clinton no era ejemplar pero que no había hecho nada delictivo. Y en octubre, a 11 días de las elecciones presidenciales, por revelar que reabría la investigación a la demócrata, que volvería a cerrar al cabo de pocos días.

En ambos casos incumplió las directrices habituales. No sé sabrá si fue el afán de protagonismo, la voluntad de evitar sospechas o, como alega Comey, su deber de justicia.

El pasado miércoles, en su primera comparecencia pública sobre el caso, el jefe de la agencia policial esgrimió ante el Senado que haber ocultado la nueva investigación a Clinton habría sido “catastrófico y hubiera acabado con el FBI”. “Tiempo antes había declarado bajo juramento al Congreso que la investigación se había cerrado; no podía ocultar que se había reabierto tras el descubrimiento de nuevos correos”, argumentó.

Comey, que tiene cinco hijos y en el pasado estuvo registrado como votante republicano, confiaba en seguir en el cargo con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Así lo filtró su entorno en enero a la prensa en la primera semana de presidencia del republicano. Pero algo se ha ido torciendo desde entonces hasta su fulminante despido este martes como director del FBI, el mismo día en que se ha sabido que dio información errónea en su testimonio la semana pasada sobre Clinton.

Ya fuera el hecho de que era un activo tóxico que dañaba la imagen de la institución, el chivo expiatorio de los demócratas por su derrota electoral o el peligro de la investigación que lideraba sobre la posible conexión de Trump con Rusia. Posiblemente tampoco se sabrá nunca el motivo.

El mandato de Comey era de 10 años. Finalizaba en 2023 siempre que no fuera despedido o renunciara, algo que no tenía previsto hacer. Lo designó en 2013 para el cargo el Gobierno del demócrata Barack Obama.

Su anterior etapa en el gobierno fue como número dos del Departamento de Justicia, entre 2003 y 2005, durante la Administración del republicano George W. Bush. Entonces, ya dio algún titular informativo. Por ejemplo, se negó a renovar uno de los permisos del sistema de vigilancia de la Agencia Nacional de Seguridad porque no contaba con la aprobación del Departamento de Justicia.

Su carrera judicial empezó a finales de los años ochenta en la poderosa oficina de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York y que acabó dirigiendo. Entre sus actuaciones más notorias, la investigación a la familia Gambino, uno de los cinco clanes mafiosos que controlaba las calles de Nueva York. También la acusación a la estrella televisiva y empresaria Martha Stewart por irregularidades en bolsa.

Entre sus etapas en los gobiernos de Bush y Obama, Comey fue vicepresidente del gigante de fabricación de defensa Lockheed Martin, trabajó en un fondo de inversión y fue profesor de Derecho en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

En sus tres meses trabajando para Trump, la sombra de Clinton y de la trama rusa del entorno del presidente le han perseguido. No ha logrado dejar de ser noticia ni de mantener un perfil propio, que seguramente se ha hecho demasiado incómodo para Trump. El 20 de marzo fue el mejor ejemplo: confirmó que el FBI investiga los posibles lazos rusos del presidente y desmintió la acusación del magnate de que Obama ordenó espiarle.

Joan Faus   –  Washington

Agencias Noticiosas  –  El País

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