|Viernes, Diciembre 6, 2019
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Hello Mr. Trump 

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Pedro Pablo Achondo, SSCC.-

Llegó el día en que se encontrarían el Papa Francisco y el presidente de los Estados Unidos.

La coyuntura mundial hacía que las expectativas fueran altas. Donald llegó con una comitiva despampanante y el desplante de seguridad en Roma llamaba la atención de todos los ciudadanos. Le dijeron al Papa que esperara en su despacho, como era costumbre para recibir a tan altos mandatarios. Pero Francisco no es igual que todos. Lo había hablado con su secretario: Que lleven al señor Trump a la sala contigua, esa que da al patio. El presidente siguió al secretario intuyendo que esto no estaba en el protocolo.

Hello mister Trump, dijo el papa Francisco. Se subieron a un auto pequeño y común que los esperaba. Y partieron a visitar un suburbio de Roma. En el camino conversaron un poco y Francisco le explicó que le gustaría realizar el encuentro en otro lugar, dado que la visita era alguien tan especial. “So do you”, dijo Trump sonríendo. Llegaron a un sitio eriazo al borde de un edificio antiguo que parecía abandonado. Allí el papa le contó sobre las miles de familias que (sobre)vivían en esos bloques y como cientos de ellas estaban destruidas por la droga; de cómo se compran y venden armas traídas de los Estados Unidos; le mostró unos niños corriendo y jugando; todos ellos migrantes, hijos de refugiados.

Le dijo que probablemente ninguno de ellos tendría una vida digna y feliz. Trump se sentía incómodo, pero respetuoso oía lo que Francisco le narraba. El obispo quería que el presidente viera a los pobres, contemplara sus viviendas y atisbara, al menos, la distancia sideral entre políticas de escritorio y la vida real de los seres humanos. El chofer le dijo al papa que tenían poco tiempo antes que llegara la prensa. Francisco se arrodilló y en voz alta oró por la paz, por el desarme de las naciones, por la justa redistribución de los recursos, por la tolerancia, el respeto y el amor al diferente, al extranjero, a las víctimas. Trump se conmovió. Cerró sus ojos y a su modo también oró.

Concluyó Francisco con una larga letanía por la creación, por el cuidado de la Casa Común, pidiendo la transformación real de nuestras prácticas de consumo, implorando la lucidez ante el demonio que destruye la tierra y las personas por un falso progreso, pidiendo solidaridad y de una vez por todas nuevas políticas y desiciones ante naciones que se mueren en el abandono y la ignorancia. Unas aves mordisqueando la basura se robaron la atención de los comensales.

Volvieron al auto de regreso al Vaticano. El papa notó la obvia conmoción de Trump. Guardó silencio. Una vez en el despacho se dieron la mano y mister Trump le dio las gracias: una lección de humanidad, le dijo. El papa le regaló un ejemplar de la Laudato Si. En el avión, la señora de Donald notó que había una estampita de santo Toribio Romo -gesto tan latinoamericano; patrono de los (in)migrantes, con una nota que decía: “Era forastero y me acogiste” (Mt 25, 35).

Sea bienvenido siempre Mr. Trump. Suo fratello, Francisco.

Pedro Pablo Achondo, SS.CC.

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