|Miércoles, Octubre 18, 2017
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Francisco de Asís y la Opción por los Pobres 

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Francisco se parecía en todo a los pobres. El quería ser como ellos, incluso no podía soportar que alguien fuera más pobre que él. Y por eso entregaba lo que tenía de más que el pobre. Un día llegó un hombre pobre y enfermo al sitio donde estaba trabajando Francisco. Francisco al ver su doble calamidad, pobreza y enfermedad, se lamentó. Conmovido y lleno de compasión, empezó a hablar con su compañero de la pobreza. Pero éste opinaba: “Hermano, sí es pobre el hombre, pero de pronto no existe ninguno en la región que anhele tanto la riqueza como él”. Entonces Francisco lo reprendió y su compañero reconoció que había hecho un juicio temerario. Francisco le ordenó: “Ve y quítate tú hábito! Y luego póstrate a los pies del pobre y declara tu culpa! Y no le pidas sólo su perdón, sino también su oración!” El compañero le obedeció: Fue, hizo lo que se le dijo y luego regresó. Entonces Francisco dijo: “Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre”.

El movimiento Franciscano: de los pobres a la pobreza.

Francisco busca la solidaridad concreta con los pobres. Sólo en raras ocasiones habla de la virtud de la “pobreza”. Clara en cambio, que por su experiencia de vida diaria sólo se encuentra pocas veces con los pobres en su ambiente concreto, utiliza con frecuencia el término abstracto de “pobreza”. Ya en ella se tiene la impresión de que pasa de los pobres a la pobreza y que hace de ella algo así como una persona. Por eso ella habla maravillada de: “Oh, bienaventurada pobreza!” La pobreza es meditada, cantada, glorificada, elevada a todos los cielos.

Este desarrollo también se hace palpable en Tomás de Celano. Describiendo la comunidad, estando Clara aún viva (1228), él habla de una edificación espiritual en la cual se le asigna a la pobreza la función de piedra final. Las piedras de base o pilares son el amor fraternal y la inclinación contemplativa hacia Dios sobre ellas se construyen la humildad y la paciencia y luego la virginidad y el silencio. Pero todo esto es mantenido por la pobreza (cf. 1 C 19): En la segunda biografía, Tomás de Celano le pone en boca de San Francisco las siguientes palabras: “Dios se complace con la pobreza, sobre todo con la que se practica en la mendicidad voluntaria. Y yo tengo por dignidad real y nobleza muy alta seguir a aquel Señor que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (2 C 73).

La pobreza es elevada poco a poco hacia un ideal que pronto no tendrá nada que ver con la pobreza de los pobres. Esto todavía no es válido para Tomás de Celano. La pobreza sigue siendo tan concreta como radical. La pobreza de San Francisco incluso se convierte en motivo para criticar firmemente a los clérigos de la Iglesia: “¿Por qué vives codicioso de los réditos, clérigo de hoy? Cuando mañana veas en tus manos las rentas de los tormentos, comprenderás las riquezas de Francisco” (2 C 84).

Tales frases revelan más de manera indirecta que directa, el comienzo de un conflicto con la Iglesia. El clero seglar se da cuenta cada vez más, de que sus Iglesias se quedan vacías. Las personas acuden masivamente a los servicios de la orden mendicante. Su proximidad con las clases más bajas del pueblo y su pobreza son motivos poderosos para esto. Las consecuencias de esto, son la envidia y los celos entre la Orden mendicante y el clero eclesiástico. Antes de ocuparnos más detalladamente con esto, se debe narrar otro acontecimiento. En el siglo XII, Joaquín de Fiore tuvo una gran visión: El ve muy próxima la era del Espíritu Santo: una Iglesia que es pobre y arraigada en Dios, una Iglesia contemplativa de los pobres. Esta Iglesia, dice Joaquín, será anunciada por la creación de dos nuevas órdenes. En los años en los cuales Tomás de Celano presenta la segunda biografía de San Francisco, algunos franciscanos y dominicos comienzan a relacionar esta visión de Joaquín con ellos mismos. Ellos se sienten profetas de la Iglesia nueva por su pobreza radical y su manera de vida contemplativa. Uno de ellos, el hermano Gerardo de San Donino escribe un libro con el título: “El Evangelio eterno“, en el cual las enseñanzas de Joaquín de Fiore son difundidas y en parte falsificadas.

El libro, que al parecer tenía mucha acogida, de inmediato fue condenado por la Iglesia como peligroso y lo hizo quemar. Pero con tales ideas las Ordenes mendicantes precisamente se convierten en blanco del clero. Ronda un virus en la comunidades franciscanas y dominicas que durará por siglos. Los voceros del clero, los profesores de teología de la universidad de París, utilizan la defensa más tenaz que tienen a disposición: el peso de una tradición de doce siglos y el derecho eclesiástico vigente. Ellos sostienen que las Ordenes mendicantes no poseen ninguna base legal eclesiástica.

La propiedad no solo es una necesidad de peso para cualquier comunidad, sino también una condición para poder ejercer la profesión de cura de almas. Ya que los franciscanos y los dominicos no tenían “prebendas”, o sea ninguna existencia asegurada, no podrían dar sacramentos, ni predicar, ni celebrar la Eucaristía.

Esto iba, decían ellos, en contra de toda la tradición de derecho y de fe de la Iglesia. Desde el punto de vista puramente legal eclesiástico de entonces, los profesores tenían razón. Su concepción, teniendo en cuenta la enseñanza oficial de fe, debía ser en general como obligatorio. Realmente, al menos las comunidades seguidoras de San Francisco y Santa Clara, estaban basadas en una legislación débil: ellas solo existían gracias a un privilegio papal. Pero también la cura de almas, alrededor de la cual giraba toda la disputa, era un área que exclusivamente le incumbía al clero diocesano.

Sólo de manera excepcional los religiosos eran incluidos, por tiempo limitado y para tareas singulares específicas, en la cura de almas. En esa “disputa parisiense de las Ordenes mendicantes” como se llamaba esta fuerte discusión, participaban del lado de las Ordenes nuevas, los más grandes teólogos de ese entonces. Todos ellos redactaron libros para la “defensa de los pobres“, es decir, de las nuevas Ordenes, quienes colocaban la pobreza como centro de su forma de vida. Así o de manera similar, se titulaban los libros que escribieron en el lapso de un corto tiempo.

Además de esto, San Buenaventura redacta una nueva vida de San Francisco, para controlar el pensamiento de Joaquín de Fiore dentro de la Orden y para salvar a la Orden franciscana como comunidad eclesial. La disputa legal con el clero seglar se decide a favor de las Ordenes mendicantes y no por los argumentos más fuertes, sino por un decreto del papa: que esa “renovación”, esa unión en realidad nunca antes habida entre la pobreza y la cura de almas, no estaba en contra del Evangelio ni de la tradición de fe de la Iglesia; que él, el papa, tenía el poder pleno de encomendar la cura de almas a quien quisiera.

Y de esa manera él ordena que sean quemados los libros de todos los profesores parisienses. Los teólogos de las Ordenes mendicantes le agradecieron esto al papa, fortaleciendo y fundamentando su “Primado universal”. Un producto secundario de esta discusión teológica, es la enfatización progresiva de la pobreza. Esta se convierte cada vez más en el término central de la teología, en la virtud principal y más importante de todo un sistema de virtudes.

Con el tiempo se convierte en una especie de “persona”. “El pacto de San Francisco con la dama pobreza”, el Sacrum Commercium, encuentra aquí su lugar. Por mucho tiempo esta obra maravillosa se situó ya en los años inmediatamente después de la muerte de Francisco. Pero es más probable que tenga su “posición en la vida” en la mencionada discusión con el clero seglar.

Su redactor es un gran teólogo, probablemente Juan Peckam. Únicamente el título ya contiene toda una teología: la pobreza es una “señora”, una distinguida dama a quien Francisco venera y con quien hace un pacto. Sin embargo, ese pacto no se debe interpretar como un pacto marital, sino como un “pacto de salvación”. La pobreza no es su novia, sino la novia de Jesucristo, su Señor. También se ha dicho que la “señora pobreza” es la “cara femenina de Jesús”.

La obra narra la historia de San Francisco y sus compañeros: Ellos subieron a una montaña alta. Arriba los esperaba la señora Pobreza para sellar el pacto eterno de salvación con una cena. Antes de esto la Pobreza les cuenta su historia desde Adán y Eva hasta los tiempos de Francisco. Cuando ellos todavía estaban desnudos, ella había estado con los hombres. Nada se interponía entre los hombres y Dios, la pobreza era propia de los hombres. Pero entonces los hombres traicionaron la relación con Dios, el canal directo con Dios fue destruido abruptamente, el hombre tuvo que ponerse vestido. Desde ese entonces la pobreza fue despreciada y olvidada, hasta que Jesús se hizo cargo de ella y la “desposó”. En la desnudez del crucificado volvió a restablecer la pertenencia a Dios, la dependencia de Dios y la comunicación directa con Dios. Desde ese entonces la pobreza es necesaria para la salvación: sin pobreza no hay salvación!

Sin la pobreza no se puede estar unido a Dios ni a Cristo. Entonces la “Señora Pobreza” narró la continuación de su historia: en la Iglesia pronto se le volvió a olvidar hasta el momento en que ahora vienen Francisco y sus hermanos para renovar el pacto de salvación. En un tiempo posterior esa relación mística con la “Señora Pobreza”, adquiere un aspecto adicional: la “Señora” se convierte en “Novia”, con la cual se desposa Francisco. Respecto a esto, el cuadro pintado por el alumno de Giotto, “Maestro delle Vele” en la Iglesia de San Francisco en Asís, merece nombrarse: Francisco se desposa con su novia, representada en harapos, le son lanzadas piedras, ella es despreciada, pero detrás está el sacerdote Jesucristo quien bendice esa unión para la vida. A pesar de su expresividad, este cuadro no alcanza a igualarse con el Sacrum Commercium de la pobreza como señora.

Aunque el Sacrum Commercium es grandioso como obra literaria y destacado en su “personalización” de la pobreza, está relacionado con un desarrollo ominoso, bajo el cual aun hoy en día sufrimos: hablamos muy bonito sobre la pobreza y olvidamos lo que significa en la vida concreta; armamos todo un edificio de pensamientos, nos envolvemos con bellas teorías y nos alejamos de aquellos para quienes la pobreza significa necesidad y miseria. No es de sorprenderse que una y otra vez aparezcan hermanos y hermanas dentro del movimiento franciscano, que reclaman la pobreza original entre los pobres!

El movimiento franciscano vive una reforma detrás de otra y ha tenido que pasar por algunas pruebas de fuego para que los pobres no desaparezcan entre teorías bonitas. Al comienzo del siglo 15, de nuevo surge una discusión fuerte con la Iglesia. Los franciscanos hacen una diferenciación jurídica: poseer y utilizar. Se puede tener muchas cosas para simple uso sin posesión en un sentido legal. Aunque tal diferenciación es correcta en el sentido legal, se corre el peligro en la vida práctica de traicionar la pobreza de los pobres. Se acumulan casa tras casa, libro tras libro, cosa tras cosa: se tiene en realidad y verdaderamente todo, pero no se “posee”, solo se usa.

La gran mentira celebra triunfos. Por el otro lado está la Iglesia que es la propietaria de muchos bienes. La Iglesia era rica. Por eso los franciscanos la atacaban con la declaración: No sólo el cristiano, sino también la Iglesia no debía poseer propiedad, Jesús mismo no había tenido “dominium”, no había tenido propiedad. Pero esto no lo podía aceptar la Iglesia porque sería en últimas el final de la Iglesia como institución. Por lo tanto el papa condenó esa concepción de los franciscanos hasta donde involucraba a Jesús y a la Iglesia.

Pero tampoco los franciscanos mismos podían –según esa decisión papal– utilizar esa diferenciación de uso y propiedad de manera tan inconsiderada. De nuevo vemos cómo un ideal puede sucumbir ante una ideología y así alejarse de la pobreza de los pobres. Sin embargo, podemos asegurar que Francisco y Clara entendieron la pobreza absoluta como centro de su forma de vida. Francisco ve en la adquisición de propiedades el infortunio original de la historia humana, en pocas palabras el pecado que se hereda desde Adán y Eva una y otra vez. La salvación y la redención del mundo radica en la “desapropiación”, en la renuncia a todo comportamiento que está determinado por el ansia de tener, poseer y apropiarse (cf. REr 2). Los hombres que se han unido a Francisco y Clara no se pueden hacer del lado de la propiedad y tampoco se deben ver ellos como propietarios.

Escritos Franciscanos  –  Valencia

 

 

 

 

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