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Cardenal O’Malley contesta a Spotlight sobre hijos de Sacerdotes 

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Ya en los años 2002/2005, cerca de cien sacerdotes de la Diócesis de Boston figuraban en un listado interno de la Iglesia por su implicación directa en abusos a menores. El cardenal Bernard Law prefirió mantener este mega escándalo en secreto durante décadas e indemnizar a las familias “bajo cuerda”. Después de las denuncias operó la Justicia de USA condenando a varios clérigos y el cardenal Law, en 2004 se refugió en Roma, le concedieron el cargo de arcipreste de la Iglesia de Santa María Maggiore, una de las cuatro basílicas más simbólicas de Roma.

 Hoy, estos escándalos de nuevo son noticia y es el propio Cardenal de Boston; Sean O’Malley, quien aclara puntos importantes sobre una nueva denuncia referida a los hijos de sacerdotes, estos antecedentes el purpurado ya los envió a la Santa Sede…

El Arzobispo de Boston en Estados Unidos, Cardenal Sean O’Malley, religioso franciscano de gran reputación en USA y Roma, respondió a un reportaje publicado por el grupo Spotlight del diario “Boston Globe”, referido a los hijos de sacerdotes católicos difundido el pasado 16 de agosto.

El cardenal  O’Malley , que preside la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, emitió una declaración  sobre el reportaje titulado “Los hijos de sacerdotes católicos viven con secretos y en la tristeza”, trabajo periodístico que ha causado un enorme impacto en la sociedad norteamericana y en variados ambientes eclesiásticos y periodísticos de Roma.

Tras el reportaje realizado por Michael Rezendes, uno de los periodistas que inspiró la película Spotlight sobre abusos sexuales en Estados Unidos, el cardenal O’Malley dijo en su declaración que “si un sacerdote tiene un hijo, tiene la obligación moral de hacer a un lado el ministerio y satisfacer las necesidades que puedan tener la madre y el niño”… En ese momento –resaltó– el bienestar de ambos es su máxima prioridad”.

La declaración del cardenal, que también hace parte del llamado C9 que asiste al Papa Francisco en el proceso de reforma de la Curia del Vaticano, indica también que “el don de la vida debe protegerse y cuidarse en todas las circunstancias… Todo niño es un precioso don de Dios, que merece respeto en toda circunstancia”, subrayó.

El Arzobispo recordó asimismo que “en su ordenación, el sacerdote católico hace una promesa de celibato, un compromiso con la Iglesia y con la gente a la que sirve”, que no lo exime de sus responsabilidades cuando ha concebido a un hijo.

El cardenal explicó que en el año 2016 la Comisión de Protección a Menores “recibió correspondencia referente a los hijos de sacerdotes. Luego de una atenta consideración de este importante tema, se resolvió que estaba más allá del mandato de la comisión”.

“La Comisión busca asistir a las diócesis y órdenes religiosas a través del mundo como la implementación de la educación y la capacitación en programas para la prevención del abuso sexual. No está dentro de las responsabilidades de la Comisión involucrarse con los casos individuales…”.

El Arzobispo de Boston concluye su declaración precisando que “con el reconocimiento de la importancia de estos asuntos que han impactado grandemente la vida de los niños, sus madres y la comunidad, la Comisión determinó referir el asunto a la Santa Sede para que sea revisado”.

Un poco de historia sobre los abusos sexuales en Boston

(El Mundo – 24/2/2002)

Jesús, Evangelio según San Mateo:

Quien se atreva a molestar a los más pequeños, que se cuelgue una piedra al cuello y se arroje al fondo del mar”.

Si la Iglesia en Boston siguiera con precisión los mandatos de Jesucristo, en las gélidas aguas de Nueva Inglaterra habría hoy 89 curas acusados de haber abusado sexualmente de centenares de menores con la complicidad, en muchos casos, de sus superiores, que los iban moviendo de Parroquia en Parroquia, dejando que los niños se acercaran a ellos.

La liberal y académica Boston, nido de la aristocracia protestante, lleva más de un mes descubriendo detalles escabrosos de 40 años de abusos sexuales en algunas de las parroquias católicas más conocidas de la archidiócesis. El cardenal Bernard Law ha estado atrincherado en su magnífica residencia buscando consejo y, finalmente, dinero, pues centenares de víctimas quieren todavía que la Iglesia les compense por asaltos sexuales de curas en pasillos, sacristías y dormitorios.

En los primeros coches que cruzaron los cuidados jardines para asesorar al cardenal iban los responsables de las facultades de Medicina más prestigiosas. Había que explicarle a Su Excelencia en qué consistía la pedofilia y ayudarle a aprender a detectar los casos de sacerdotes pederastas. Frente a esos jardines, Steven Lynch, una víctima de uno de los curas, lloraba el domingo al detallar qué fue para él la pedofilia. Estaba arropado por un centenar de católicos. Pero el cardenal no les había invitado.

A pesar de las explicaciones médicas, en una reunión a puerta cerrada con todos los sacerdotes hace apenas una semana, Bernard Law trató de disculpar actitudes pasadas al contar que, hace 15 años, no se sabía muy bien en qué consistía la “enfermedad”.Poco antes, el cardenal había dicho que no iba a tratar el “aspecto criminal” del tema.

La Justicia se acaba de hacer cargo del asunto. En su poder tiene los nombres de 89 curas, catalogados por la Iglesia en sus archivos como sacerdotes con pasado de abusos sexuales a niños. En el caso de 70 de ellos, la archidiócesis había llegado a acuerdos sin decir una palabra a la Justicia. Ahora se espera que la investigación de la Fiscalía pueda elevar a más de 1.000 el número de víctimas. El detonante de la pesadilla ha sido el cura John J. Geoghan, al que le quedan 80 juicios pendientes por abusos sexuales y reclamaciones de 131 víctimas.

El doble rasero con que Justicia e Iglesia tratan la pedofilia quedó en evidencia el jueves, cuando se hizo pública la primera condena contra Geoghan: 10 años de cárcel y la recomendación de que, una vez fuera de prisión, se le vigile estrechamente.

“Tu sacerdocio ha sido muy efectivo, tristemente interrumpido por la enfermedad. Que Dios te bendiga, Jack”. Con esta nota el cardenal Law daba por concluida la carrera eclesiástica de Geoghan en 1996, en un tono demasiado cariñoso para referirse a un cura que le había costado a la Iglesia 11,5 millones de euros en indemnizaciones privadas a sus víctimas. En todos los comunicados internos que, durante décadas, se cruzaron sobre este cura, la Iglesia siempre se refirió a su “problema”, su “enfermedad” y su condición de “oveja descarriada”. Cuando la enfermedad arreciaba, le mandaban dos meses sabáticos a Roma o a que le examinara un médico general sin experiencia en tratar a pederastas.

“OVEJAS DESCARRIADAS”
Finalmente, sí aceptaron ingresarlo un tiempo en Canadá, en una institución de la Iglesia donde tratan a estas «ovejas descarriadas». Ahora, un juez le ordenó que ingresara en un hospital mental.

El P. Geoghan tenía una estrategia. Se hacía amigo de madres con problemas económicos y familias extensas. Ofrecía su ayuda y se colaba en sus casas. Le encantaba duchar a los niños, rezar con ellos en la cama y llevarlos a tomar un helado. La merienda tenía un precio: a la vuelta, había que masturbar al reverendo. Según sus víctimas, siempre decía lo mismo: «Como cuentes esto nadie te va a creer».

En Jamaica Plain, una de las parroquias donde estuvo destinado, una familia, al descubrir que el amigable cura había abusado de los siete hermanos, se puso en contacto con la archiocésis. La primera reacción de la Iglesia fue pedirles que evitaran el escándalo, que eso era lo mejor para la protección de sus hijos. La contestación fue dura. La familia consideraba esos consejos un “insulto a su inteligencia”. La carta que recibieron del cardenal Humberto Madeiros, predecesor de Bernard Law, les dejó estupefactos: “Al mismo tiempo invoco a la compasión de Dios y comparto esa compasión en el conocimiento de que Dios perdona los pecados”.

Algunas familias de víctimas se han indignado al conocer la historia de los 89 curas. La Iglesia, al llegar a un acuerdo privado con ellos, prometió apartar de las parroquias a los abusadores. Ahora han sabido que no lo cumplió. El cardenal Law, figura en 25 querellas como acusado por haber encubierto a los pedófilos y no haber hecho nada para evitar que siguieran delinquiendo.

La familia Fulchino firma una de ellas como acusación. En 1995, en las noticias, por primera vez, hablaban de las víctimas de Geoghan. «Mamá, yo soy una de ellas», dijo Chris. El joven, que tenía 13 años cuando Geoghan abusó de él, supo ese día que su padre, Thomas, había sido víctima del reverendo Porter, el cura pederasta más famoso en Boston hasta aquella fecha. A padre e hijo les unía ahora saberse víctimas de abusos sexuales de curas con 30 años de diferencia. Thomas sigue creyendo que la Iglesia hace una buena labor. Chris nunca volvió a pisar una parroquia: «En todas veo la cara de Geoghan».

100.000 VÍCTIMAS
Los Fulchino podrían unirse ahora a la Red de Supervivientes de Abusos Sexuales de Curas. Según David Clohessy, su responsable nacional, los académicos religiosos estiman que, de los 53.000 curas católicos de EEUU, entre el 2 y el 10% puede ser pedófilo. El número de víctimas se ha estimado en unas 100.000. La Red de Supervivientes tiene 3.400 miembros. En todo el país, hay 1.500 querellas contra curas católicos por abusos sexuales.

Uno de esos curas es Paul R. Shanley, muy conocido en los 70 en Boston como “el cura de la calle”. El reverendo Shanley llevaba melenas y era el prototipo de cura progre. Simpático y carismático, en la intimidad era todo un avezado jugador del strip-poker, juego con el que pretendía relajar a sus jóvenes parroquianos. Le gustaba sembrar la polémica en la Iglesia, defendía abiertamente a los homosexuales y ayudaba a los drogadictos. En alguna ocasión, Shanley llegó a decir a los adolescentes que Dios le utilizaba para averiguar quién era homosexual. Por el momento, se han identificado 42 víctimas suyas.

En 1974, la madre de una de las víctimas le dio al cardenal Madeiros el diario de su hijo. En él relataba siete años de experiencias sexuales con Shanley. La Iglesia no hizo nada. Otra madre, amiga del cura, mandó a su hijo, que se había fugado de casa, a su Parroquia. Hasta mediados de los 90, no denunció los abusos. La madre todavía tiene una copia de una oración que le dio el sacerdote: “Tú, que tenías como amigas a las prostitutas, que fuiste crucificado porque comiste y bebiste con pecadores (…) guarda a nuestros niños de los adultos depredadores”.

El P. Shanley tiene 70 años y vive en San Diego. Durante una época trabajó en Leo House, un albergue en Nueva York para curas, estudiantes y viajeros. Cuando se enteró la archidiócesis de Boston, según el Globe, le dijo que se fuera de allí si no quería perder el seguro médico. Pero la Iglesia tardó tres años en darse cuenta de que Shanley volvía a estar en contacto con jóvenes.

La Iglesia nunca comunicó a los superiores directos de Geoghan que el cura arrastraba un pasado de abusos a niños. Así, sin muchos problemas, el sacerdote se hacía cargo de los monaguillos y de los grupos de jóvenes de sus nuevos destinos. La archidiócesis tampoco comunicó a la familia más directa de Paul J. Mahan las quejas que había recibido en los 80 sobre los abusos sexuales del cura. En 1996, su hermana Joan le mandó a uno de sus hijos. Creía que su hermano sacerdote sería una buena influencia. Los médicos certificaron que Mahan se sentía atraído por chicos adolescentes. A pesar de eso, la Iglesia le mandó a la parroquia del Sagrado Corazón en Cambridge. Documentos confidenciales hechos públicos por el Boston Globe demuestran que la Iglesia, además, sabía que Mahan era “intratable” y que era más que probable que de nuevo asaltara sexualmente a menores.

Sólo la denuncia de su hermana por haber abusado de su sobrino hizo reaccionar a la Iglesia, que en 1997 le apartó del sacerdocio. Ahora trabaja en una tienda de electrónica en Vermont. A su hermana le preocupa que nadie le vigile.

Berta Glez de Vega  –  Boston

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Fr. Sean O’Malley and Cardinal Bernard Law in 1999

 (Foto: Janet Knott  –  www.reflexionyliberacion.cl )

 

 

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