|Sábado, Septiembre 21, 2019
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El Dios que no queman los incendios de los templos 

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A los que leemos la Biblia, nos puede llamar la atención los libros de los profetas. Por ejemplo Baruc que vivió en una época de las deportaciones, devastaciones y hambres de la decadencia de Israely que alienta para sus conciudadanos en la esperanza de volver a la tierra prometida y de reconstruir el templo. En su escrito atribuye las catástrofes a la desconfianza  de sus conciudadanos en Dios y a sus  faltas de solidaridad. Son las injusticias y la idolatría de los falsos cultos que llevaron el pueblo a vivir el exilio. Pero dice que el Dios de Israel no es como los ídolos que  son incapaces de cualquier cosa, hasta se dejan quemar en los incendios de sus templos. Llega a aconsejar al pueblo de Israel de dejar sus  lamentos y sus vestimentas de duelo porque “no ha enviudado de su Dios” como lo dijo su colega Jeremías.

 Esta experiencia del destierro bíblico y del profetismo nos puede hacernos descubrir los sentimientos y convicciones apropiados para los acontecimientos que nos inquietan actualmente. Los  atentados, los incendios, los desastres, todos los problemas de nuestro mundo de hoy porque los vivimos como un exilio, un destierro…Tan inteligentes nos creemos, tan capaces queremos lucir con nuestra ciencia y nuestras tecnologías que nos angustian doblemente cuando aparecen los reveces del éxito y del progreso.

Cuando los antiguos hablaban  de la ira de Dios que castiga enviándonos derrotas y fracasos,   debemos desmitologizar radicalmente esta idea que pinta a Dios con las manías humanas pero no hay que perder la profunda percepción de la “Justicia divina” que responsabiliza a los hombres  por los acontecimientos dramáticos que ocurren. Hay una lógica divina que acatar: a nuestras equivocaciones y más todavía a nuestras malas acciones, corresponden consecuencias funestas. Esto es la “justicia divina”. El éxito del malvado grita al cielo y las maldades llevan a la perdición.

Tanto las destrucciones de los anarquistas mapuches, la delincuencia, las víctimas de las carreteras y de los desastres naturales ocurren por las manos de los hombres. Las injusticas como las desigualdades sociales crecientes, la desorientación de las organizaciones sociales, las falsas ideas del progreso y la perdida de la solidaridad, todo esto, sepamos reconocerlo, proviene por nuestra torpeza humana congénita y evidentemente por todas nuestras irresponsabilidades.

La quema de las iglesias y capillas, las protestas delante las Iglesias destacan nuestra división y nuestra decadencia cristiana frente a los problemas del país. El obispo que pidió a los periodistas ir a interrogar también a los pastores evangélicos porque a ellos también les queman sus templos nos da un botón de muestra de la pobreza del discurso eclesiástico. El Comité Permanente de la Conferencia Episcopal, frente a las protestas de los cristianos de Osorno por  la imposición del obispo  criticado no es capaz de asumir sus responsabilidades históricas en la materia. Los que se creen más religiosos pueden buscar consensuar en sus discursos valóricos respectivos pero en realidad  es su manera de lavarse  las manos por todo lo que ocurre en la sociedad.

En Chile cargamos con un historial de injusticias principalmente en materia de educación, no nos extrañemos que nazcan pandillas para buscar su vida en la delincuencia, que surjan grupos que en desesperación social quieren sembrar el terror con la ilusión de derrocar el sistema que los margina.  Podemos tener una intransigencia legal con ellos porque hay que mantener un orden social mínimo pero  hagámoslo sin darnos hipócritamente buena conciencia.

Hoy, se puede descubrir una irresponsabilidad política en las críticas baratas que surgen entre los candidatos para las próximas elecciones. Las dificultades de participar y de convencer revelan nuestras deficiencias culturales actuales.

Los grupos indigenistas que cayeron en el anarquismo pasaron de los incendios en los fundos a las quemas de camiones  y ahora a los incendios de edificios religiosos. Sus acciones tristemente simbólicas  nos acusan porque  existe una deuda histórica con los pueblos originarios, nos denuncian la prepotencia de los grupos económicos y sus impactos negativos en el medioambiente, también, nos revelan nuestras divisiones religiosas, nuestra  ineficiencia vergonzosa para evangelizar.

Pero también se equivocan esos extremistas cuando están sembrando desconcierto entre sus propios “peñis” y entre los que defendían sus justas reivindicaciones. Por su clandestinidad y su incapacidad de participación política, abandonan la promoción y la unificación de sus comunidades. En la sociedad profundizan el racismo, refuerzan el elitismo político y el populismo. Se marginan dramáticamente en la sociedad abortando un despertar indígena muy positivo para la inclusión social. En reacción, confinan a la gente en  la ingenuidad de la seguridad policíaca y el reforzamientos de los grupos económicos que siguen predicando un bienestar engañador.

Creer en la “Justicia” de Dios es reconocer esos “pecados sociales” que compartimos todos. Hemos olvidado esta triste solidaridad en el mal que nos involucra a todos delante de Dios. A los cristianos que se refugian fácilmente en sus moralidades individuales, se les invita a volver a  escuchar a los profetas y a Jesucristo que nos enseñó a rezar: “Perdona NUESTRAS ofensas como perdonamos…”.

Muchos templos religiosos pueden quemarse pero nadie puede quemar a nuestro Dios. Es Él, y Él  sólo que puede inspirarnos para superar todos nuestros reveses culpables.

Paul Buchet  –  Freire

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