|Miércoles, Octubre 18, 2017
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San Francisco de Asís 

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Amor Franciscano

¿Alguien hubiera dicho que un hombre que vivió hace más de 800 años vendría a ser referencia fundamental para todos aquellos que buscan un nuevo acuerdo con la naturaleza y sueñan con una confraternización universal?  

Ese  hombre  es  Francisco  de  Asís  (+1226),  proclamado patrono de la ecología.  En él encontramos valores que perdimos, como la  capacidad  de  encantarnos  ante  el  esplendor  de  la  naturaleza,  la  reverencia  delante  de  cada  ser,  la  cortesía  con  cada  persona, el sentimiento  de  hermandad con  cada ser de  la creación,  con el sol  y con la luna,  con el lobo feroz  y  el leproso al que  abraza enternecido.

Francisco realizó una  síntesis  feliz entre  la  ecología  exterior  (medio ambiente)  y  la  ecología  interior  (pacificación interna)  hasta  el punto de transformarse en el  arquetipo de  un  humanismo tierno y fraterno-sororal,  capaz de acoger  todas las diferencias.  Como afirmó Hermann Hesse:  «Francisco  casó en su  corazón  el cielo con  la tierra  e inflamó con la  brasa de la  vida  eterna  nuestro  mundo  terreno  y  mortal». La humanidad puede enorgullecerse de haber  producido semejante figura histórica  y  universal.   Él es lo nuevo,  nosotros somos lo viejo.

La fascinación que ejerció desde su tiempo  hasta el día de hoy se debe al  rescate que  hizo de los  derechos  del corazón,  a la centralidad que confirió  al  sentimiento y  a  la ternura  que introdujo en  las relaciones humanas  y  cósmicas.   No  sin  razón,   en  sus  escritos  la  palabra «corazón»  aparece  42  veces  frente a  «inteligencia», una vez; «amor»  23  veces frente  a  «verdad», 12;  y «misericordia» 26 veces  frente  a «intelecto», sólo una vez.

Era el  «hermano-siempre-alegre» como lo apodaban sus cofrades.  Por esta razón,  deja  atrás  el  cristianismo  severo  de  los  penitentes  del desierto,  el  cristianismo  litúrgico  monacal,  el  cristianismo  hierático y  formal  de  los  palacios  pontificios  y  de  las  curias  clericales,  el cristianismo sofisticado de la cultura libresca de la teología escolástica. En él emerge un cristianismo de  jovialidad y canto, de  pasión y danza, de corazón  y  poesía.  Él conservó la  inocencia como  claridad  infantil en la edad adulta que devuelve frescura,  pureza y encanto a la  penosa existencia  en  esta  tierra.  En  él  las  personas  no  aparecen  como «hijos e hijas de la  necesidad,  sino  como  hijos e hijas  de  la  alegría» (G. Bachelard).   Aquí se encuentra la relevancia innegable del modo de ser del Poverello de Asís para el  espíritu  ecológico de  nuestro tiempo, carente  de  encantamiento y  de  magia.

Estando cierta vez un 4 de octubre, fiesta del Santo,  en Asís,  en esa minúscula  ciudad  blanca al pie del monte Subasio, celebré  el  amor franciscano  con el  siguiente soneto que me atrevo a publicar:

 Abrazar a cada ser, hacerse hermana y hermano,

Oír el cantar del pájaro en la rama,

Auscultar en todo un corazón

Que palpita en la piedra y hasta en la lama.

 Saber que todo vale y nada es en vano,

Y que se puede amar incluso a quien no ama,

Llenarse de ternura y compasión

Por el bichito que por ayuda clama.

 Conversar hasta con el fiero lobo

Y convivir y besar al leproso

Y, para alegrar, hacer de bobo,

 Sentirse de la pobreza el esposo,

Y derramar afecto por todo el globo:

He aquí el amor franciscano: ¡oh supremo gozo!

Leonardo Boff

www.reflexionyliberacion.cl

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