|Domingo, Noviembre 19, 2017
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Dinos Pedro: ¿Qué cosa hemos de hacer? 

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Estamos a solo cuatro meses de que Francisco, Obispo de Roma, visite nuestra tierra.

Fue hace 30 años cuando Juan Pablo II también pisaba suelo chileno. Las cosas han cambiado. Las campañas de promoción no se han hecho esperar: invitando a colaborar con la visita a través de depósitos en bancos, afiches, canciones interpretadas por famosos cantantes nacionales, ruedas de prensa. Todo eso bien, o quizás no tanto. No es espacio para juicios en cuanto a las políticas de cómo se está llevando la previa de la visita. En estas dos últimas columnas de Rumbos, quiero invitar a los lectores a vivir la motivación espiritual, teológica, pastoral y personal de lo que representa una visita como la del Jefe de Estado del Estado Vaticano, visita que también es una renovación en el alma religiosa de Chile. Es, por tanto, un acontecimiento religioso y espiritual. Para ello, esta primera entrega busca presentar algunas cuestiones bíblicas y teológico-históricas en torno al lugar del Apóstol Pedro en la Iglesia primitiva, que como se puede ver, no era ni el mejor ni el más sabio de los discípulos. Pero, a pesar de su impulsividad y tozudez, fue escogido por Jesús para ser fundamento de la comunidad eclesial. Hoy es a Francisco a quien le corresponde el pastoreo de millones de seres humanos repartidos a lo largo y ancho del mundo.

  1. Pedro: perfil del discípulo

 No queremos pintar una imagen edulcorada de Pedro. Es lo peor que podemos hacer como Iglesia. Pedro no era ni el más perfecto ni el mejor discípulo. Pero Dios sabe trabajar con la debilidad humana y suscitar algo nuevo de nosotros. Dios también nos cambia el nombre, nos da una misión nueva, nos invita a seguir a Jesús. Miguel Ángel Ferrando (2005) recuerda que el apóstol Pedro es nombrado, con sus distintos nombres, más de 200 veces, junto con los nombres de Cristo y de Pablo. Con el hecho de ser nombrado tantas veces da a entender que era un personaje importante durante la vida pública de Jesús y, también para las comunidades de la primitiva Iglesia después de la resurrección.

Pedro es hermano de Simón y Andrés (Mc 1,16-20), todos ellos pescadores de Galilea. En medio de sus labores cotidianas Jesús los llama a seguirlo. En el Evangelio de Lucas, encontramos el conocido “pescador (capturador en griego) de hombres” con el que Jesús se dirige a Pedro (Lc 5,1-11). La pesca milagrosa es similar a la de Juan 21. En el Evangelio de Mateo nos encontramos con el llamado capítulo bisagra (Mt 16) que muestra a Jesús caminando con los discípulos por Cesarea de Filipo. Jesús les pregunta qué dice la gente de Él, y Pedro responde a nombre de los doce: “Tú eres el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). Acontece luego el cambio de nombre y la entrega de las llaves del Reino y la promesa de que sobre Pedro se construirá la Iglesia. Aquí es necesario recordar que Pedro es la piedra de la comunidad, pero que la piedra que sostiene toda la fe es Jesús mismo, la piedra que desecharon los alfareros y que se convierte en piedra angular (Cf. Mt 21,42). Ferrando (2005) sostiene que Pedro es el intérprete autorizado de las palabras de Jesús y de sus intenciones, él es el hombre que buscará la armonía de las tendencias diversas, sin anular las que son legítimas, sin permitir desviaciones ni deformaciones.

Pero, inmediatamente después de la confesión, aparece toda la fuerza impulsiva: no quiere que el Maestro sufra la muerte. Y luego, en Getsemaní negará haber conocido a Jesús. Y lo interesante es que estas negaciones aparecen en los cuatro evangelios. Es llamativo, porque hubiera sido más fácil para la Iglesia no mostrar las falencias morales o psicológicas de los primeros seguidores de Jesús. Pero no. De hecho, una de las formas de sostener la credibilidad y la historicidad de los relatos evangélicos es mostrar a los discípulos tal cual eran. Esto se denomina “criterio de dificultad”.

 2. Pedro, ¿qué hemos de hacer?

 Habíamos dicho anteriormente que Dios trabaja con nuestras incongruencias. A pesar de que fallamos una y otra vez, como Pedro, Cristo nos vuelve a confirmar en la misión encomendada. Por ello, las tres negaciones del discípulo son transformadas en tres declaraciones de amor hacia el Señor Resucitado (Cf. Jn 21,15-25), las cuales terminan con el “sígueme” de Jesús. La autoridad de Pedro en medio de la comunidad eclesial nace del testimonio de la resurrección. En el mismo Evangelio de Juan encontramos un bello pasaje en donde Pedro y el discípulo amado corren hacia la tumba la mañana del domingo. El discípulo amado, de quien no tenemos el nombre pero que los estudios lo señalan como una imagen de la Iglesia, llega al sepulcro, pero no entra. Espera a Pedro, sabe que Pedro tiene una autoridad distinta. Y ambos entran: Pedro y la Iglesia entran a la tumba y, dice el relato: ven y creen (Cf. Jn 20,8). La Iglesia tiene que aprender a caminar con Pedro, entrar en la tumba, ver, creer y anunciar. No hay verdadera comunidad cristiana sino es en referencia a Pedro.

Conscientes de la autoridad pastoral de Pedro, en la mañana de Pentecostés (Cf. Hech 2), y luego del gran discurso de Pedro en el cual da su testimonio de la resurrección, los que se habían congregado preguntan: “¿qué hemos de hacer?” (Hech 2,37). Y Pedro, a nombre de los suyos, responde: bautizarse en el nombre de Jesús de manera de recibir el Espíritu. Pedro reconoce la necesidad de orientar a los que van comenzando a abrazar la fe. Pedro sabe que Jesús lo había puesto al servicio de los hermanos (Cf. Lc 22,31-33), y que había prometido una oración especial por Él para que no le faltara la fe, porque sabía que era un hombre impulsivo y que se valía de sus primeras reacciones.

 3. Francisco, ¿qué hemos de hacer?

 Y hoy es Francisco, sucesor de Pedro y principio de unidad visible de la Iglesia (Cf. Lumen Gentium 22) quien pastorea a la Iglesia. Francisco, con su palabra, sus acciones, y las renovaciones que va llevando a cabo a pesar de las reticencias de muchos, va mostrando el liderazgo pastoral que ha recibido del mismo Jesús. Jesús lo ha llamado a ser pescador de hombres y a asumir los desafíos por los que atraviesa la barca. En la homilía de inicio del Ministerio Petrino celebrada en Roma el 19 de Marzo de 2013, Francisco sostiene: “Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe encontrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe”.

Con Francisco, la Iglesia debe volver a renovar la fe, y por esa misma fe sabemos que Cristo sigue intercediendo para que a Francisco no le falte la fe y pueda seguir confirmando a sus hermanos. La fe del servicio generoso y totalmente gratuito, ese del primer carisma que la Iglesia ha ido olvidando y cambiando muchas veces por normas que oprimen, ha de ser el motor de nuestra vinculación pastoral con la comunidad creyente. Pero Pedro-Francisco también dialoga con los no creyentes. La Iglesia, si sigue siendo autoreferencial, terminará convirtiéndose en una ONG, y no en una comunidad que señala y da testimonio de Jesús Vivo. La visita de Francisco a Chile puede provocar mucha esperanza, renovación y compromiso. El desafío es que nuestras comunidades puedan continuar en el “post visita pastoral”, es decir, comprender que luego de la presencia de Francisco entre nosotros, nos corresponde seguir animando la fe de tantos y tantas que buscan al Señor. ¡Bienvenido Padre Francisco!

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Magíster en Teología Fundamental (UC)

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