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Reality Show o Realpolitik 

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Cada periodo de elección nos ofrece un nuevo panorama político que se puede comparar a los “reality show” televisivos. En este tiempo preelectoral, los personeros políticos aparecen en los medios de comunicaciones sociales para competir por los cargos de representantes de la ciudadanía. En estos programas  televisivos, se puede  ver los comportamientos de los candidatos seleccionados, se puede  darse cuenta de sus reacciones frente a los cuestionamientos que se les hace respecto a los principales problemas del país.

Para esos programas informativos que pretenden  dar una visión de la realidad política del país, se cuenta con la curiosidad de la teleaudiencia que se puede entretener con todo este show. Los tiempos de propaganda política dan, ellos, una imagen más comercial de la política.  No se sabe el  verdadero interés público para estos programas  pero  y  el repudio político de muchos fue decreciendo y culminó por todas las revelaciones de corrupciones que se descubrieron. Las descalificaciones de los políticos provienen de una falsa representatividad de los profesionales de la política que se mantiene en el país  por una estructura partidista decadente. Para quien puede reflexionarlo,  existen  unas razones más profundas que se vale la pena analizar.

El ocaso de las ideologías es la primera explicación de este desinterés  y la historia de Chile es ejemplar en la materia. En el país,  los capitalistas ya no creen que el libre mercado lo soluciona todo, los nacionalistas no saben dónde poner su patriotismo, los socialistas dejaron arrinconar el Estado en la subsidiaridad, los marxistas se quedaron atrás en este mundo de las finanzas globalizados y los cristianos con todas sus divisiones  buscan desesperadamente qué hacer con Dios en la República.

Salvo algunos anarquistas que quieren desarticular toda instancia de poder con sus atentados, las mayorías piensan que no vale la pena pelear por ideas. Y si no fuera por algunos idealistas que sobreviven defendiendo los derechos humanos, la ecología, la emancipación de las mujeres o la inclusión de los discriminados, habría desaparecido todo el idealismo de nuestros antepasados.

La apatía reinando al nivel político se puede entender también por un realismo que de alguna manera remplaza el idealismo.  Hay que ser realista declaran con fatalismo las nuevas generaciones. Muchos  justifican su opción de acomodarse  en la vida  sin creer poder cambiar las cosas; el voto voluntario les facilita quedarse en el andén mirando pasar el tren.

Existe una explicación todavía  más sutil para entender el distanciamiento de la política. Para esto hay que recordar que existió siempre en la historia una vieja política que los alemanes llamaron  la “realpolitik”. Desde el medievo con Machiavelo hasta el mismo Nixon abriéndose a chile por conveniencia económica, se practicó  la política con un pragmatismo que cancela todas las ideologías para guiar la política. Esta teoría sostiene que para reinar o gobernar hay que estudiar las fuerzas en presencia  y tomar las opciones correspondientes para  lograr el poder o mantenerlo. Esta política se mantiene con la estrategia que busca la eficacia a corto plazo sin ningunas ideas preconcebidas.

Muchos de nuestros políticos parecen haber adoptado este “realismo” político porque se les ve entrar en discusiones sólo con tácticas ganadoras. Se los ve esmerarse en contiendas verbales, muchos veces, en temas secundarios tratando de lucirse y de contradecir sus adversarios. La realpolitik busca el poder y nada más que el poder y, por esto, sirven cualquier máscaras populistas. En este juego politico, el Bien común  y el futuro de la sociedad se diluyen en propuestas fáciles  defendiendo unos el crecimiento económico, las inversiones, la disminución de los impuestos y otros levantan los temas de la represión de la delincuencia, las pensiones, del resguardo del medioambiente… todos los temas que pueden haber surgido en la sociedad y que pueden de alguna manera llamar la atención de los votantes.

El debilitamiento ideológico  de los políticos  anda a la par con la desorientación social de las poblaciones. No han aparecido organizaciones sociales al nivel del  estado de desarrollo material en que se encuentra el país. El Estado puede haberse quedado  benefactor para muchos pero en realidad abandonó la tarea de crear una sociedad participativa.

A pesar de considerar que Chile está pasando por una crisis socio-política, no se puede decidir cómodamente  sumarse a los anarquistas, a los indiferentes, a los indignados, los desconformes y no ir a votar.  Es cierto que un voto personal puede incidir bien poco pero hay que hacerlo a lo menos como un ejercicio necesario para afinar nuestra percepción social y cultural de la realidad y para comprometernos algo más en una actitud social proactiva en nuestro ambiente.  ¡Cuidado de quedarse en un voto tradicional, un voto de afinidad o de interés particular, un voto para cumplir…!

Por más mortificante que sea, no se puede sacarle el quite a todos los discursos de los distintos candidatos. Aunque algunos  foros o entrevistas nos pueden irritar, es necesario dedicar un tiempo a escuchar a cada candidato para formarnos una idea de sus planteamientos.  Importa descubrir entre los ellos  quienes tienen altura de mira y quienes, sólo, revelan sus afanes para conquistar el poder.

No merecen el voto los que se sienten cómodos en el sistema financiero imperante. Deben descartarse los que no plantean nada serio para detener las desigualdades sociales monstruosas en la población del país, también no conviene dar le voto a  los que no se atreven a criticar la cultura  consumista existente…

Por lo contrario  hay que considerar los que escuchamos defender los derechos individuales y también universales de todos, los que tienen esa sensibilidad  por defender los derechos de todos a una vida digna, a unas posibilidades de educación, de trabajo y de salud, soñando  así construir un país solidario para mañana. Deben ser preferidos los que tienen programas con una clara prioridad de reconstruir el tejido social de la sociedad. Importa también elegir para representarnos los que son capaces de colaborar y de unirse a otros para gobernar.

Puede ser que no existen candidatos ideales que corresponden totalmente a nuestra sensibilidad personal  pero en la situación tan compleja de la política actual, a veces no queda otra que de pensar evitar lo peor.

Pensando en lo que puede aportar la fe cristiana a la política, hay que aclarar  que la política no es un terreno neutro referente al Reino de Dios, tampoco es una actividad humana facultativa, secundaria e inferior a la dimensión religiosa. No hay que abrir el evangelio buscando preceptos o indicaciones determinadas para guiar la política.  Pero sin duda el evangelio nos puede comunicar una sensibilidad nueva, nos puede dar mayores perspectivas.

Importa tener un conocimiento cabal de la postura que tuvo Jesús respecto a la situación política de su época.  Era de una aldea de una provincia  despreciada, andaba con “galileos” de dudosa reputación. Hizo una predicación del Reino de Dios en ambiente popular, no hacia diferencia entre las personas pero denunció claramente el peligro de las riquezas (Lc 16,13) y las hipocresías de los conservadores religiosos.   Pagó el impuesto del templo (Mat 18,24). Enfrentado a los herodianos, no rechazó el pago del impuesto del imperio pero aprovechó recordar la deuda que tenemos todos con Dios. Dijo que “los grandes de este mundo buscan dominar con su poder  pero no hay de ser así entre vosotros, el que quiera ser primero que sea  servidor (Mat, 20 23)  Las autoridades judías  buscaron callarlo haciéndolo crucificar por el gobernador romano que lo tildó de “Rey de los judíos”.  A Pilato  tuvo la ocasión de aclarar que su Reino no es de este mundo. Enseñó a sus discípulos a pedir la venida del Reino de Dios.

En los evangelios se puede apreciar una lógica  distinta de la que estamos acostumbrados para pensar los asuntos de este mundo pero hoy día no todos los católicos pensamos igual. La reflexión está abierta  en esta materia para entender que puede implicar el Reino de Dios en este siglo XXI.

En este mes  que recuerda los 500 años  de la Reforma protestante, aprovechamos la oportunidad para  conocer las diferencias de fe que pueden existir con el mundo  evangélico  respecto a lo temporal.

Un texto de Lutero nos da en pocas palabras su doctrina llamada de “los dos Reinos”: El Reino de Dios y el Reino de los hombres, (la Cruz y la Espada).

Dice Lutero: “Dios ha establecido dos clases de gobierno entre los hombres, uno espiritual, por las palabras y sin la espada, por el que los hombres se hacen justos y piadosos a fin de obtener con esa justicia la vida eterna: esta justicia la administra él (Dios) mediante la palabra que ha encomendado a los predicadores. El otro gobierno secular por la espada, que obliga a ser buenos y justos ante el mundo a aquellos que no quieren hacerse justos y piadosos para la vida eterna. Esta justicia la administra Dios mediante la espada. Y aunque no quiere retribuir esta justicia con vida eterna, sí quiere que exista, para mantener la paz entre los hombres y la recompensa de los bienes temporales”.

Esta doctrina  que tuvo sus variantes  también  en la Iglesia católica antigua pero no se cuadra con nuestra democracia actual. Corresponde actualizar nuestra percepción del Reino de Dios. 

Paul Buchet   /   Temuco

 

 

 

 

 

 

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