|Miércoles, Diciembre 13, 2017
You are here: Home » Teología de la Liberación » “Y un niño los pastoreará”

“Y un niño los pastoreará” 

buena-espera

La esperanza que nos llega a través de un niño recién nacido

 Quisiera en esta reflexión volver sobre la literatura profética, especialmente en Isaías, uno de los grandes personajes del Adviento, junto con María y Juan Bautista. Isaías que es el profeta que en el Antiguo Testamento anuncia que al final de los tiempos Dios enviará un Mesías que restaurará todas las cosas.

Entre los capítulos 7 y 11 de Isaías, una clave teológica que se repite es la de la infancia. Así por ejemplo en el capítulo 7, encontramos que el profeta presenta tres imágenes simbólicas que están relacionadas con los niños. El contexto del libro es la esperanza en un monarca justo y en la restauración política del país. Isaías mantiene la esperanza que un “resto” de Israel volverá y constituiría el signo de que Dios está con su pueblo.

  1. El primer niño se llama “Sear Yasub” (Is 7,1), que literalmente significa: “un resto volverá” (Is 7,3). Dios salvará a un resto del pueblo a pesar de la dureza de corazón del Rey Ajaz.

2. El segundo niño se llama “Maher-Salal-Jas-Baz” (Is 8,3), quien tendrá como misión restaurar económicamente a la nación, tomando “las riquezas de Damasco y el botín de Samaría” (Is 8,4).

Y el tercer niño, que nos merece una atención especial, se llama “Emmanuel” (Is 7,14). Nos dice Isaías: “Pues el Señor mismo les dará una señal: ¡Miren!; la joven está encinta y dará a luz un hijo, a quien le pondrá el nombre de Emmanuel” (Is 7,14). La lógica de Dios actúa en lo que está por nacer, en lo pequeño. Dios actúa diametralmente distinto a como actúa el ser humano. Dios está en el viento de la tarde que cruza el Edén (Cf. Gn 3,8), en el silbido apacible de la brisa que encuentra el profeta Elías en el Horen (Cf. 1 Re 19). Dios está en la señal de la mujer embarazada que dará a luz un niño. La esperanza de que Dios restaurará las cosas se comprende como el nacimiento de una realidad totalmente nueva. Y es este Dios el que promete estar en medio de su Pueblo. Esto significa el nombre Emmanuel: Dios-con-nosotros; Dios-en-medio-nuestro; Dios-compañero-nuestro.

Con ello, la esperanza significa, ante todo, un dar espacio a lo nuevo. Por ello es que encontramos una antinomia o un contraste entre el niño y el viejo, entre lo nuevo y lo antiguo, entre lo pasado y lo futuro. El niño, a juicio de los autores, (Carbullanca 2013; Panotto 2016; Bachelard 2014), constituye una metáfora de los signos de los tiempos y del surgimiento de un nuevo tiempo y de una renovada época. En términos generales, sostiene Carbullanca, “se trata de una contrapuesta solidaria a un modelo societario opresor. En estos relatos como se puede comprobar está en directa relación con la futura y a veces inminente liberación política y económica del pueblo”[1]. Dios, presente en el signo del niño que está por nacer, marca una gramática, una metáfora, una bienaventuranza de la experiencia de la novedad. Incluso, por esta vertiente, podríamos aventurar el cómo de lo que Jesús dice en el Nuevo Testamento: ser como niños para entrar el Reino de Dios significa apostar por lo nuevo del Evangelio.

Esta simbólica de la infancia sigue avanzando en Isaías y nos encontramos en el capítulo 9 con un relato maravilloso y lleno de luz. Es el relato metafórico del niño que nace y que con su nacimiento ha iluminado al país que vivía en tinieblas y en la tierra de sombras (Cf. Is 9,1). Este texto lo escucharemos en la próxima Misa del Gallo en la primera lectura. Leamos la lectura, luego, ustedes podrán trabajarla de manera personal en el recurso que se les entregó:

“El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado. Has multiplicado su júbilo has aumentado su alegría; se alegran en tu presencia con la alegría de la cosecha como se regocijan los que se reparten el botín […] Porque un niño no ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros descansa el poder, y su nombre es Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz” (Is 9,1-2.5).

Este poema, de celebración y liberación, refleja las promesas y la alegría con la llegada del Mesías que, lejos de presentarse como un hombre poderoso, armado hasta los dientes y que siembra la guerra y la muerte, aparece – paradójicamente – en la imagen de un niño que nació y que con su nacimiento llenó de luz a un pueblo que vivía a oscuras. Dios, cuando llega a nuestras vidas, borra las tinieblas y las sombras que nos rodean. Su presencia, misteriosa y tierna, nos llena de una luz nueva y resplandeciente. En el Adviento y en la Navidad, Dios se nos presenta como un niño que nace, y que nace llorando, que nace para darnos la esperanza en que un nuevo tiempo ha llegado para todos nosotros.

Nuevamente vemos un contraste, en este caso, entre la oscuridad de lo antiguo y de las estructuras de opresión, injusticia, muerte, marginación y la luz del Príncipe de la Paz y del Dios que es consejero y defensor de las viudas, los huérfanos y de los niños. En Adviento, la esperanza nos invita a movilizar nuestra vida para luchar contra la injusticia social, el abuso del poder y de la amenaza ecológica. El nacimiento del niño que iluminó al mundo, representa un acontecimiento cósmico, ecológico, político y social. Dios que nace no representa un momento más en la historia del mundo, sino que marca una forma nueva de ver la vida y de estar en el mundo. Vemos en la esperanza del Adviento y de la Navidad la “conmovedora ironía del plan divino [que] descansa en esta parte central [del texto]: ni espadas, ni alianzas, ni las liberaciones ansiadas por el Rey: Se trata del mero nacimiento de un niño. Pero un niño que es un regalo espacial de Dios para los creyentes oprimidos […] el remedio a tanta tiniebla y opresión es un niño, regalo de Yahvé, que antes de nacer ya es señal de liberación”[2].

Finalmente, encontramos en el capítulo 11 del mismo Isaías una imagen simbólica que trata de reseñar cómo será el reinado del futuro David. Leemos:

“Saldrá un brote del tronco de Jesé, un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor […] Será la justicia la correa de su cintura. Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se echará junto al cabrito, el ternero y el leoncillo comerán juntos y un niño pequeño los pastoreará” (Is 11,1-2a.6).

 Esta última imagen, viene a derribar una racionalidad adultocéntrica. El futuro Mesías – que es Jesús – es imaginado como un brote, un retoño, un niño que convive con las criaturas del mundo animal. Y es tan llamativo que criaturas tan dispares como el ternero y el león puedan convivir juntos y no hacerse daño. Estamos, pues, en la perspectiva del mundo nuevo que ha sido reconciliado gracias al niño pastor. Hay, en el nacimiento del niño, una renovación del espacio de convivencia. Hay una ética y una justicia nueva y liberadora. Por ello Isaías dice que la justicia será su cinturón. La justicia amarra, sujeta y sustenta las prácticas del Mesías.

El niño pastor nos invita a dar espacio a la santidad de la niñez, a tener prácticas de cuidado y de responsabilidad con la infancia. Dios, en el Mesías niño, dignifica la infancia y nos invita a ser como niños para entrar al Misterio de la Navidad. Cada niño reclama nuestro amor porque podemos reconocer a Dios en sus rostros. La esperanza del Adviento nos mueve a pensar que Dios se ha hecho un niño para que aprendamos de su humildad. En Adviento y en las dinámicas de su esperanza, hemos de aprender a jugar, a bailar y a cantar tras los sonidos de la música del Dios que aparece como señal, como luz y como pastor. Dios canta en nuestra historia en el rostro de un pequeño. Las metáforas nos abren al Misterio del Dios en la historia y nos permiten pensar otra manera de vivir nuestra espiritualidad. Es, finalmente una invitación a maravillarnos por lo nuevo.

Termino con las palabras del filósofo francés Gastón Bachelard:

“ante las imágenes que nos proporcionan los poetas, ante esas imágenes que nunca nosotros habríamos podido imaginar por nuestra cuenta, esta inocencia del maravillarse es muy natural. Pero si vivimos con pasividad ese maravillarnos, no participaremos demasiado profundamente en la imaginación creadora. Mediante la intencionalidad de la imaginación poética el alma del poeta encuentra la apertura consciente que conduce a toda verdadera poesía”[3].

Momento de reflexión personal.

Releemos los textos bíblicos de Isaías y meditamos en las siguientes preguntas:

¿Cómo la esperanza se relaciona con la imagen del niño recién nacido?

¿Permito que Dios nazca en mi corazón y en el corazón de mis amigos, familiares, Iglesia?

¿Estoy dispuesto a entrar en la experiencia de lo nuevo que nace con Dios?

 

[1] César Carbullanca, “Signos de los tiempos y metáfora. Una estética de los signos de los tiempos”, en Veritas 28 (2013), 191-220, 203.

[2] Equipo Bíblico Claretiano, Suscitaré profetas entre sus hijos. Libros proféticos (Editorial Claretiana, Buenos Aires 2000), 69-70.

[3] Gastón Bachelard, Poética de la ensoñación (FCE, México 2014), 14.

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC Maule)

Magíster en Teología Fundamental (PUC)

Resultado de imagen para la esperanza del adviento

Related posts: