|Lunes, Octubre 15, 2018
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Francisco en Chile, una visita “difícil” 

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(ROMA).-

Entre las muchas y variadas razones dos parecen determinantes: la precariedad autoreferencial de la Iglesia local y las muchas ambigüedades del gobierno saliente en el contexto de la cuestión boliviana…

Distintos sondeos y análisis demoscópicos dicen que en Chile, a solo 12 días de la visita del Papa Francisco a tres ciudades del país, la empatía por el evento es baja, es más, bajísima: 36%. Desde hace meses en la prensa varios observadores y comentaristas, chilenos y no chilenos, repiten casi con cansancio: “La gente es indiferente, lejana, ocupada en otras cosas… irritada con la jerarquía, y no es precisamente la llegada del Papa lo que más preocupa a los chilenos”. Por tanto muchos hablan de una “visita muy difícil, compleja e incierta, problemática”. Está fuera de duda que el Papa, querido y respetado, será bien acogido pero también está claro que casi ninguno se espera nada de particular. En estas horas algunos medios de prensa reconocen sentir alivio porque la visita será breve y eso puede ayudar a mantener el evento en su justa medida, en particular evitar las polémicas y posibles instrumentalizaciones.  

En estos meses se han dado, desde distintas partes, diversas explicaciones más o menos plausibles y bien argumentadas a esta fría espera que parece dominar los ánimos en Chile. La última, muy recurrente en estas horas si bien no es nueva, es el “coste económico” para el país. Se habla de 10 millones de pesos (40% a cargo de la Iglesia local y el resto a cargo del Estado). Tal fastidio, mínimo, se añadiría a tantos otros que se arrastran desde hace muchos años y que, en realidad, evidencian una iglesia local en crisis. Y es esta la verdadera cuestión chilena en el contexto del peregrinaje de Francisco, 30 años después del de san Juan Pablo II.

En resumen, la presunta indiferencia por esta visita sería una consecuencia directa e inmediata del relativamente bajo prestigio y de la limitada autoridad de la Iglesia chilena, en particular de la jerarquía, a la cual la opinión pública atribuye numerosos discutibles comportamientos, con las consecuentes críticas, a menudo feroces. Y no se trata solo de críticas provenientes del exterior de la comunidad eclesiástica.

Es importante recordar que hace algunos años el Papa Francisco recibió en el Vaticano una larga y articulada carta firmada por decenas de laicos católicos –algunos de ellos figuras nacionales importantes en distintos campos como las ciencias, la cultura, el arte– que subrayaban al Pontífice los puntos más delicados de la profunda crisis de la Iglesia chilena; crisis que de algún modo se arrastraba desde los tiempos de Papa Wojtyla y que tiene en el centro de su reflexión la calidad de los nuevos obispos nombrados en los años pasados.

Desde fuera, de hecho, la Iglesia chilena aparece sin proyecto, autorreferencial, a menudo a la defensiva y no especialmente entusiasta del magisterio del Papa Francisco, ni siquiera en los momentos y documentos que –como las encíclicas Lumen fidei y Laudato si’ o las exhortaciones Evangelii Gaudium o Amoris laetitita– han dado origen, en otras iglesias de la región, a grandes instancias de reflexión, análisis y discusiones. En el país a menudo sobre esta iglesia se usa la expresión “ensimismada”, es decir, “cerrada en sí misma”, justo lo contrario de lo que, desde hacia casi cinco años, pide y desea el Papa.

Sería un error creer o hipotizar que la chilena es una Iglesia contraria o crítica al magisterio de Jorge Mario Bergoglio. La situación no es para nada ésta y el problema tiene que ver con una suerte de estado de postración o convalecencia que parece hegemonizar la vida de esta comunidad eclesiástica que, siendo fuertemente clerical, termina por identificar toda la comunidad católica con la jerarquía. En Chile la comunidad eclesiástica en su verdadero y auténtico significado es extremadamente frágil. Existen solo los obispos y los sacerdotes, en especial los que se limitan a hacer de correa de transmisión a las directivas episcopales, sin márgenes legítimos y sensatos de autonomía, creatividad e iniciativa. En Chile sacerdotes de este tipo se arriesgan a quedar aislados y al ostracismo por vía del peso abrumador de un cierto tipo de autoridad episcopal que, a veces, no tiene nada que ver con el magisterio y el ministerio del obispo.

La Iglesia chilena es una Iglesia herida. Sus muchas llagas, sufrimientos, forman parte de un largo elenco: de las difíciles relaciones con el gobierno saliente de la Sra. Bachelet (despenalización del aborto, reforma educacional, derechos civiles, cuestión ‘Mapuche’, solo por citar algunos), a los graves problemas de pedofilia, en especial los casos de encubrimiento (que involucraron también a algunos obispos), el suceso del obispo de Osorno, monseñor Juan Barros (nombrado por Francisco y muy impopular para una parte de los fieles), una prensa en general hostil y muy crítica con los tres cardenales del país (Ezzati, arzobispo de Santiago en régimen prorogado, Errázuriz y Medina) y la percepción generalizada que la chilena es una Iglesia fuera de su tiempo e incluso fuera de las últimas dinámicas de la comunidad eclesiástica universal.

Las ambigüedades del gobierno chileno en su relación con el Vaticano y la cuestión boliviana 

Es cierto que desde hace meses el gobierno saliente de la señora Bachelet trabaja con generosidad por el éxito de la visita del Papa, pero también es cierto que hasta hace poco tiempo la visita de Bergoglio no era deseada. La verdadera, oficial y formal invitación (trámite una carta firmada por el presidente) del gobierno chileno al Papa Francisco para una visita llegó al Vaticano los primeros días del pasado mes de junio (hace seis o siete meses). Antes se había hablado verbalmente de una posibilidad parecida, una modalidad diplomática no suficiente para concretizar una visita apostólica. El gobierno, en dos diversas circunstancias, hizo llegar a la Conferencia episcopal chilena, a través de emisarios especiales, la sugerencia de convencer al Papa Francisco de desistir del propósito de visitar Chile (en aquellas circunstancias la hipótesis era un viaje en Uruguay, Chile y Argentina). Los obispos quedaron perplejos y avergonzados porque habían invitado ya al Papa, incluso por escrito y varias veces, y consideraban que el gobierno estaba de acuerdo.

En resumen, por un lado se hablaba de una visita con palabras de bienvenida pero de manera confidencial pero oficial se intentaban desalentar los propósitos del Papa. ¿Por qué? Porque en la política interna y entre los partidos, todos en crisis de credibilidad, en el centro de críticas durísimas por razones relacionadas con la corrupción y otras malas costumbres, había regresado el “gusano boliviano”, es decir, la muy larga controversia entre Santiago y La Paz con respecto a la solicitud de esta última de una salida al Pacífico.

Es bien conocido que Evo Morales, presidente de Bolivia, como todos sus predecesores, ha hecho esta solicitud un caballo de batalla también en vista de una tercera reelección y en este contexto, hace tiempo, por sorpresa, puso la cuestión bajo un arbitraje del Tribunal de la Haya. Chile, que considera que tiene razón, aceptó de inmediato. Llegados a un cierto punto sin embargo, por razones no del todo claras (y quizá relacionadas con hechos internos de los partidos y ambiciones personales) desde Chile ha comenzado una especie de campaña que “acusaba” al Papa Francisco de ser filo-boliviano, demasiado cercano a Evo Morales y por tanto, indirectamente, “hostil” al pueblo chileno. Así viene presentado por diversas partes y para ser convincentes por estos acusadores, a menudo escondidos por el anonimato, han atribuido al Papa palabras que él nunca ha pronunciado.

El discurso del Papa en La Paz durante el Encuentro de los movimientos populares en julio de 2015 ha servido, en manos de los políticos de los dos países, para afirmar numerosas inexactitudes y dar vida a no pocas mentiras: se ha creado por tanto la imagen falsa del “Pontífice argentino más amigo de los bolivianos que de los chilenos”. Al respecto ha ayudado seguramente mucho la astucia de Evo Morales, que desde hace años no se cansa de atribuir al Papa frases y pensamientos que lo presentan como partidario y patrocinador de la causa boliviana, algo que es falso y sin fundamento.

Frente a todo esto queda poco que añadir. La visita y su desarrollo está en manos del Papa Francisco que, estamos seguros, consciente de cada realidad sabrá como hacer llegar su mensaje de cercanía y afecto para la Iglesia y todo el pueblo de Chile.  

Luis Badilla  /  Francesco Gagliano   –   ROMA

Il Sismografo   –   Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación

    Diverse sondaggi e analisi demoscopiche dicono che in Cile, a soli 12 giorni dalla visita di Papa Francesco a tre città del Paese, l’empatia per l’evento è bassa, anzi, bassissima: 36%. Da mesi sulla stampa vari osservatori e commentatori, cileni e non, ripetono quasi con stanchezza: «La gente è indifferente, lontana, indaffarata in altre cose… irritata con la gerarchia, e non è proprio l’arrivo del Papa ciò che sta in cima ai pensieri dei cileni». Perciò in molti parlano di una «visita molto difficile, complessa e incerta, problematica». È fuori dubbio che il Papa, ben voluto e rispettato, sarà ben accolto e benvenuto, ma è anche chiaro che quasi nessuno si aspetta nulla di particolare. In queste ore alcuni organi di stampa riconoscono di provar sollievo poiché la visita sarà breve e ciò può aiutare a mantenere l’evento nei giusti binari, in particolare evitare le polemiche e possibili strumentalizzazioni.

In questi mesi si sono date, da più parti, diverse spiegazioni più o meno plausibili e ben argomentate a questa tiepida attesa che sembra dominare gli animi in Cile. L’ultima, molto ricorrente in queste ore anche se non nuova, è il «costo economico» per il Paese. Si parla di 10 milioni di pesos (40% a carico della Chiesa locale e il resto a carico dello Stato). Tale fastidio, minimo, si aggiungerebbe però a tanti altri che si trascinano da molti anni e che, in realtà, parlano ed evidenziano una chiesa locale in crisi. Ed è questa la vera questione cilena nel contesto del pellegrinaggio di Francesco, 30 anni dopo di quello di san Giovanni Paolo II.

Insomma, la presunta indifferenza per questa visita sarebbe una conseguenza diretta e immediata del relativamente basso prestigio e della limitata autorevolezza della Chiesa cilena, in particolare della sua gerarchia, alla quale l’opinione pubblica ormai attribuisce numerosi discutibili comportamenti, con conseguenti critiche, spesso feroci. E non si tratta soltanto di critiche provenienti dall’esterno della comunità ecclesiale.

È importante ricordare che qualche anno fa Papa Francesco ricevette in Vaticano un lunga e articolata lettera firmata da decine di laici cattolici – alcuni di loro figure nazionali di rilievo in diversi campi della scienza, cultura, arte – che sottolineava al Pontefice i punti più delicati della profonda crisi della chiesa cilena; crisi che in un qualche modo si trascina dai tempi di Papa Wojtyla e che ha al centro della sua riflessione la qualità dei nuovi vescovi nominati negli anni passati.

Dall’esterno, infatti, la Chiesa cilena appare senza progetto, autoreferenziale, spesso sulla difensiva e non particolarmente entusiasta del magistero di Papa Francesco, neanche dei momenti e documenti che – come le encicliche Lumen fidei e Laudato si’ oppure e le esortazioni Evangelii Gaudium o Amoris laetitia – hanno dato origine, in altre chiese della regione, a grandi istanze di riflessioni, analisi e discussioni. Nel Paese spesso su questa chiesa si usa l’espressione «ensimismada», e cioè «chiusa in se stessa», proprio il contrario di quanto, da quasi cinque anni, chiede e desidera il Papa.

Sarebbe un errore credere o ipotizzare che quella cilena è una chiesa contraria o critica al magistero di Jorge Mario Bergoglio. La situazione non è affatto questa e il problema riguarda una sorta di stato di prostrazione o convalescenza che sembra egemonizzare la vita di questa comunità ecclesiale che, essendo fortemente clericale, finisce per identificare la comunità cattolica tutta con la gerarchia. In Cile la comunità ecclesiale nel suo vero e autentico significato è estremamente fragile. Esistono solo i vescovi e i sacerdoti, in particolare quelli che si limitano a fare da cinghia di trasmissione alle direttive episcopali, senza margini legittimi e sensati di autonomia, creatività e iniziativa. In Cile sacerdoti di questo tipo rischiano l’isolamento e l’ostracismo per via del peso schiacciante di un certo tipo di autorità episcopale che, a volte, non ha nulla a che fare con il magistero e il ministero del vescovo.

La Chiesa cilena è una Chiesa ferita. Le sue molteplici piaghe, sofferenze, patimenti, fanno parte di un elenco lungo: dai difficili rapporti con il governo uscente della signora Bachelet (depenalizzazione dell’aborto, riforma educazionale, diritti civili, questione “Mapuche”, solo per citarne alcuni), ai gravissimi problemi di pedofilia, con particolare riferimento a casi di occultamento o copertura (che coinvolgerebbero anche alcuni vescovi), la vicenda del vescovo di Osorno, monsignor Juan Barros (nominato da Francesco e molto inviso a una parte dei fedeli), una stampa in generale piuttosto ostile e molto critica dei tre cardinali del Paese (Ezzati, arcivescovo di Santiago in regime prorogato, Errázuriz e Medina) e la percezione generalizzata che quella cilena è una Chiesa fuori dal tempo e addirittura fuori dalle dinamiche ultime della comunità ecclesiale universale.

Le ambiguità del governo cileno nel suo rapporto con il Vaticano e la questione boliviana 

È vero che da mesi il governo uscente della signora Bachelet lavora alacremente, e con generosità, per il successo della visita del Papa, ma è anche vero che fino a poco tempo fa la visita di Bergoglio non era desiderata. Il vero, ufficiale e formale invito (tramite una lettera firmata dal presidente) del governo cileno a Papa Francesco per una visita è arrivato in Vaticano i primi giorni del giugno scorso (sei/sette mesi fa). Prima si era sempre parlato verbalmente di una simile possibilità, una modalità diplomatica non sufficiente per concretizzare una visita apostolica. Il governo, in due diverse circostanze, fece pervenire alla Conferenza episcopale cilena, tramite speciali emissari, il suggerimento di convincere Papa Francesco a desistere dal proposito di visitare il Cile (in quelle circostanze l’ipotesi era un viaggio a Uruguay, Cile e Argentina). I vescovi, sono rimasti perplessi e imbarazzati, perché avevano già invitato il Papa, anche per scritto e a più riprese, e ritenevano che il governo fosse d’accordo.

Insomma, da un lato si parlava di una visita con parole di benvenuto ma, in via del tutto confidenziale ma ufficiale, si cercava di scoraggiare i propositi del Papa. Perché? Perchè nella politica interna e fra i partiti, tutti in crisi di credibilità, al centro di critiche durissime per ragioni legate alla corruzione e altri malcostumi, era tornato il carsico «tarlo boliviano», vale a dire la lunghissima controversia fra Santiago e La Paz in merito alla richiesta di quest’ultima di uno sbocco sul Pacifico.

È ben noto che Evo Morales, presidente della Bolivia, come tutti i suoi predecessori ha fatto di questa richiesta un cavallo di battaglia anche in vista di terza rielezione e in questo contesto tempo fa, a sorpresa, ha posto la questione sotto un arbitrato del Tribunale dell’Aia. Il Cile, che ritiene di avere ragioni, ha accettato subito. Ad un certo punto però, per ragioni non del tutto chiare (e forse legate a vicende partitiche interne e ad ambizioni personali), dal Cile è partita una sorta di campagna subdola che “accusava” Papa Francesco di essere filo-boliviano, troppo vicino a Evo Morales e dunque, indirettamente, “ostile” al popolo cileno. Così venne presentato da più parti e per essere convincenti questi accusatori, spesso dietro a coperture anonime, hanno attribuito al Papa parole da lui mai pronunciate.

Il discorso tenuto dal Papa a La Paz, nell’Incontro dei movimenti Popolari nel luglio del 2015, è servito, nelle mani di politici dei due Paesi, per affermare numerose inesattezze e dar vita a non poche bugie: si è quindi creata l’immagine falsa del «Pontefice argentino più amico dei boliviani che dei cileni». Al riguardo ha certamente molto aiutato l’astuzia di Evo Morales, che da anni non si stanca di attribuire al Papa frasi e pensieri che lo presentano come un sostenitore e sponsor della causa boliviana, cosa invece falsa e senza alcun fondamento.

Di fronte a tutto ciò ormai c’è poco da aggiungere. La visita e il suo svolgimento è tutto nelle mani di Papa Francesco che, ne siamo certi, consapevole di ogni realtà saprà far passare il suo messaggio di vicinanza e affetto per la Chiesa e tutto il popolo del Cile.  

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