|Martes, Mayo 22, 2018
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“Ay del mundo por los escándalos” 

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Los problemas de corrupción del clero, los escándalos de violaciones, de crueldad y  además todos los dramas humanos que hacen noticia, que hayan responsables o no, por más que se buscan comentar, enfrentar y arreglar, conmueven y dejan un profundo malestar en la gente.

Cuando ocurren maldades en la Iglesia se desata un escándalo mayor todavía. Las acusaciones, las  explicaciones,  los responsables, las sanciones, las medidas precautorias para el futuro no tranquilizan  nunca porque existe un problema de fondo  que pocas veces se identifica  como tal en todas las discusiones. Este problema  es el irreductible misterio  del Mal. El mal que se inflige y el mal que se sufre son realidades tan sensibles que se le ha dado cara de fuerzas demoníacas como en el evangelio de San Marcos.

El Mal “físico” que los hombres con sus progresos quisieron siempre  suprimir o aminorar   surge ocasionalmente, naturalmente.  Son las catástrofes naturales, los accidentes, las enfermedades, el envejecimiento y la misma muerte humana. Muchas veces nuestras ilusiones de progreso junto con  nuestra  miopía  individualista (esas cosas, les pasan siempre a los demás) esconden nuestra la fragilidad humana. Las víctimas (inocentes) nos conmueven y nos desafían para buscar escapar de esos riesgos y para anticiparlos y precavernos.

Después de tomar consciencia de la persistencia de este mal, nos preguntamos  el “¿porque existe?” ¿De dónde proviene? Tan prepotentes somos con nuestras ciencias y técnicas, que nos sorprende de sobremanera nuestra  limitación. Tenemos dificultad para pensar que el mundo y la vida  tienen dimensiones que desbordan nuestras capacidades y que será siempre así, no somos dioses. Nosotros los cristianos, con nuestras torpes suposiciones de la creación de Dios, nos atrevemos  de preguntarle a Dios: ¿Porque hizo el mundo así, porque nos  castiga o nos envía esta prueba…?

Pero dejaremos en suspenso este tema del Mal físico o fatal  y  abriremos el tema preciso de esta otra dimensión del mal que es el Mal “Moral”  si se puede llamarlo así. Existen males de los cuáles los seres humanos son responsables. Son  enfermedades, accidentes, asesinatos, violaciones,  las injusticias, el hambre, las violencias, las corrupciones de todo tipo,  el cambio climático… Si hay malhechores, existen también víctimas de este mal. Preferimos encontrar culpables precisos  y difícilmente reconocemos nuestras implicaciones sociales y nuestras responsabilidades en los hechos malignos que ocurren.  Frente a estos males morales, buscamos responsables, pensamos  socorrer las víctimas, también  sancionar los malhechores, reparar los daños,  exigir precauciones y resguardos para el futuro. Pero después de dar vuelta a todos estos reparos, vuelven a surgir los mismos interrogantes anteriores y con más agudeza.  ¿Porque el hombre se convierte en lobo para el hombre? ¿Porque el hombre se las ingenia a hacerle daño a los demás y absurdamente  a veces a sí mismo y a la tierra misma?…

Teniendo tantos progresos, tantos conocimientos, tantos medios, ¿cómo pueden seguir tantas maldades y quizás maldades mayores que antes?… Inventamos cualquier escapatoria para no enfocar estas preguntas existenciales. Las angustias de esta situación  hunden a muchos en las drogas o las diversiones. Es notorio el afán  común de  acechar culpables individuales cuando  existen mayormente responsabilidades sociales e institucionales. Demasiado fácilmente se tolera complicidades, encubrimientos y pasividades culpables y los implicados  invocan  el recurso de la ignorancia o del orden establecido.

Ayer, las religiones  abusaron de la idea del castigo divino, del “pecado” (infracción a la ley de Dios) y de la condenación eterna para enfrentar las maldades. También otra  idea explicó del mal como “prueba”. A uno, Dios le manda pruebas para afirmar su fe. Menos mal, que el buen sentido logró corregir estas nociones que injurian el amor de Dios.

Respecto al mal provocado, Jesús ha tenido palabras excesivamente duras y también enigmáticas para los que “escandalizan  a los pequeños”.

“…al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente que vengan escándalos, pero ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! (MAT. 18,5ss”).

Estas palabras están  presentes en tres evangelios, esto confirma la importancia de este recuerdo de los apóstoles que las escribieron para instruir las comunidades primitivas. Leyendo estas palabras, podemos imaginar el ambiente en que Jesús las pronunció: fue hablando de los niños o hablando a sus apóstoles. El contexto  histórico, la cultura de la época son también importantes para entender estos dichos de Jesús. Pero otra cosa todavía es recibir estas palabras en el contexto actual nuestro, en nuestra mentalidad. Por esto podemos recorrer algunos aportes de nuestros conocimientos modernos  para mejorar la comprensión de lo que Jesús nos quiere decir.

Los filósofos de todos los tiempos han reflexionado al tema del mal moral. Desde Aristóteles, pasando por San Agustín hasta nuestros contemporáneos muchísimos nos han dado sus comprensiones de este misterio, seria largo recoger sus planteamientos. Pero conviene detenerse especialmente en Nietzsche que ha dejado una huella profunda en nuestra cultura postmoderna. Es el campeón de las deconstrucciones de los ideales, es un crítico extremo de las religiones. Invita a una postura que caracteriza como: “Más allá del bien y del Mal”. Él  rechaza todo tipo de moral que sea la del señor, del esclavo o del rebaño y preconiza  la imagen de un superhombre que tiene una voluntad de potencia que evacua los miedos, los lamentos y los remordimientos  para vivir intensamente “el presente” sin placer y sin dolor. Incentiva  así un amor “lo real” tal cual es. Su filosofía junto con la sociología de  Marx y el psicoanálisis de Freud  iniciaron una manera de pensar que transformó  la cultura anterior del humanismo y del racionalismo.  Esta nueva cultura postmoderna desarma todo, piensa poder explicarlo todo, invita a vivir como si el mal no existiera o como si fuera un problema contingente.  Ese “hiperrealismo” por cierto olvida fácilmente las víctimas y cínicamente entrega la humanidad a las leyes del mercado y a la competencia mundializada como lo dice Luc Ferry. Es fácil darse cuenta que mucho de nuestra cultura actual está influenciada por esta filosofía.

Paul Ricoeur, otro filósofo, más contemporáneo nuestro, plantea la enigma del Mal de otra manera.  Prefiere no separar el mal físico del mal moral porque, dice, se unen “como si fueran las mismas fuerzas demoniacas”. El Mal moral incluye el mal cometido y el mal sufrido. Para enfrentarlo, propone priorizar la acción y el futuro. Cuando P. Ricoeur busca  responder  a los interrogantes “¿porque el mal, porque demasiado mal, porque a mí, porque los niños? dice que las respuestas se encuentran en el más allá del bien y del mal. Son  las mitologías que se preocuparon mayormente del pasado (origen) del mal.  Dice que aun cuando el pensamiento bíblico utiliza la mitología, se diferencia de ella porque está enfocado  hacia el futuro. Los profetas predican que surgen  los males porque se ha pecado. La Ley dice “no matar” porque  ocurrieron previamente asesinatos. El libro de Job  corrige a los que  quieren explicar el mal con el criterio de la “retribución” (se paga por los pecados), la inocencia de Job viene a  desbaratar esa idea: hay víctimas inocentes del Mal. Pero de esta manera rebota el problema del mal que sigue un misterio, un enigma. P. Ricoeur  aporta novedosamente la idea que el mal no es cosa de teórica, el mal es  “proactivo”,  es lo que provoca su contra para vencerlo. El Mal es un hecho bruto y fatal  que permite el actuar libre y voluntario del hombre. Los relatos imaginarios de la creación de la Biblia en el Génesis (Adán y Eva, Cain y Abel, el diluvio…) no explican nada de cómo podría haberse iniciado el mal sino que sirven de introducción  a la historia de alianza de Dios que empieza con Abraham y proyecta el pueblo de Israel. El mal es siempre lo que se quedó por atrás  respeto al movimiento  que se precisa en la figura del Mesías y de la redención de Cristo. El Mal se entiende como  el riesgo de la fe. Se cree “a pesar” del Mal.

Otro aporte obligatorio antes de volver  a  las palabras graves de Jesús respecto al escándalo del Mal, es el aporte del psicoanálisis. Aquí, el  ex-sacerdote psicoanalista  E. Drewermann  con sus numerosos estudios introduce la psicología de las profundidades en la teología, el exegesis  y la moral. Tiene principalmente tres libros sobres “El Mal”: sus estructuras, los relatos bíblicos de los orígenes (propone una visión renovada del pecado original) y añade otros aportes  filosóficos sobre el tema. Describe el hombre de todos los tiempos  como dividido por unas fuerzas inconscientes, es un ser que necesita re-encontrar su identidad propia. La vida es una pugna entre las angustias existenciales y la fe. Como terapeuta, conoce  el sufrimiento humano, su desesperanza y los dramas individuales. Como cristiano  sabe lo que puede significar la promesa de salvación. Quiere re-encantar el mundo devolviendo sus derechos al corazón. Para él, una vida sin Dios lleva a la neurosis  y se destruye  fatalmente. Invita la Iglesia a superar su racionalismo y moralismo estrechos que ahogan la vida de muchas personas al lugar de liberarlas. Denuncia la institución eclesial que describe como patriarcal. Pero donde se destaca E.  Drewermann es en su manera de leer los textos bíblicos. Preconiza dejar de lado la historicidad de las narraciones bíblicas o la espera de instrucciones doctrinales que vendrían de afuera  para recibir el impacto de la excepcional personalidad de Jesús. Las imágenes simbólicas que Jesús utiliza en sus palabras pueden encontrar eco en el alma (la psiquis) de los hombres de todos los tiempos y de todas las religiones. Estos recuerdos escritos  de los apóstoles pueden despertar la confianza salvífica en Dios que se hizo hombre.  La lectura de los milagros de Jesús  que hace E. Drewermann es novedosa. No está solo en leer los evangelios “al riesgo de la psicoanálisis”.  María Balmary, Dominique Stein, Francoise Dolto son otros sicoanalistas que merecen la atención de  los que quieren profundizar su lectura del evangelio…

Podemos volver a leer nuestro texto sobre el escándalo de los pequeños. Tomemos consciencia que lo hacemos  sobre el trasfondo de los dramas  notorios de las maldades que nos conmovieron últimamente: los abusos sexuales de los clérigos, las violaciones y asesinatos de niñitas. También somos impresionados por las dramatizaciones de todos los accidentes y catástrofes que nos proporcionan a diario los medios de comunicaciones.

La imagen para entender lo que es el “escándalo”  es la de una piedra que hace tropezar. Escandalizar es hacer tropezar.

La imagen  de la fragilidad  de los niños es un arquetipo que no solamente se usa aquí  para agravar la maldad del escándalo sino para despertarnos una ternura similar a la de Jesús. Es atroz dañar a un niño. En el mismo impulso de cariño y protección para los niños, acogimos al mismo Jesús y a todos los hermanos más humildes.

Otra imagen simbólica es la de volver  a ser como niños (o nacer de nuevo)  es  la condición  necesaria para entrar en el Reino de los cielos. Dejar atrás el pasado con sus arrugas, sus culpabilidades, sus remordimientos, sus heridas, sus pérdidas,  esto es recuperar la vida que se nos está perdiendo, (convertirse) por haber conocido a Jesucristo.

La imagen de atar una  piedra de molino y el tirar el culpable al mar  no es una condena absoluta  que dicta Jesús, es una medida imaginaria que nos puede sorprender pero que expresa bien la   situación desesperada que crea el escándalo y “¡a situación desesperada, remedios desesperados!”. Los auditores de Jesús conocen sin duda el caso bíblico del profeta  Jonás, su tentativa de huir de Dios, lo que provocó una terrible tempestad que  los marineros no tuvieron otra manera de calmarla que lanzándolo  al mar. Esta imagen de un remedio desesperado es una demostración por lo absurdo  que deja abierto  el entendimiento  para encontrar el camino de la victoria sobre el Mal y la muerte que Dios nos ganó.

Con el aporte de la filosofía y del psicoanálisis  se puede entender  mejor como Jesús puede calificar el escandalo como “forzoso, inevitable”.  El Mal,  el pecado y la muerte  es la fatalidad  de nuestra condición humana  que necesita un salvador.

Jesús sigue con otras expresiones simbólicas macabras.  Si tu ojo te es ocasión de hacer el mal, sácatelo, mejor entrar tuerto en la vida que ser echado  en el infierno con tus dos ojos. Lo mismo con las manos  y los pies.  Son exageraciones pedagógicas fáciles de entender porque todo el mundo sabe que existen situaciones en las que hay que salvarse la vida con alguna mutilación. Entre  la “Vida” y el “Infierno” (otras imágenes simbólicas), está  la situación del cristiano  frente al mal. Los apóstoles quieren proteger la fe de los humildes en sus comunidades, quieren evitar los malos comportamientos que dañan en realidad a toda la comunidad de los que confían en Jesús.

No se pueden leer los evangelios como reportajes de algunos  acontecimientos del pasado, tampoco como dictámenes de sentencias disciplinarias drásticas  sino como una interpelación para entender los “contra” de nuestra vida y descubrir lo excepcional de nuestra fe en Dios que nos puede librar de todo mal como lo rezamos en nuestra oración.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

 

 

 

 

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