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Caso Barros; comienza la delicada misión de Scicluna 

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Las Iglesias latinoamericanas siguen con preocupación la historia del obispo de Osorno 

Según Jaime Coiro, diácono vocero del episcopado chileno, el enviado del Papa para la cuestión que la prensa chilena llama el “affaire Karadima-Barros”, monseñor Charles Scicluna, comenzará su trabajo en la capital del país sudamericano el martes 20 de febrero, en la sede de la nunciatura. La llegada del arzobispo de La Valeta (Malta) está prevista para el día 19, desde Nueva York, en donde el religioso se reunirá el próximo sábado 17 de febrero con Juan Carlos Cruz, una de las tres víctimas de los abusos del sacerdote Fernando Karadima.

Los otros dos denunciantes, José Andrés Murillo y James Hamilton, serán recibidos y escuchados en Chile. Scicluna debería concluir su delicadísimo trabajo en un arco de cuatro días, por lo que se cree que el lunes 26 de febrero se encontrará en Roma para entregarle al Papa Francisco un primer informe.

El enviado del Santo Padre, según lo que anunció el Vaticano en un comunicado el día de su nombramiento, el pasado martes 30 de enero, tendrá que ocuparse específicamente del llamado “caso Juan Barros”, obispo de Osorno, acusado por Cruz, Murillo y Hamilton de haber estado presente en algunas de las ocasiones en las que Karadima abusó de ellos. De hecho, el comunicado de la Santa Sede indica: «A propósito de algunas informaciones recientes con respecto al caso de S.E. Mons. Juan de la Cruz Barros Madrid, Obispo de Osorno (Chile), el Santo Padre ha dispuesto que S.E. Mons. Charles J. Scicluna, Arzobispo de Malta y Presidente del Colegio para el examen de los recursos (en materia de delicta graviora) en la Sesión Ordinaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se desplace a Santiago de Chile para escuchar a quienes han manifestado la voluntad de dar a conocer elementos que poseen».

Como se sabe, el nombramiento de este enviado especial es una decisión que el Papa tomó tras las polémicas y críticas que surgieron por algunas de las declaraciones que hizo mientras todavía se encontraba en suelo chileno. Después habría explicado y comentado sus palabras durante la conferencia de prensa con los periodistas durante el vuelo de regreso a Roma de Sudamérica. Francisco, en una larga y articulada respuesta a un periodista chileno subrayó: «El caso de Barros se estudió, se re-estudió y no hay evidencia. Es lo que quise decir. No tengo evidencias para condenarlo. Y si yo condenara sin evidencia o sin certeza moral, cometería yo un delito de mal juez». Después añadió: «cuando fue nombrado en Osorno, surgió este movimiento de protesta: me llegó por segunda vez su renuncia. Y dije: “No, ¡tú continúas!”. Se siguió indagando sobre Barros, pero no surgen evidencias. No puedo condenarlo, no cuento con evidencias».

La delicada tarea de Scicluna, pues, debe verse desde este punto de vista y en este preciso contexto. No es cierto, como indican algunos medios latinoamericanos, muy interesados en el caso, que Scicluna volverá a abrir el “expediente Karadima”, ya dirimido con un juicio definitivo tanto por parte de la Santa Sede como por parte de los tribunales chilenos. Está claro que el Papa cree necesario aclarar definitivamente la posición de este obispo, incluso porque, sustancialmente, desde que lo nombró ordinario diocesano de Osorno, una parte relevante de la comunidad eclesial lo rechaza y lo combate. Hace pocos días, el 2 de febrero, mientras monseñor Barros celebraba la misa en la Misión de Rahue, en ocasión de la fiesta de la Candelaria, fue interrumpido con vehemencia por personas que pedían su renuncia. Muchos fieles y peregrinos, al darse cuenta de que el celebrante era Barros, abandonaron el Santuario.

Hay, pues, varias cuestiones relacionadas estrechamente entre sí: una, la verdad de los tres denunciantes en contra de la verdad del obispo que se declara inocente, víctima de una persecución; la otra, por lo menos la mitad de una comunidad diocesana que rechaza el nombramiento de Barros desde enero de 2015. En la diócesis se vive desde hace tres años un clima insoportable y todo ello forma parte del “caso Barros”. Ninguna diócesis puede resistir con un clima tan polémico, de enfrentamiento y a veces violento, puesto que sucede que a veces, entre los fieles que critican al obispo y la policía que debe protegerle, surgen escaramuzas.

Ecos de una visita difícil 

Antes de que partiera hacia América Latina, se sabía y se afirmaba abiertamente que la última visita del Papa Francisco (a Chile y Perú) habría sido «difícil». Muchos esperaban fracasos estrepitosos, pero al final el resultado fue bastante claro, si se analiza el viaje con honestidad y transparencia. La visita del Papa fue bella y desde el punto de vista pastoral muy animada y participada. En Chile, el Papa ofreció algunos momentos de su magisterio muy elevados, porque fueron valientes, completos y profundos. Entre él y los católicos chilenos se descubrió una cierta empatía y cercanía recíproca, y su palabra penetró seriamente en los corazones de muchos. Los puntos negativos son pocos, pero muy consistentes. El primero se relaciona con el caso del obispo Barros; el segundo tiene que ver con la parálisis que parece frenar a la Iglesia chilena, incapaz incluso de sacar beneficios de la presencia del Papa Francisco, bien querido y aceptado a pesar de lo que vaticinaban quienes estaban en contra de su visita. También hay que considerar la frialdad con la que lo trató el gobierno que está por concluir, de la señora Bachelet, que precisamente en estos días ha llamado a casa a su embajador ante la Santa Sede.

En teoría, el diplomático habría debido permanecer hasta el nombramiento de su sucesor por parte del nuevo presidente, Sebastián Piñera, que tomará posesión el 11 de marzo. A poco más de un mes de la visita del Papa, Chile se ha quedado sin representante ante la Sede Apostólica. Muchos en Chile consideran que se trata de un “desaire” al Papa.

La misión de Sicluna va mucho más allá del “caso Barros”. Sus acciones, elaboraciones, investigaciones y conclusiones necesariamente tendrán repercusiones en la entera vida futura de la Iglesia en Chile, que necesita mucha ayuda, solidaridad y cercanía, siempre y cuando logre despertarse. Esto implica una acción de autocrítica urgente y caliente.

Hay que retomar la vida eclesial chilena de los últimos, por lo menos, 35 o 40 años, décadas durante las que se instaló en su cuerpo una polilla tremenda, la del poder, del conformismo, de la debilidad frente a los abusos (con ocultaciones y a los que se restó importancia) y, sobre todo, la arrogancia clerical que reduce al pueblo de Dios a grupitos de poder eclesiales y eclesiásticos.

El obispo Juan Barros 

Juan Barros Madrid nació el 15 de julio de 1956 en la capital chilena. Actualmente es el obispo de la ciudad de Osorno (a 820 kilómetros al sur de Santiago). Como alumno del Colegio San Ignacio el Bosque, entró al grupo de los jóvenes de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús (en el barrio pudiente de Providencia) a los 16 años, guiado por el padre Fernando Karadima. Para 1974 el dictador Augusto Pinochet llevaba ya un año en el poder. Después de la preparatoria, Barros entró a la Universidad Católica de Santiago para estudiar ingeniería comercial (el 12 de abril de 1977), pero después de los primeros tres años de carrera entró al Seminario Pontificio Mayor de Santiago. A los 27 años, el 3 de diciembre de 1983, Barros se convierte en diácono y ese mismo año es nombrado secretario particular del entonces arzobispo de Santiago, el cardenal Juan Francisco Fresno (1914-2004). El cardenal Fresno ordena sacerdote al padre barros el 29 de junio de 1984.

Tenía 28 años. El presbítero Barros entra una vez más a la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero esta vez para estudiar Teología dogmática. El 22 de abril de 1990, Barros, con 34 años, es nombrado párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz (Santiago, Decanato de Ñuñoa). El 21 de marzo de 1993 es nombrado párroco de la Iglesia de San Gabriel (Santiago, Decanato Pudahuel-Sur). En el mes de mayo del mismo año, el padre Barros se convierte en el director del área eclesial del episcopado. A la edad de 39 años, el Papa Juan Pablo II lo nombra obispo auxiliar de Valparaíso, la segunda ciudad del país, a orillas del Pacífico. Era el 12 de abril de 1995. Después, el 21 de noviembre de 2000 Barros es nombrado obispo castrense, y el 26 de noviembre se convierte en general del ejército chileno. Después de haber dejado la orden castrense, el 15 de enero de 2015, Barros, por decisión del Papa Francisco, se convierte en el nuevo obispo de Osorno. 

Luis Badilla  –  Ciudad del Vaticano

Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación

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