|Martes, Septiembre 18, 2018
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Condiciones de la Paz Social 

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La paz es un bien social de enorme importancia. Vivir en paz es de suyo bueno. Pero, además, la paz es condición de otros bienes sociales muy deseables. Donde hay paz hay progreso, intercambios libres de temor, posibilidades de proyectar un futuro compartido.

Pero la paz no se la conserva si no se trabaja por ella, especialmente si se descuidan las obligaciones de justicia. Esta idea es antigua. Todavía hay injusticias que acarrean odiosidades y violencia. La paz no se impone ni puede reclamarse a ninguna víctima de la fuerza bruta porque un tal reclamo es también una forma de violencia. Toda injusticia es una forma de violencia y cada violencia es un menoscabo a la paz.

En su paso por Chile el Papa llamó la atención precisamente cuando habló de una violencia ejercida con el pueblo mapuche, que no es la violencia rebelde de la quema de camiones e iglesias. Dice Francisco:

“En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, ¿y por qué? porque frustra la esperanza”.

El mismo Papa Francisco con su encíclica Laudato si’ (2015) ha llamado la atención sobre el tremendo peligro que amenaza al planeta y a toda la humanidad. Las enormes injusticias, todo tipo de violencia cometida contra un mundo que para los cristianos es “creación” de Dios, comprometen la paz a un grado nunca visto. El Papa apunta a modos de desarrollo económico que han causado estragos en los pobres y en la naturaleza. Si hasta hace poco la Doctrina social de la iglesia se enfocaba en la humanidad víctima de estructuras socio-económicas injustas, ahora ella incluye al resto de los seres con los cuales las personas comparten la existencia. Dice Francisco:

“Cuando se propone una visión de la naturaleza únicamente como objeto de provecho y de interés, esto también tiene serias consecuencias en la sociedad. La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo, y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época: «Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea el servidor » (Mt 20,25-26) (Laudato si’ 82).

En todas las épocas la necesidad de paz social tiene sus notas características. En la nuestra ha surgido un tema nuevo. Hoy es el planeta el que pide justicia. La violencia despiadada ejercida contra la tierra, contra los pobres y contra la naturaleza, está llevando las cosas al límite. Si la humanidad no domina las formas de desarrollo del consumo ilimitado, el fracaso será general. Y, lo más probable, es que los más pobres sean los primeros afectados por la violencia. La de los grandes contra ellos y la de ellos entre sí. Cuando falte el agua nos la quitaremos unos a otros.

Urge revertir el curso de la historia.

Jorge Costadoat, S.J.

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