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El humanismo del Crucificado 

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El “humanismo” sigue desplazando la fe en Dios en nuestra sociedad postmoderna. Para algunos es una filosofía  heredera del cristianismo  y para otros su suplantación.

 Ya en la Edad Media, a pesar de los esfuerzos de Santo Tomas para hacer coincidir la fe en Dios  con la comprensión que el hombre tenía de sí mismo, se instaló la disyuntiva entre conservar a Dios como guía de las reflexiones antropológicas o pensar el ser humano  de manera autorreferente. El humanismo tomó mucha fuerza en el siglo XVI   y siguió desde entonces desafiando los cristianos a buscar armonizar un sentido natural de la vida humana (si se puede decirlo así)  con las enseñanzas reveladas.

En todo el curso de la historia, las doctrinas cristianas han colaborado con el humanismo para destacar la importancia de la consciencia personal, la fraternidad entre los hombres y quizás sobre todo para justificar los afanes de Progreso, cumpliendo el famoso mandato inicial de la Biblia: “creced y multiplicad… dominad…”

Más recientemente, el Concilio Vaticano II fue especialmente preocupado para asimilar las preocupaciones de los hombres de buena voluntad con los compromisos cristianos.

El Papa Juan Pablo II  se esmeró en reafirmar la importancia de la Verdad  para guiar la inteligencia de lo que es la vida humana. Nuestro Papa actual Francisco es más proactivo que teórico, hace causa común con los inmigrantes, los ecologistas, los pacifistas y convoca a los cristianos a una fe con obras.

Sin embargo  muchos filósofos modernos apoyándose  en los métodos científicos se desmarcan radicalmente de los discursos religiosos para  buscar sentido en la existencia humana misma prefiriendo  buscar la autenticidad más que la Verdad, la autonomía más que la libertad, lo real más que lo espiritual.

Una idea laica del ser humano está ganando espacio en la sociedad y  contraria los conceptos religiosos tradicionales. Algunos ejemplos pueden evidenciar los cambios importantes que surgen en el humanismo.

La despenalización de los abortos implica hacer diferencia entre un feto y una persona. Parece injusto penalizar de la misma manera la muerte de una y otra vida.

La emancipación de los homosexuales trajo la idea de una sexualidad humana más diversa por esto el matrimonio “igualitario” y la teoría de los géneros. La emancipación de las mujeres  por su parte llega a pensar la maternidad  sólo como opción de vida personal.  De hecho, la regulación de los nacimientos (que la mayor parte de los credos religiosos reprobó) salvó al planeta de una sobrepoblación fatal.

Muchos  ecologistas tienen la convicción que el hombre debe volver a su lugar en la tierra, se rompe el criterio de una superioridad humana sobre lo no-humano (animal, vegetal, mineral…). Acusan a las religiones de distraer a los hombres  de su realidad concreta integrada en la inmensidad del universo.

Por otra parte, los trasplantes y  las tecnologías genéticas no solamente hacen pensar en reparar al ser humano sino en mejorarlo, en aumentar sus capacidades y hasta superarlas. Los robots androides de las películas destinadas a la juventud actual empiezan a incentivar innovadores. Se calcula  si la inteligencia virtual podrá superar las capacidades humanas y se imagina todos los futuribles.

¿Hasta dónde se puede seguir “humanista” en estas perspectivas tan diversas?

La autonomía y la búsqueda de autorrealización de las generaciones actuales fueron  posibles por los adelantos informáticos. Desgraciadamente este post-modernismo no toma suficiente en cuenta que la humanidad se está envenenando por una economía financiera global que desequilibra toda la convivencia humana creando un individualismo y una rivalidad social nefastos.

Es de recordar las grandes crisis que tuvo que enfrentar el humanismo en los últimos siglos. Que sea  lo que costó superar  ayer la esclavitud, el despotismo,  los genocidios de las últimas guerras y hoy día todavía  las hambrunas persistentes, las devastaciones bélicas, la destrucción del medioambiente, las migraciones, las corrupciones financieras…

Existe un “Mal” endémico y persistente en  la humanidad. Uno se pregunta si  un “post humanismo” podrá asumir esta triste realidad para definir lo que es el hombre.  ¿Seguirá el Cristianismo  rivalizando con un “humanismo” idealista predicando sus doctrinas de “Creación”, de “Encarnación”, de  Salvación… ?

No fueron los catecismos doctrinales que, mejor, ayudaron las masas cristianas para mantener una buena concepción de la vida humana. Los ritos, las devociones y las prácticas influyeron tanto más que las predicas.

Como muestra vale la pena recordar la imagen impactante que tiene una  existencia de más de dos mil años, que es el crucifijo. Esta exposición tan insistente de un hombre clavado en un madero es un fenómeno religioso sin par. Es la imagen de un ser humano  venerada en una condición infrahumana, es una imagen a la vez cruel e  conmovedora. Es una  imagen que damos de besar a los niños,  que nos colgamos al cuello, la imagen que veneramos en nuestras casas, en nuestras tumbas.

Ya  en el Antiguo Testamento, El profeta Isaías  había anticipado esta  imagen insólita mencionando la figura de un sufrido y torturado, como cordero degollado, escribió:

“Despreciable y desecho de hombres,… como uno ante quien se oculta el rostro… eran nuestras dolencias que él llevaba…” (Isaías 53 v 3ss).

Con toda esta larga historia de “via crucis” No podemos echarnos el crucifijo al bolsillo. Que se lo entienda mucho o poco, el pueblo cristiano camina en la historia manteniendo el realismo de la vida humana. A pesar de todas las víctimas, de todos los horrores y los dramas que tienen simbolizados en el crucificado, los cristianos no desesperan de su condición humana sino todo lo contrario.

La cruz no es ningún talismán que protege milagrosamente de todos los peligros. La cruz es una referencia precisa a un hombre, Jesús de Nazaret, el crucificado.

Fue un hombre que superó todas nuestras ideas humanas de la vida. Su vida que nos testimoniaron sus apóstoles y que impactó generaciones tras generaciones  fue la de un hombre que logró hacer mucho bien porque Dios estaba con él, llamó los hombres a tomar el camino de la verdadera Vida. Su mensaje esencial de iniciar el Reino de Dios en la tierra y de revelar su propia filiación divina  le creó hostilidad de los mandamases de su tiempo, lo quisieron callar y lo crucificaron como malhechor.

Pero,  a los tres días, a este hombre “Jesús de Nazaret”,  Dios lo “resucitó”.

Ese día de Pascua, sus apóstoles lo vieron en una  condición humana transformada, pudieron compartir con él  antes de recibir su encargo de proclamar la buena nueva del Reino de Dios a todos los hombres de todos los tiempos.

En el Resucitado, los apóstoles, estrictamente hablando, no vieron a Dios porque  a Dios el hombre no puede verlo sin morir. Vieron el hombre Jesús, el que fue crucificado pero lo vieron en una condición humana excepcional tal que ningún humanismo puede haberlo imaginado, un hombre que asumió por su cuenta la condición humana con todas sus grandezas y bajezas y que por esto puede invitar a los hombres a “nacer de nuevo” como lo dijo a Nicodemo.

El humanismo  aquí está superado. Es la condición de “hijos de Dios” que se nos está abriendo por la fe.

Sin tantas doctrina teóricas, es el conocimiento de la personalidad excepcional de Jesús y de su vida de hombre incluyendo su muerte crucificada y su extraordinaria resurrección que puede abrirnos los caminos de esta misma nueva vida.

Misteriosamente su (re)conocimiento  se transforma en un acompañamiento como lo prometió  a todos los que creen en él sin haberlo visto. Nos dejó su Espíritu divino como anticipo de la vida definitiva que  nos tiene reservada. Podemos celebra su presencia compartiendo el pan y el vino en la eucaristía. Podemos encontrarlo con el pobre con quien compartir, con el enfermo a quien atender,  el migrante que atender, podemos ejercernos a amar como él nos ha amado. Podremos así comprobar que Jesús, el Hijo de Dios, el crucificado “Vive”.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

 

 

 

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